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lunes, 14 de enero de 2013

El extraño caso de F.N.B. y La cabra y la higuera (R)

Aunque no es viernes todavía, como estoy fuera de casa publico el capítulo II de "El extraño caso  de F.N.B." y "La cabra y la higuera" (R) otro caso real como la vida misma,

Espero que os gusten.
Y ahora........

       EL EXTRAÑO CASO DE F.N.B.

   Pedro Fuentes

   CAPITULO II
      
Cuando llegamos a Ayerbe, pueblo donde vivió  D. Santiago Ramón y Cajal durante diez años de su vida, nos encontramos gratamente sorprendidos, ya que era una población muy agradable y con varias casas y monumentos importantes.

Después de varias averiguaciones, nos dieron las señas de Fernando, un joven agricultor que vivía con sus padres. Para verlo, tuvimos que ir a unos campos a la salida del pueblo en dirección hacia Riglos, allí nos presentamos, Fernando era un hombre de unos veinticinco años, moreno, fuerte, de piel curtida por el sol y de un metro ochenta de estatura.
Cuando nos acercamos a él, se nos quedó mirando dubitativo, le contamos a qué íbamos, en principio pareció dudar pero luego empezó a hablar con ganas de contarnos todo lo que sabía. A mí en un principio me pareció que no nos lo contaba todo.

Yo venía por la carretera para casa, desde Huesca donde había estado con una chica, hay una subida a la izquierda y luego baja, haciendo una vaguada en la que se divisan todos los campos, luego hay otra subida y al llegar arriba se ven las luces de Ayerbe, pero en la vaguada, no hay ninguna luz ni casas, y queda muy oscura porque los pueblos cercanos están tapados por las dos subidas y el llano tiene bien un par de kilómetros. Cuando llegué al llano, metí el coche en una explanada que hay al lado de la carretera para orinar, salí del coche, y al lado de éste, por el lado del campo y con la puerta abierta me puse a la faena. De pronto vi como un resplandor que me cegaba, pensé que había mirado a las luces del coche, pero estaban en dirección contraria, al momento me acordé que algunos de los pueblos de por allí decían que habían visto luces, yo siempre decía que serían cazadores furtivos y me reía de ellos.

Aquella luz parecía estar a unos cincuenta metros de mí, sentí una fuerza irresistible que me atraía, luego no me acuerdo de nada más, caí en un profundo sueño, como cuando me operaron de apendicitis hace unos años. Cuando desperté tenía la sensación de haber dormido unos veinte minutos o media hora, fui hacia el coche y no estaba, miré a la luz y no se veía nada, anduve al lado de la carretera sin saber qué hacer, me dolía mucho la cabeza y estaba mareado, en esto vi una carreta que venía y paró a mi lado. Era un conocido de Los Corrales que iba al mercado, cuando me vio pegó un salto, bajó, me abrazó y me dijo: ¡coño! Fernando, ¿Dónde estabas?

Me bajé del coche a mear y me caí desmayado, cuando desperté no estaba el 600.

Pero ¿No sabes que te hemos estado buscando desde hace ya diez días? Menuda la que debiste coger en Huesca, lo raro es que pudieses llegar hasta aquí, pero ¿Dónde te has metido?

Me llevó hasta Los Corrales y allí llamé para que avisaran a mis padres y a la Guardia Civil.

Me vinieron a recoger, me ha visto el médico, tengo una cicatriz en el cuello, debajo de la oreja derecha, mi madre dice que cree que ya la tenía de niño, pero no me han encontrado nada, yo sigo sin saber dónde he estado, han recorrido varios kilómetros a la redonda y nadie me vio.

Nosotros conocemos de oídas varios casos, en España y en el extranjero, incluso estuvimos hablando con una señora en Murcia que le pasó algo similar pero a ella fue cuando era niña y no se ha podido saber hasta ahora, que se ha acordado, haciéndole una especie de hipnosis. Pero tendría que venir a Madrid unos días, nosotros correríamos con los gastos.

Julián y yo nos dedicamos unos días a visitar los lugares del extraño suceso, buscamos huellas, senderos, alguna edificación o ruinas, incluso medimos la radioactividad de los alrededores, ahí nos encontramos con algo curioso, Fernando marcaba algo de radioactividad, no una cosa alarmante, pero si superior a lo normal. Fuimos siguiendo un posible camino con el contador y lo encontramos, había un punto, un círculo, donde Fernando decía que había visto la luz que contador marcaba una lectura  similar a la detectada en Fernando.

Nos contó la misma historia palabra por palabra.

 Estuvimos en el pueblo hablando con su familia, amigos y vecinos, todos coincidían en que era otra persona diferente, de amigo de las bromas y divertido se había convertido en serio, taciturno y preocupado.

Hablamos también con el médico, no lo conocía mucho, pero pensaba que con el shock de lo ocurrido, su mente se había bloqueado en el momento de antes hasta el momento de después, Algo ha ocurrido, dijo el doctor, y continuó, Yo no creo en platillos volantes ni apariciones, pero algo ha visto este chico, y lo ocurrido no parece cualquier cosa, la mente de una persona adulta y normal, y me consta que la de este chico lo es, no se bloquea por cualquier cosa.


A los cinco días volvimos a Madrid, Julián con la moto y yo con Fernando en el 600.



LA CABRA Y LA HIGUERA   (R)

Pedro Fuentes

En un pequeño pueblo, dedicado casi por completo a la agricultura, donde viven tranquilos y felices unos setecientos habitantes, lejos de carreteras importantes y sin ferrocarril, D. Florián, el cura,  descubrió, en la torre del campanario, en un sitio inaccesible, equidistante de la ventana de la campana y el suelo, una higuera de esas que germinan campanarios y tejados de las  iglesias. En la mata, unos pájaros están haciendo un nido.  
En el bar, según jugaban al dominó, se lo comentó a Manolo, el alcalde, Anselmo, el boticario, Francisco, el médico y a algún parroquiano más que había por allí. Manolo comentó que el ayuntamiento tenía una escalera bastante larga pero que no llegaba ni a la cuarta parte de la altura. ¿No se podría llegar desde el campanario? No, dijo D. Florián, hay tanto como desde el suelo.
Anselmo dijo: Yo he oído que las cabras se lo comen todo, y más si se le ha hecho pasar algo de hambre.
Sí, hombre, dijo Francisco, vamos a buscar al gitano ese del pueblo de al lado, el que viene con la cabra, la escalera y la trompeta y como esa ya pasa bastante hambre, la ponemos allí, con la escalera al lado del campanario, le tocan la trompeta y ella solita sube y se come la higuera, se le dan veinte duros al gitano y todo arreglado.
Anselmo miró al médico como si lo quisiese fundir y dijo: Lo que hay que hacer, es poner una cuerda desde el campanario al suelo, se ata a la cabra y se sube poco a poco hasta que llegue a la higuera y seguro que se la come.
Manolo, vio, la jugada y dijo: Bien, eso podría funcionar, luego se dio cuenta de que los demás no habían asentido y si no salía el invento, se llevaría él todas las culpas, así que preguntó: ¿Qué les parece a ustedes, señores? Todos asintieron menos el cura, que dijo: No sé, no sé, yo pienso que el animal, al verse suspendido allí, por una cuerda, se asustará y no se comerá la mata.
Anselmo, que se veía dueño de la idea, intentó solucionarlo de otra forma y comento: Si la cuerda se tira desde el campanario y llega hasta el suelo, quizás sea muy larga, si subimos a la cabra al campanario y la vamos bajando poco a poco, al ver que va hacia el suelo, irá más tranquila.
Todos asintieron  y Manolo comentó mandaré al alguacil a buscar al gitano y yo le  explicaré lo que tiene que hacer y que se ganará cuarenta duros.
Cuando Evaristo, el gitano de la cabra fue al ayuntamiento a tratar con el alcalde, no las llevaba todas consigo, eso de tener que ir al ayuntamiento, aunque fuese al pueblo del al lado, porque le van a ofrecer un “negocio” no le suena muy bien, en tratos con payos, puede salir muy perjudicado, su padre se lo ha dicho siempre, si tienes que tratar con payos, guarda bien la cartera y no te fíes que son muy mala gente.
Manolo le explicó el caso a Evaristo y a éste en principio no le pareció mal pero por menos de sesenta duros, su cabra y él no trabajaban, porque yo tengo que estar debajo tocando la trompeta para que Rosita esté tranquila dijo.
Quedaron para el viernes siguiente y por la tarde para que el lado aquel del campanario tuviese sombra, porque Evaristo había dicho que la higuera tendría que estar fría para que no le hiciese mal a Rosita que las higueras y los higos calientes son muy malos.
Se corrió la voz y el viernes, a las seis y media de la tarde la plaza del pueblo parecía de fiesta  mayor. Eligieron a seis mozos, los más fuertes, la cabra llevaba desde las doce sin probar bocado, la habían ordeñado a las cinco y el bicho no andaba de muy  buen humor, lo de subirse a la escalera en fiestas, también con hambre y rodeada de chiquillos no le parecía mal, pero ahora presentía algo, era cabra pero no tonta.
Cuando le ataron las patas, le vendaron los ojos y entre los seis mozos turnándose de dos en dos empezaron a subir las escaleras del campanario, empezó a dar patadas. Una vez arriba, cuando aquella gente a los que no conocía le pusieron,  una especie del cinturón que en principio le apretaba pero a base de saltar se lo soltaron un poco al arnés le ataron una cuerda gruesa, luego, al collar del cencerro ataron otra más fina, para poderla poner de cara a la higuera, a la voz de ya, Evaristo empezó a tocar “España Cañí” y los mozos empezaron a bajar la cabra, que dentro de lo que cabe, se había tranquilizado.
Cuando llegó a la altura de la higuera la cosa empezó a ponerse mal, no podían dirigirla bien y la planta quedaba en el culo de la bestia, cuando la intentaron girar sobre sí misma, le restregaron las ubres por las ramas, y eso no le gustó, empezó a patear para todos los lados. Los mozos que sujetaban la cuerda fina trataron de enderezarla, Rosita saltó, se desequilibró y no se sabe cómo, se deshizo del arnés y se quedó colgando por el collar, la pobre cabra pateaba, intentaba balar  y solamente le salía una especie de chillido,  Evaristo dejó de tocar y gritaba ¡Subirla, subirla rápido! ¡Qué me vais a matar a Rosita!
Fue una premonición, cuando Rosita llegó arriba ya era cadáver. Cuando la bajaron, los mozos iban serios portando al pobre animal, toda la familia de  Evaristo,  que habían ido a ver la actuación de éste y Rosita, corrieron hacia ella, que yacía en el suelo, todos empezaron a llorar a la vez, si lo hubiesen ensayado no habría salido tan acorde. ¡Rosita!, ¡Rosita!, ¡Era de la familia! Ella nos daba leche y ganaba dinero para nosotros, ahora terminaremos en la ruina y sin Rosita, la mejor cabra en el mundo, y todo por culpa de estos payos que encima se ríen de las desgracias ajenas.
Después de muchos tiras y aflojas, al final Manolo, en colaboración con el cura y la colecta que se hizo en el pueblo, indemnizaron, a Evaristo, que salió llorando del ayuntamiento pero con el dinero necesario para comprarse diez cabras.
Los pajarillos se asustaron y se fueron a hacer el nido en el tejado del campanario, la higuera se secó con los calores del verano, que fue más seco de lo habitual.  Evaristo, que vio la oportunidad de su vida ahora se dedica a hacer quesos de cabra de artesanía e incluso se ha comprado a plazos un motocarro de segunda mano para ir por los pueblos cercanos vendiendo los quesos.
FIN





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