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miércoles, 16 de diciembre de 2015

CITA EN EL RETIRO (Yo confieso)


Con este relato, termino el presente año de 2.015.

Volveremos a estar en contacto después de Reyes.

Un abrazo para todos.




¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!! Y ¡¡¡UN PROSPERO AÑO 2.016!!!



Cita en el Retiro

No se llamaba Matilde, pero tampoco diré el nombre, mejor así, los que entonces me conocieron, saben quién era, ella, si me lee, también. A los demás ¿Para qué necesitan como se llamaba?

La realidad y la fantasía aquí no se confunden, he vuelto por El Retiro, parte de mi juventud la pasé allí, siempre me ha encantado, además, yo que soy de mar, en Madrid solamente me quedaban dos consuelos, ir a remar a El Retiro o al ¿Lago? De La Casa de Campo.

 He vuelto al parque y me he sentado en el mismo banco, todavía está, he ido con mi mujer, Azucena, sabe de mi vida y lee todo lo que escribo, 

Iba con mi mujer y se lo dije, los dos nos reímos y comentamos: ¡Qué tiempos! ¡Cuantos buenos recuerdos!

Bueno, como decía, he ido al banco aquel, me he sentado allí pero no he encontrado a Matilde. Seguramente no vaya, o quizás simplemente con coincidimos.

CITA EN EL RETIRO


Pedro Fuentes


Capítulo I


Aquella tarde de domingo se parecía a casi todas las tardes de aquel otoño que ya declinaba, el frío  empezaba a arreciar en el Madrid del año 1967, o cine o guateque, no era tiempo ya para pasear por Rosales, sentarse en algún bar a charlar o salir con alguna chica a recorrer Madrid antes de sentarse en una cafetería y hablar de lo divino y lo humano o del existencialismo próximo al movimiento hippy del que ya se oía hablar a través de las noticias que llegaban sobre la guerra de Vietnam y el rechazo de la juventud a la violencia.

Aquella tarde nos reunimos en casa de Vicente, al final era el sitio ideal, allí celebrábamos la mayoría de los guateques, normalmente cada uno se encargaba de traer a alguna chica, además de las fijas, amigas y amigos de todos, allí nos reuníamos a charlar y bailar, eran los tiempos de Adriano Celentano, Fran Sinatra, Dean Martin, Pino Donaggio, Elvis Presley y tantos y tantos, aunque siempre salía, casi al final de la tarde el "Only you" de los Platers , aunque ya empezaban a despuntar Los Brincos y otros productos españoles.

No se quien de los nuestros trajo a Matilde y a su hermana, creo que fue uno de los amigos de Vicente que se llamaba Juan Carlos,  estaba enamorado de la hermana de Matilde. 

Yo, desde el momento que vi a Matilde dije:

Esta chica me gusta, es una cabecilla loca pero me gusta, tiene estilo.

Era una chiquilla alta, muy alta, delgada, con cara redonda, en la que destacaban unos preciosos ojos verdes casi transparentes, pelo corto muy claro con un tono claro entre rubio y pelirrojo, semi rizado, tez blanca con unas pecas ligeramente remarcadas, en aquellos tiempos estaba de moda pintarse pecas, ella las llevaba naturales. Era una campanilla.

Al poco tiempo de llegar me las apañé para estar bailando con ella.

Siempre he sido la antítesis del “bailongo”, es más, siempre me he caracterizado como un fatal bailarín, pero en aquellos tiempos si no bailabas no ligabas, pero yo, con un par de pasos aprendidos de Paco, que imitaba a Dean Martin, era un gran bailarín, pasaba las tardes bailando si la muchacha merecía la pena.

Matilde tenía un gran estilo, además de su belleza y su gran figura, vestía con una gran elegancia, luego supe que su madre era una gran modista y a las niñas les hacía verdaderos modelos.

Su hermana, más joven que ella, no era tan atractiva, pero Matilde, cuando llegó aquella primera tarde, con un maxi abrigo entallado, color burdeos, debajo del cual llevaba una mini falda marrón, un jersey fino de cuello de cisne color blanco roto y unas medias calcetín a juego con el jersey hasta media pierna.

Aquel día no la dejé ni a sol ni a sombra, tenía dieciséis años y yo dieciocho. Quedé con ella para irla a recoger al colegio el miércoles por la tarde y a partir de entonces empezamos a salir.

Aficionado a la fotografía y viendo las posibilidades de ella, al domingo siguiente quedé  para ir al Retiro a hacerle fotos, era una maravilla, Matilde parecía nacida delante de una cámara, le hice cientos de fotografías, era mi modelo.

El parque del Retiro se convirtió en el paseo dominical, entonces, con sus dorados otoñales, sus hojas caídas y el sol que pasaba por entre las ramas de los árboles que perdían sus hojas amarillas y rojas, filtrando rayos de sol que llegaban débiles entre las ligeras neblinas al pelo corto y rizado de Matilde y remarcaban más aquella tez clara, casi transparente. Imaginaba yo que con mi cámara atrapaba a Diana Cazadora, con su túnica, su arco y su cervatillo al lado, eran escenas dignas de David Hamilton.

Por aquel entonces yo estaba metido ya en grupos de teatro de aficionados y empezaba a escribir alguna cosa, Matilde era mi musa, además, cuando tenía tiempo venía conmigo a ensayos y a ver teatro, en aquel entonces existía la claque e ir al teatro, para los aficionados era barato, además conocía a todos los jefes de claque de Madrid.

Bohemio como era, además de que en aquellos tiempos era un joven rebelde dispuesto a luchar por cualquier causa perdida, Matilde, que era una cría que empezaba a salir de casa, me seguía en todas las ocasiones, teniéndome como un héroe revolucionario.

Una mañana de invierno, en una de esas citas en El Retiro le confesé a Matilde mi amor, ella sentada en un banco de madera, con el cuello de su abrigo subido por el frío que hacía, yo con mi chaqueta de pana ancha y una bufanda de punto que me daba tres vueltas al cuello y colgaba todavía medio metro por cada lado, le cogí  su mano izquierda, puse mi rodilla derecha en tierra y mirando hacia ella le confesé mi amor:

Matilde, desde la primera vez que te vi, en casa de Vicente, justo cuando llegaste y te quitaste aquel abrigo burdeos maxi largo y entallado, me enamoré de ti, ha pasado medio otoño en este Retiro al que venimos cada domingo y cada vez que te veo a través del visor de mi cámara y luego, cuando revelo las fotos, sé que no puedo vivir sin ti.

Le besé la mano suavemente, ella se puso de pie e hizo levantarme, luego se acercó a mí, me abrazó y me besó en la mejilla primero y luego nuestros labios se rozaron tímidamente.

A diez o quince pasos un guardia forestal de El Retiro se ponía el silbato en la boca por si era menester llamarnos la atención.

En aquel tiempo esos hechos eran motivo de una multa de 5 pesetas.

Capítulo II

Las clases ya habían empezado, yo aquel año había comenzado Filosofía y Letras en la Complutense de Madrid, en la Ciudad Universitaria, ya desde el primer día de clase se empezaba a rumorear que ese año habría muy pocas clases, el ambiente se estaba caldeando, empezábamos a tener noticias de la crisis económica que empezó en Francia a principios del 67, luego ocurrió que las colonias de los grandes estados, recientemente independientes, se negaban en algunos casos a aceptar el “proteccionismo” americano.

En Cuba había triunfado la revolución, Estados Unidos se comprometía de lleno en la guerra de Vietnam, el movimiento hippy empezaba sus campañas de “Haz el amor y no la guerra”.

Pero el disparo de salida de todo lo que se avecinaba fue el encierro de estudiantes en la Universidad de Nanterre en Francia y sobre todo el enfrentamiento verbal entre el ministro de La Juventud y el Deporte François Missoffe y Coh-Bendit luego conocido como “Dani el Rojo” cabecilla y fundador del movimiento revolucionario “22 de Marzo”.

En España, en esas fechas de 1967 se vivía un gran momento económico, los Planes de Desarrollo estaban creando empresas y puestos de trabajo, La postguerra había terminado, el gobierno franquista había depositado mucha confianza en Cataluña y Vascongadas apoyando la creación de industria y por tanto puestos de trabajo cubiertos por españoles de Andalucía, Aragón y Extremadura sobre todo.

En el año 66 se aprobó la nueva Ley de Prensa conocida también como la “Ley de Fraga” y en la que se aparentaba una libertad mayor que la real, en el 67 se desarrolló la Ley de Libertad Religiosa, que no realizó Fraga, pero se le achacó por los más adictos al régimen, no siendo del agrado de Carrero Blanco, Fraga pagó los platos rotos y fue considerado un “liberal”.

Pese a la nombrada ley de prensa muchos periódicos y revistas fueron “secuestrados” en alguna ocasión como el ABC, La Codorniz. El diario Madrid  fue cerrado definitivamente.

Todo ello fue el caldo de cultivo para que el curso 67/68 en España y sobre todo en la universidad fuese un curso muy conflictivo.

Yo estaba a mis anchas en aquel ambiente revolucionario. Entre que Filosofía y Letras y Derecho llevaban la voz cantante de todo el follón en la “Universitaria” y además en el mundillo del teatro que empezaba con el teatro de protesta y luego en la música comenzaba la canción protesta, sobre todo en Barcelona.

Para Matilde, con sus dieciséis años recién cumplidos era todo un dios, era el héroe revolucionario, a cada momento me pedía que le contase qué pasaba en la Universidad.

Luego, cuando salíamos por ahí, le llevaba a los sitios más bohemios y progres de Madrid.

Las cuevas de Sésamo era cita obligada para tomar una copa después del teatro, o en la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana.

Se maravillaba cuando en alguno de esos sitios nos encontrábamos con algún actor ya conocido y nos saludábamos. Alguna noche aparecíamos por Parnaso, en la calle Viriato, cerca de la glorieta de Iglesias.

 Muchas mañana de domingo le llevaba al Rastro, allí le hacía fotografías reflejando su belleza en aquel ambiente y cada vez que las miraba me recordaban a la actriz francesa Marlene Jobert en la película “El arte de vivir…pero bien” de Yves Robert.

 Yo vivía independiente en Madrid, con unos amigos compartíamos un piso y allí, en mi habitación había instalado mi pequeño estudio fotográfico. Ahora, en aquel pequeño espacio seguía haciendo fotografías a Matilde, le hice un gran book de fotografías.

Por aquel tiempo ya estaba lo bastante liado para estudiar, iba a la Universidad en función de los jaleos que se pudiesen formar, en el teatro hacía alguna cosilla, sin importancia, lo importante era estar en todos los sitios posibles, trabajaba esporádicamente en alguna cosa, pero seguía recibiendo de mi familia a final de mes la transferencia correspondiente, no sé si porque pensaban que seguía estudiando o porque así permanecía alejado de casa.

Gracias a mis fotografías y al book, Matilde empezó a pasar modelos para una casa de costura que la contrató, a partir de entonces nuestros encuentros eran cada vez más lejanos, ella fue conociendo otro mundo y yo empezaba a pasar un poco de ella ya que mi vida iba por otros derroteros y vivía en un mundo de bohemia y revolución.


Capítulo III


El día 15 de Mayo de 2011, domingo, llegué a Madrid desde Alicante, me dediqué a recorrer la ciudad como siempre que llego allí después de un largo tiempo de estar ausente.

Paseando fui hacia Sol para recorrer todo el centro, bajé por Preciados y ya noté algo raro, mucha gente joven que iba hacia Sol con mochilas, alguna pancarta todavía enrollada, en sus voces se notaba nerviosismo, hablaban entre ellos muy alto, mientras otros susurraban, Sol estaba tomada en sus alrededores por coches anti disturbios.

Sin comerlo ni beberlo me encontré con el comienzo de la manifestación del 15M. Hice un cálculo de fechas, habían pasado 44 años y 54 días desde que se formalizó el movimiento “22 de Marzo” en la Universidad de Nanterre en Francia, yo, con 62 años me encontraba en otra revuelta que parecía sería de grandes proporciones, mi mente retrocedió ese periodo de tiempo, me pregunté qué sería de mis viejos camaradas, entre ellos uno que perdí de vista allá por 1970 en la Plaza de España, un domingo a las doce del medio día, él terminaba de salir de la Dirección General de Seguridad por revueltas estudiantiles. Nos despedimos entonces y ya no supe más de él, Salvador.

En plena Plaza del Sol, en el comienzo del jaleo tuve un recuerdo para Matilde y todos los amigos y camaradas perdidos. En un principio me alegré de que la juventud empezase a despertar del letargo del consumismo, pensé “El que no es revolucionario a los 17 no es conservador a los 40” No sé de quien era la frase pero me la apliqué, pensaba ya en mi jubilación, mi vida había sido bastante cómoda en lo laboral y me dije: “Esto no es para mí”. Y me marché por la calle Mayor dirección Postas para ir a la Plaza Mayor.

Fuera de la Plaza de Sol se notaba el ambiente de fiesta del día de S. Isidro, patrón de la Villa. 

Estuve paseando hasta las tantas, Madrid siempre está lleno de gente por las calles, ahora hacía 5 años que no recorría sus calles y todo parecía igual, aunque en el fondo se notaba la profunda crisis en la que andábamos metidos.

El lunes, cuando me desperté, pensé que había estado no sé si soñando o recordando aquel otoño y primavera de 1967/68, miles de escenas pasaron por mi mente, desayuné en el  hotel y como no tenía otra cosa que hacer hasta la tarde que había quedado con mi amigo Vicente, me fui andando tranquilamente al Retiro, ahora en pleno hervidero de la primavera. 

Paseé por todos aquellos sitios que tan bien conocía de mi juventud.

Encontré el banco en que me había declarado a Matilde y me senté, abrí el periódico que llevaba debajo de mi brazo y me puse a leer.

No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien me preguntó:

 ¿Puedo sentarme?

Si, claro. Le contesté sin levantar la mirada de mi periódico.

Al cabo de unos minutos, mientras pasaba de página, levanté la vista, al lado se había sentado una elegante mujer, mayor ya pero con los rasgos de haber sido una gran belleza.

Disculpe, señora, ¿La conozco de algo?

Eso mismo estaba pensando yo, que le conocía pero no sabía de qué.

Yo, cuando tengo un rato o me quiero relajar de mi trabajo, que está muy cerca vengo y me siento aquí.
Pues cuando vengo a Madrid, suelo pasear por el Retiro y a veces me siento aquí, pero no hemos coincidido nunca.

La mujer sonrió y con picardía me miró y dijo:

En el otoño de 1967 coincidimos muchas veces.

Le miré a los ojos y dije: Claro, tú…. ¡Tú eres Matilde!

¡Y tú Pedro!

FIN

jueves, 10 de diciembre de 2015

EL TESORO (Yo confieso)



No es real, es un homenaje a Horcajo de los Montes y al Parque Nacional de Cabañeros, entre Ciudad Real y Toledo, tocando con Extremadura, llegué allí porque me perdí, iba para Fuencaliente, a un camping, con una auto caravana, me indicaron mal y aparecí en Horcajo en el camping Mirador de Cabañeros, buen sitio para perderse, ahora, de vez en cuando voy directamente, ya no me pierdo.
abañeros, buen sitio para perderse, ahora, de vez en cuando voy directamente, ya no me pierdo.


EL TESORO


Pedro Fuentes

Estaba paseando por el campo, por un camino de tierra.

Una gran llanura se veía a mi derecha el camino la separaba de un bosque de encinas y alcornoques.
A ambos lados del camino las zarzas lo invadían todo. 

Hacía bastante tiempo que no llovía y el campo permanecía totalmente seco.

La llanura, en un tiempo había estado sembrada de cereales y estos, ya recolectados,  dejaban un color amarillo dorado,  en el centro de la cual unas  carrascas solitarias, me recordaban las inmensas llanuras del  Serengueti en Tanzania, pero no, estaba cerca del Parque Nacional de Cabañeros en Castilla La Mancha, entre las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cáceres.

El sol del mediodía me hizo internarme entre los  árboles para descansar un rato a la sobra de un alcornoque.

Aprovechando un sendero hecho por jabalíes entre las zarzas, crucé y me introduje en el bosque, a unos cien metros del camino, localicé una explanada, allí, a la sombra de un árbol me senté y me refresqué con agua de una cantimplora que llevaba.

Como no tenía mucha agua, con el primer sorbo me enjuagué la boca y bebí  tres más, pero no calmé la sed, por lo que después de descansar, me interné más en el bosque buscando algún riachuelo o pozo.
Llevaba unos mil metros andados cuando entre unas ramas vi lo que parecía un pozo o agujero bordeado por unas piedras, pero no se veía agua ni se adivinaba el fondo, me acerqué a las piedras y en ese momento el suelo cedió.

Caí dentro como deslizándome por un tobogán. No se cuanto descendí, pero llegué al fondo y me golpeé con algo duro.

No supe cuanto tiempo estuve inconsciente, abrí los ojos y no vi nada, la oscuridad más absoluta me rodeaba, ni siquiera  se adivinaba la entrada por la que había caído.

Palpé mi cuerpo y en principio parecía que no me había roto nada, me incorporé y podía andar, solamente notaba un leve dolor de cabeza.

Saqué el mechero “zippo” que siempre llevo encima como fumador que soy y lo encendí.

El suelo estaba lleno de piedras y algunas ramas secas, cogí una y le prendí fuego, ardió bien y pronto noté por el fuego que había una corriente de aire por un pequeño agujero de la pared.

Con otro palo piqué alrededor y con poco esfuerzo cayó tierra y  el agujero se convirtió en una galería por la que podía avanzar casi erguido, de allí venía aire, por lo que supuse que habría una salida, así que cogí tres maderos para que me sirviesen de antorchas y avancé, buscando una claridad que me indicase una posible.

Llevaba unos cincuenta metro andados cuando tropecé con algo, enfoqué la antorcha y entonces vi huesos, bastantes huesos, también había ropas viejas que se deshacían solamente con tocarlas, el susto fue impresionante.

Pasé por encima cuidando de no pisar ningún resto, me santigüé y seguí andando, la primera antorcha tocaba a su fin, así que encendí otra y seguí andando, ahora olía a humedad y el  suelo se hacía más blando, estaba semi mojado, de pronto noté como un griterío que me asustó, por todos lados se desprendían de la pared murciélagos y salían volando en el mismo sentido que yo andaba, con los palos y la antorcha procuraba separarlos de mi, me acordaba de las viejas historias cuando era niño que decían que se agarraban al pelo, además siempre había oído que eran animales que muchas veces se contagiaban de rabia.

Poco a poco el camino se ensanchaba, la corriente de aire era la misma, pero no se veía claridad por ninguna parte.

Seguí adelante y me encontré con una culebra bastarda, me extrañó verla dentro de una cueva en la época del año que estábamos, quizás fuese por el extremo calor que hacía fuera o porque estuviésemos cerca de una salida, procuré no molestarla, ya que aunque su veneno no sea mortal para el hombre si es molesto por los dolores de cabeza y mareos  que puede producir su picadura.

Cada vez las precauciones que tomaba era mayor, además, me sentía como febril, tenía frío y los temblores de mi cuerpo no me dejaban respirar bien, llevaba ya mucho rato avanzando y no sabía ni a donde iba ni se veía claridad alguna.

El camino se ensanchaba y ya podía andar totalmente de pie, intentaba razonar que si había murciélagos y la culebra bastarda, no podía estar lejos de la salida, así que seguí adelante, ya que además la corriente de aire parecía mayor.

De pronto la cueva se ensanchó y me encontré en una especie de sala de unos veinte metros cuadrados, la examiné a la luz de la antorcha y vi además que en el techo, de unos quince metros de alto, parecía que entraba algo de claridad, me acerqué a la vertical del agujero y choqué con algo duro, miré al suelo y vi un cofre de unos sesenta por cuarenta y cuarenta centímetros de altura.

El cofre estaba cerrado con dos cerraduras, intenté abrirlo y no pude.

Entonces, con los dos palos que me quedaban intenté hacer palanca, golpeando con una piedra del suelo, después de mucho esfuerzo, logré que saltara la tapa.

Lo que vi allí fue como un relámpago, parecían monedas de oro, pero al ir a cogerlas, el suelo se abrió a mis pies y bajé resbalando, la velocidad se iba incrementando, de vez en cuando aparecían como raíces de algún árbol, no podía agarrarme a ellas, pronto el tobogán se acabó y entré en un pozo vertical muy amplio y yo, por el centro descendía vertiginosamente, gritaba, un sudor frío me recorría el cuerpo y mientras tanto intentaba contener las ganas de orinar.

De pronto todo se paró, no sentí  ni golpe ni nada, quedé extendido boca arriba, palpé mi cuerpo estaba en una superficie blanda, sudaba por todos los poros de mi piel, las ganas de orinar era casi inaguantable, tanteé a  mi alrededor y pronto vi que estaba encima de mi cama, me puse en pie, encendí la luz y salí corriendo al lavabo, llegué justo a tiempo para poder orinar, había sido una pesadilla horrible, no debí cenar plátanos de postre.

 Cuando fui a lavarme las manos abrí mi mano izquierda que estaba cerrada, medio agarrotada y de ella cayó una moneda de oro.

He vuelto a la Raña y sus alrededores infinidad de veces, busco el pozo, el camino, el bosque. Nada no lo he localizado.

FIN


miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA HERENCIA (Yo confieso)

La Herencia

Esta historia está basada en la realidad cruda y verdadera, son dos casos, una, la de un pariente lejano con mucho dinero que lo acogió una sobrina y su marido, el abuelo tuvo unos días felices, pero en el pueblo se habló muy mal de los “acogedores” cuando falleció el hombre. 
La segunda parte, se la oí a unos familiares “cabreados” que comentaban las que les había hecho el difunto abuelo con el testamento y una buena mujer, (No la trataban ellos así) cubana, de mediana edad, pero de buen ver. Por lo visto este abuelo también murió doblemente feliz.

LA HERENCIA

Pedro Fuentes

CAPITULO I

Don Cipriano cumplió los 86 años cuando por primera vez en la vida se sintió mal, algo no andaba bien en su interior, no era un hipocondriaco, vio que no tiraba, que se cansaba, le faltaba el aire y sentía una presión en el pecho, así que como vivía solo y además no tenía más familiar que un sobrino segundo, hijo de su primo hermano por parte de padre, decidió llamarlo para decirle que había avisado al portero para que por favor le acompañase a urgencias del hospital de la Seguridad Social, que no estaba muy lejos, le dijo que por favor le acompañase por lo que le dijese el médico.

El señor Cipriano era soltero, toda la vida trabajó de funcionario, persona culta y estudiosa, su único vicio era la lectura, de vez en cuando iba al cine y al bar del hogar del jubilado, allí, además de tomar un cortado, jugaba unas partidas de billar francés con algún antiguo compañero de la Delegación de Hacienda, donde trabajó toda su vida.

Leandro llegó a urgencias justo cuando la enfermera llamaba a Cipriano a la consulta.

 Quiso pasar con su tío pero la enfermera le dijo que no, que primero entraba solo y si acaso lo avisarían luego.

Dos largas horas después, por los altavoces lo llamaron, primero vio a su tío que le dijo que se encontraba bien pero cansado, luego un médico lo llamó y entraron ambos en un pequeño despacho, allí el doctor sin rodeos le dijo:

Su tío ha tenido un infarto de miocardio, esto quiere decir que por un espacio de tiempo más o menos prolongado, ha tenido falta de oxígeno por el bloqueo del flujo sanguíneo hacia el músculo cardiaco.

Esto puede ser motivado por una serie de factores, como el colesterol elevado, el consumo de bebidas alcohólicas, una vida sedentaria, o hereditario, por lo que me ha dicho su tío, es de vida ordenada, seguramente será hereditaria o que al vivir solo, la cuestión alimentaria no sea tan ordenada como él cree.

Todo esto será motivo de estudio por el especialista cardiólogo al que le voy a enviar.

 A partir de ahora, tendrá que llevar una vida más ordenada, andar mucho, no fumar, nada de beber, nada de ejercicios exagerados, una vida reposada y tranquila.

Mi tío vive solo, ¿Usted cree que sería conveniente que viviese con nosotros o en una residencia, o quizás ponerle alguien que lo cuide? Preguntó Leandro.

Una de las tres cosas antes que estar solo, pero la ideal es que viviese con su familia, no es que esté grave, pero si se volviese a repetir el ataque, si está solo podría ser fatal, contestó el doctor.

¿Cree conveniente que conozca su estado?

No tiene importancia, sí es conveniente que sepa que se tiene que cuidar, pero sin decirle la gravedad de la situación, deben decirle las cosas pero sin darle disgustos.

Le voy a hacer un informe para su médico de familia y la recomendación para que le envíen al especialista en cardiología, hasta entonces, le recetaré unas pastillas que debe tomar.

 Esta vez ha sido un ataque leve y cogido muy a tiempo, lo dejaremos en planta uno o dos días para ver cómo reacciona y luego lo enviaremos a casa, mientras tanto pueden irlo preparando.

Creo que nos lo llevaremos a casa, tengo dos habitaciones libres desde que dos de mis hijos se han casado, pero antes lo hablaré con mi mujer y mi otro hijo que ya tiene 23 años.


CAPITULO II


A los tres días, don Cipriano se fue a vivir a casa de su sobrino nieto.

 Leandro y su hijo se encargaron de recoger de su piso las cosas que el anciano quería tener a mano y la ropa que él deseaba. Como la habitación que le asignaron, era bastante amplia, le llevaron también el televisor, un equipo de música y los libros que dijo.

Leandro y su mujer, Rosario, pronto hablaron seriamente con su tío y le hicieron ver lo prudente que sería por su parte que hiciese testamento. D. Cipriano a su vez les dijo que de su pensión, aportaría una parte por sus gastos y que a la vez le buscasen una cuidadora, para cuando él quisiese salir e ir al cine, le acompañase, gasto que correría a cargo también de su pensión, que era holgada.

Todo se hizo y a la semana habían contratado por horas una señora de unos cincuenta años, de bastante buen ver y de nacionalidad cubana.

Al cabo de dos meses, en un plan urdido por los padres y el hijo, empezaron a llevarse los domingos a D. Cipriano a comer fuera, cada vez las comidas eran más apetitosas, el vino no faltaba, la copita “era digestiva”.

Las veladas cada vez se alargaban más, poco rato pasaba el buen señor en su habitación, el hijo de Leandro, de veintitrés años, Alfredo, algún día lo “sacó” a pasear y lo enredó para llevárselo a una casa de mala reputación, “ya que comprendía que el abuelo tuviese sus necesidades”

 El hombre se refugió yendo al cine con su cuidadora Edelmira e incluso en lugar de unas horas paseaba cada tarde, iban al bar a tomar unas infusiones, fueron al teatro, pero cuando llegaba a casa, por las noches, las cenas eran opíparas y cada vez más tarde, luego los fines de semana había marcha para comidas y cenas en restaurantes, después, cada dos viernes por la noche el niño de la casa se lo llevaba a los lupanares.


CAPITULO III


A los siete meses, el abuelo falleció, tuvo un fuerte refriado y la lesión cardiaca, agravada por la subida de colesterol y la bajada de defensas, le jugaron una mala pasada.

De hecho fue una muerte bastante digna.

A la mañana siguiente su sobrina, cuando le llevó el desayuno, lo encontró muerto en la cama.

Después del entierro, a los quince días de llorar al abuelo amargamente, llamaron primero a Edelmira y le dijeron que como no la iban a necesitar más, en agradecimiento le pagarían una mensualidad como gratificación.

Edelmira marchó con lágrimas en los ojos.

Luego fueron el matrimonio y los tres hijos a la Notaría para declararse herederos legítimos.

El notario los recibió, les ofreció asiento y les dijo:

Señores, siento comunicarles que el Sr. Cipriano, en vida hizo donación de todos sus bienes pasados y futuros a doña Edelmira Cienfuegos de nacionalidad cubana y me entregó una carta, en sobre cerrado para que se la entregase a ustedes cuando reclamasen la herencia, aquí está, debidamente cerrada y lacrada, si me firman el recibí, con mucho gusto se la entregaré.

Firmaron y el notario les dijo: 
.
Les dejo solos en esta salita, por si quieren leer la carta en familia y en privado.

Leandro se sacó del bolsillo las gafas de cerca, rasgó el sobre, carraspeó un par de veces y leyó.
Mis queridísimos sobrinos:

Solamente cuatro letras para deciros que desde el primer momento me di cuenta de vuestras intenciones, me parece mal dejaros sin un céntimo ya que habéis hecho que mis últimos días estuviesen llenos de buena vida.

Cuando me di cuenta de todo, con Edelmira fui al médico, tomaba la medicación que me dabais para el corazón y las que me mandó el medico para el colesterol y para contrarrestar la “mala vida” que me hicisteis pasar, Edelmira me amó y cuidó como nadie lo había hecho,  hasta tal punto, que a ti, Alfredito, te diré que cuando me llevaste a aquellos sitios, yo pagaba otra vez a las señoritas para no hacer nada pero que luego te dijeran a ti lo bien que había ido todo, y lo hacía por respeto y amor a Edelmira, así que decidí haceros esta mala pasada.

Otra noticia, Edelmira y yo nos casamos.

Todavía estoy oyendo cuando me dijo “Sí, mi amol”.


FIN

lunes, 30 de noviembre de 2015

1 + 13 Relatos

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jueves, 26 de noviembre de 2015

ASALTO AL CAMION (Yo confieso)

YO CONFIESO

Asalto al camión

Como decía Francisco Umbral, “Iba a por el pan” y delante de mi casa había un camión aparcado, de él dos hombres con mono descargaban unas cajas de tabaco, dejaban abierto el camión y marchaban a un estanco, a unos cien metros, como dejaron abierto vi que iba cargado hasta los topes.

Compré el pan, pasé otra vez por el camión seguían descargando, me paré en una esquina como si estuviese esperando, incluso consulté para despistar, dos veces el reloj que no llevo, terminaron de descargar, subieron a la cabina y se marcharon, subí a casa, eran las diez y media en el reloj de pared, me preparé un bocadillo de jamón y una cerveza y me fui al ordenador.

Terminé el relato antes que el bocadillo.

Pensé menos mal que soy una persona decente y no me dedico al crimen.

                    RELATO

ASALTO AL CAMION

Pedro Fuentes

CAPITULO  I

Eulogio  caminaba por una calle de una pequeña capital de provincias cuando se paró en un semáforo en rojo.

Al otro lado de la calle aparcado había un camión de gran tamaño con cabeza tractora.

Paró un momento con el pretexto de encender un cigarrillo y mientras tanto observaba como dos personas, el conductor y otro hombre descargaban cajas  y las ponían en sendos carros de mano, luego, entornando la portezuela del camión, con las carretillas se dirigieron a la acera de enfrente donde le estaba esperando un hombre, dueño de un estanco.

 Descargaron y volvieron para hacer dos viajes más, Eulogio se dio cuenta de que el camión iba hasta los topes.

Como vivía cerca de allí, se dedicó a vigilar, una vez por semana, siempre los lunes, aparecía el vehículo, cuando ya controló eso, un lunes se preparó y siguiendo al camión hizo toda la ruta y terminaron en el local de destino, cuando tuvo todo, calculó la hora de salida y se dedicó a esperar al camión a las horas de salida del local de distribución de la empresa tabacalera.

Vio que allí llegaban martes y jueves grandes camiones cargados de cajas, luego, de lunes a viernes salía el otro camión y hacía cada día una ruta diferente. Los lunes pasaba por su población y repartía en todos los estancos, luego iba a otras diez poblaciones más y hacía la misma operación, pero invariablemente empezaba enfrente de su casa.

Eulogio midió el camión, midió las cajas, sabía lo que medían los cartones y los paquetes, un camión de aquellos podía rendir neto, a mitad de precio, 1,8 millones de €.

Una vez planeado todo hasta el último detalle, se decidió a llamar a los que serían sus colaboradores, dos, Fermín y Gaspar, que no se conocían entre sí,  dos individuos que andaban siempre a salto de mata, vividores a base de chanchullos y pequeños hurtos y fraudes, pero poco conocidos y no fichados, obedientes y buenos “trabajadores” pero que necesitaban alguien que les mandasen.

Bueno, les dijo cuando los reunió en otra provincia, el un hostal de carretera a donde fueron llegando los tres por separados y se inscribieron con nombres  falsos.

A partir de ahora somos “A”, tu,  “B”, tu, y yo “C”. Os voy a explicar la operación, pero paso por paso, hasta no haber realizado una parte no sabréis la segunda y así hasta terminar.

Vais a recibir 400.000 € para los dos, yo me encargaré de los gastos y la distribución del producto, de hecho ya está apalabrado. Cobrareis dos semanas después de la operación, no hay armas, solamente tres pistolas, una de fogueo y dos de imitación, no tiene que haber violencia de ningún tipo.

El golpe se realizará el lunes 28, para lo cual, el domingo por la tarde estaréis concentrados en vuestras casas, a las diez de la noche. Sabréis que al día siguiente os  llamaré por teléfono a las cuatro de la mañana y os diré:

Dentro de media hora en tal sitio, tendréis tiempo de llegar, iremos “B” y “C” en un coche, tú, “A” anteriormente, te avisaré y ese día tendrás que llevar una tractora que previamente yo dejaré en un sitio donde tú la recogerás  y la llevarás  donde te diga, esperarás allí a nuestra llegada en un camión, desengancharemos la caja y nos iremos con la tractora y el botín, en el camión llevaremos a dos rehenes a los que dormiremos y dejaremos en su tractora durante tres o cuatro horas drogados, cuando despierten habremos desaparecido del todo.

Los detalles los iréis conociendo en su momento.

Cualquier cosa que digamos será escueta y sin identificarnos, en el momento oportuno os daré una careta a cada uno.

Ahora marcharemos cada uno por su lado hasta la llamada el domingo 27. Mientras tanto, nada de meteros en jaleos ni comentar nada con nadie, ni con vuestras parejas, procurad que no se os vea.

Y recordad que por nuestra seguridad, lo mejor que puede pasar es que no nos conozcamos entre nosotros y que nadie nos relacione juntos, las caretas llevarán en la frente una gran letra que nos indicarán quienes somos.

Ahora marchemos cada uno a su lado y no nos veremos hasta el momento que os avise, ya sabéis que no me conocéis sino de vista, pero si queremos que salga perfecto todo, tenemos que confiar en nosotros mismos, de la misma forma, cuando repartamos los beneficios, os aconsejo que no hagáis ningún gasto hasta pasado por lo menos seis meses y luego ir sacando el dinero poco a poco. Por ahí es por donde suelen caer todos, así que si queremos dar el golpe de nuestras vidas, tenemos que ser prudentes.


CAPITULO  II

El día 27, por la noche, a la hora fijada, Eulogio llamó por teléfono a sus compinches “A” y “B”, quedaron para el día siguiente a las cuatro de la madrugada para la siguiente llamada y quedar en dos puntos donde los recogería.

Pasó con un pequeño utilitario blanco que había alquilado una semana antes con nombre falso por quince días.

Una vez recogidos a los colaboradores, le dio un mono azul a cada uno, igual al que él llevaba, también unas caretas iguales, las cuales llevaban una A y una B en la frente.

Recorridos unos 2 kilómetros, paró el coche e hizo bajar a “A”, le dio un sobre y unas llaves de una tractora que había aparcada en un parquin de camiones, solamente le dijo:

“A”, coge este camión y trasládalo al sitio de reunión que te indicará el GPS que llevas en el sobre, cuando llegues, verás un pajar abandonado, déjalo detrás.

Espéranos allí unas dos horas, si pasase algo, o te llamaré al móvil que va en el sobre o si es imposible, a las tres horas y media desapareces después de incendiar el camión y todo lo del sobre, careta y mono con la garrafa que llevas en la caja de herramientas de la tractora, coges una bicicleta que hay en el pajar y te vas tranquilamente hasta el pueblo más cercano, allí coges el tren y no te dejas ver en quince días.

Una vez hecho esto, cogió el coche y junto con “B” marcharos, por el retrovisor vio como salía el camión del aparcamiento.

Se dirigieron al primer pueblo donde llegaría el camión de reparto, aparcaron lejos de donde aparcaría el camión, en una calle que se podía aparcar sin levantar sospechas y marcharon a pie.
Se pararon en la acera como quien está esperando que vengan a recogerlos  para marchar a trabajar, cosa que parecía que hiciesen cada día por las manchas de los monos.

Cuando llegó el camión, el chofer y el operario bajaron y abrieron el portón trasero, en ese momento “B” y “C” se pusieron las caretas y “C” con la pistola de fogueo encañonó a los hombres y los hicieron subir a la caja.

“C” sacó un estuche del bolsillo y mientras “B” les ponía unas esposas y  cinta americana en la boca.

Del estuche sacó dos jeringuillas y pausadamente les dijo, os voy a poner una inyección para que durmáis unas horas, así no os pasará nada y podréis conservar la vida.

Mientras “C” hacía esto, “B” entró en la cabina, enchufó un GPS que llevaba en otro sobre como el de “A”, luego conectó un des inhibidor para el GPS localizador que llevaba el camión y se puso en marcha.

No habían pasado ni dos minutos.

Tres cuartos de hora después, el camión llegó al pajar abandonado, en cuestión de minutos cambiaron la tractora, mientras “A” y “C” hacían el cambio, “B” cambió las matrículas y puso a la caja las mismas falsas que a la tractora que les esperaba.

Los tres en colaboración, cogieron el royo de plástico adhesivo que llevaban en el que había un anuncio de transportista y los pegaron en la caja, en los laterales.

Trasladaron a los dos hombres dormidos a la tractora de reparto y metieron ésta en el pajar. “C” les volvió a pinchar para que durmiesen cinco o seis horas más y en menos de 15 minutos desaparecieron en el camión después retirar y destruirlos GPS, móviles, caretas, monos e instrucciones con el ácido que llevaba “C” en la caja de herramientas del camión.

Salieron a la carretera y marcharon rumbo al puerto que distaba a unos 40 kilómetros viendo de no pasar nunca de las velocidades marcadas y cumpliendo escrupulosamente el código de la circulación.

Al entrar en la gran ciudad, dio órdenes de que “A” bajase en un semáforo, tres paradas después dio la orden a “B”.

 “C” siguió veinte minutos más, en un polígono anexo al puerto, alguien le abrió el portón de un local y entró con el  camión, bajó de la cabina y casi sin decir ni adiós marchó rumbo a la estación.

Volvió a la población donde había dejado el coche de alquiler, lo cogió y marchó hasta el aeropuerto donde lo devolvió alegando que tenía que volar al extranjero.

Por las noticias de la noche, supo que los repartidores habían despertado bien, al cabo de seis horas, salvo tremendos dolores de cabeza.

 Se deshicieron de la cinta americana de la boca, ya que una vez dormidos les habían sacado las esposas.

No pudieron usar los teléfonos móviles porque le habían quitado las baterías, encontraron las llaves de la tractora y la pusieron en marcha y salieron hacia el primer pueblo donde dieron la voz de alarma, llegó la policía, no encontró huellas por ningún lado, el camión junto con el cargamento de tabaco había desaparecido.

A los diez días una llamada le comunicó que tenía el dinero en la consigna de la estación de ferrocarril de una gran ciudad, la llave se la habían dejado en un sobre en el buzón de su casa.
Al día siguiente, en su coche marchó hasta la capital donde recogió el dinero, en una caja de seguridad que había alquilado hacía varios meses, depositó todo el dinero salvo los dos paquetes de 200.000 € para sus colaboradores.

Marchó al aeropuerto más cercano y depositó las cantidades es sendas cajas de consigna, de la misma forma que a él le hicieron llamó a “A” y “B” y les dio instrucciones para que recogieran los paquetes en diferentes días y les volvió a hacer la recomendación de dejar pasar mínimo seis meses y no sacar el dinero de golpe.

A los cinco días, a Eulogio se le terminaron las vacaciones, volvió al trabajo a la mañana siguiente. Cuando entró en el trabajo, en la puerta le saludaron.

Buenos días, señor comisario,  ¿Otra vez al trabajo?

FIN







viernes, 20 de noviembre de 2015

LA BODA (Relatos palmeros)

Un nuevo RELATO PALMERO, "La boda". Este relato y el resto de los que componen la serie "Relatos Palmeros" se podrán seguir en el segundo tomo de "Las historias del búho" que saldrá a la venta el próximo año 2016.

La boda

Otro relato palmero, los personajes son ficción, pero no los hechos, dentro de las similitudes, yo estaba allí, en el Santuario de Nuestra Señora La Virgen de las Nieves, ya en otro relato comenté que al lado, en la casa de mis padres,  vivía todo el verano.
                                                                             Finca Las Nieves

El Fiat Balilla no era verde, era negro, licencia del autor.

Un día, hablando con mi madre me decía que no era verdad, le tuve que decir lo que decía en esos casos, “Bueno, pues no, lo habré soñado”


RELATO PALMERO
La boda

Pedro Fuentes

Corría el año 1.956 en Santa Cruz de la Palma, cuando la pareja formada por Iraya y Norberto, estaban preparando las cosas para casarse.
Iraya era de muy buena familia, su padre, D. Ramón, un rico terrateniente se dedicaba a la exportación de frutas, principalmente plátano, pero también tomate y empezaba a experimentar con aguacate, el abuelo, Eusebio, era el que había empezado a comprar fincas cuando la gente empezó a emigrar a Cuba y Venezuela.
Ramón se casó con su novia de toda la vida, Adelaida y al cabo de un año, tuvieron a Iraya, luego, a los 6 años nacieron los gemelos, Eusebio y Roque como los abuelos.
Norberto había terminado derecho y trabajaba en el bufete de su padre, D. Alonso, pero a la vez estaba  preparando oposiciones a Notaría, era bastante estudioso y estaba seguro de que las aprobaría, él hubiese esperado más para casarse, pero Iraya le apremiaba y pese a contar tan solo con veinte años, decía que quería ser la primera amiga en casarse y además por todo lo alto en la Basílica de Nuestra Señora de las Nieves.
D. Alonso, el padre de Norberto, no estaba muy de acuerdo en tan temprana boda, pero él lo veía con otros intereses, pensaba que cuando se casase, se olvidaría de las oposiciones o no tendría tantas ganas de estudiar, sobre todo si venían niños pronto; y así podría contar con él en el bufete, ya que cada vez iba a más y si aprobaba para notario, lo enviarían a cualquier sitio de España.
Doña Concha, la esposa de D. Alonso, no estaba tampoco muy de acuerdo, veía a Adelaida, su consuegra una nueva rica y una metomentodo, en cuanto a la niña, su futura nuera, una cursi de tomo y lomo y lo único que quería era un novio con una carrera y guapo como Norberto, su niño, hijo único y tan honrado y trabajador.
Iraya, era una jovencita guapa y con bastante buen gusto. Había hecho los estudios elementales en La Palma, en el colegio de las monjas Dominicas de la Sagrada Familia, más conocido por “La Palmita” donde adquirió una base cultural que amplió con clases de piano, bordados, cocina, etcétera.
Muy coqueta y presumida, solamente pensaba en casarse con Norberto, chico de buen ver y también bastante estirado y lucirlo en las fiestas del Casino y de la alta sociedad palmera, así como pasear los domingos después de la misa de doce en S. Salvador por la calle O´Daly más conocida por calle Real.
La boda, prevista para el 15 de Mayo, iba a ser un gran acontecimiento en La Palma, Adelaida e Iraya lo estaban preparando todo, sería por la tarde, a las seis, tenían ya contratada una rondalla canaria y una soprano, ésta cantaría durante la boda el Ave María de Schubert, la marcha nupcial estaría tocada al órgano por la profesora de piano de Iraya y también acompañaría a la soprano, luego, saliendo de la Basílica tocaría la rondalla y se serviría un vino de honor a los asistentes y curiosos, que se acercasen por Las Nieves. Luego bajarían al Santa Cruz donde se serviría un coctel de bienvenida en el Parador de Turismo y luego la gran cena con baile a continuación.
Aquella tarde, Norberto, tuvo que dejar en su casa su Fiat Balilla verde y con guardabarros negro recién comprado porque tenía solo dos puertas y tenía que llevar a Iraya y a su mamá a hacer recados para la boda, y coger el de su padre, el flamante Fort Taunus tipo familiar del 55.
Ya sabes, le decía Iraya a Norberto, cuando nos casemos, te compras otro coche más grande, además, si tenemos niños pronto, necesitaremos uno como el de tu padre por lo menos.
Cariño, si el coche que tenemos, para nosotros dos es lo mejor, además, está nuevo, me lo acabo de comprar, no tiene ni tres mil kilómetros.
No, cielo, fíjate, no podemos ni llevar a mamá.
Y así quedó zanjada la cuestión del coche.
La tensión iba en aumento a medida que llegaba la fecha de la boda, primero las invitaciones que ya llevaban varios días de retraso, el vestido que no terminaba de quedarle bien, al final habían decidido ir a Tenerife a buscarlo, pero entre pruebas y que a Adelaida también le había gustado uno allí, ya llevaban cuatro viajes a Tenerife  en el “crucerillo” La Palma para pruebas y demás.
Norberto, cariño, tienes que acompañarnos a los Llanos  a encargar unas flores para decorar la iglesia.
¡Norberto!, cielo, vamos a Fuencaliente para busca vino para después de la boda en Las Nieves.
¡¡Norberto!!, que hay que escribir los sobres de las invitaciones y ponerles los sellos.
¡¡¡Norberto !!!, ¡¡¡¡Norberto!!!!,  ¡¡¡¡¡Norberto !!!!!.
 ¡¡Cariño!! Ya he vendido el Fiat, se lo he vendido a mi amigo Raúl, lo estrenará el día de la boda para ir a Las Nieves.
¡¡¡Cariño!!! No te puedo acompañar porque tengo que ir a Tazacorte por un problema de una herencia.
Bueno, pues cuando vengas pasarás por El Paso que tengo encargada una seda para hacer unos pañuelos.
Y al fin llegó el catorce de Mayo; y entre todos fueron a Las Nieves para arreglar la Basílica con las flores, Doña Adelaida parecía un comandante en jefe dando órdenes, hasta D. Antonio, el párroco iba de un lado para otro preparando cosas, Norberto iba y venía a Los Llanos a buscar flores con el Taunus de su padre.
La Virgen de Las Nieves relucía, toda la plata del altar fue limpiada, había flores por todos los lados, hasta las maderas del artesonado del techo parecían recién barnizadas, los blusones blancos de los monaguillos habían sido lavados y almidonados, iba a ser seis, Pedrito, el titular y cinco chiquillos más  y dos sacristanes, el fijo y el hijo mayor del fijo.
A las cuatro de la tarde hicieron que se marchara Norberto por aquello de no ver a la novia 24 horas antes de la boda.
¡Amorcito! Vete ya a casa que no me puedes ver hasta mañana y no te olvides, tienes que estar mañana a las seis menos cuarto en la Basílica esperándome. ¿Quién te va a traer?
Me traerá Raúl con el Balilla.
¿Con ese coche vas a venir?
Si, así me despido de él, además mi padre vendrá con el grande con mi madre y los abuelos, llegaremos juntos y aquí mi madre me acompañará al altar como está previsto.
Y llegó el día y la hora, tal como estaba dispuesto, Norberto llegó con su amigo y detrás Don Alonso con el resto de la familia. Antes de entrar, Norberto y Raúl se fumaron un cigarrillo y luego, del brazo de su madre entró hasta los asientos que a tal fin se habían colocado delante del altar, la iglesia estaba rebosante de luz y los invitados, con sus grandes galas llenaban todos los bancos esperando a la novia.
A las seis y diez, Pedrito hizo una seña a D. Antonio y se preparó, que junto con otro monaguillo para abrir paso al cortejo de la novia, que iría acompañada de su padre, dos primos de la novia delante, después dos crías de más o menos la misma edad, una con las alianzas y otra con las arras, a continuación la novia y su padre, ella con un traje elegantísimo, con un pequeño escote que dejaba lucir en su cuello una gargantilla con brillantes y zafiros y luego una especie de corona adornada con pedrería y flores de azahar con un pequeño velo por delante que no dejaba sino ver la boca. Llevaba una larga cola que sujetaban cuatro niñas dirigidas por Anita y Eloísa, las dos amigas de Iraya.
Al entrar por entre las filas de bancos se oyó un murmullo que D. Antonio intentó acallar con un dedo llevado a sus labios por respeto al sitio donde se encontraban.
Llegó al altar, miró a Norberto y comenzó la ceremonia.
Don Antonio empezó con el clásico: Nos hemos reunido aquí para celebrar este santo matrimonio…..
Llegó D. Antonio a la parte de: “Si alguien tiene algo que objetar, que hable ahora o calle para siempre” y guardó uno segundos de silencio mientras los presentes se miraban unos a otros por el rabillo del ojo, sin atreverse a moverse por si alguien sospechaba algo. Un estremecimiento corrió por la espalda de los novios.
Raúl, el amigo del novio, que estaba sentado en los últimos bancos, viendo que perdía a su mejor amigo, salió a la puerta a fumar.
Luego, D, Antonio pidió las arras y las alianzas, y ya con los anillos en la mano, los bendijo y dijo: ¿Iraya, quieres a Norberto como esposo en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas hasta que la muerte os separe?
Si quiero, dijo Iraya a punto de empezar a llorar por la emoción.
Luego dijo: Y tú, Norberto, quieres a Iraya como esposa en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y las penas hasta que la muerte os separe?
Norberto dijo en voz baja que solamente lo oyó D. Antonio :”NO”
Y salió corriendo hacia la puerta lateral que le quedaba más cerca y que Raúl había abierto antes de la boda.
Allí lo esperaba su amigo con su Fiat Balilla con el motor en marcha, subió y salieron disparados hacia Santa Cruz.
Los más rápidos que salieron vieron como el Fiat Balilla verde reluciente con los guarda barros negros se perdía detrás de la curva de la Dehesa.
Dicen que lo vieron embarcar en “el crucerillo” La Palma. Otros dicen que se fue con la goleta “Evelia” que zarpó aquella tarde noche hacia Tetuán con un cargamento de plátanos.
Se supo que Norberto, al cabo de un año aprobó “notarías” y se fue a Galicia destinado.

FIN




miércoles, 18 de noviembre de 2015

LAS HISTORIAS DEL BUHO

El primer tomo de “LAS HISTORIAS DEL BÚHO” Titulado “EL VIAJE” y 13 Relatos más, ya está a la venta.

Este volumen se puede comprar a través de Internet en www.bubok.es y para mayor información, en el enlace: http://www.bubok.es/libros/243574/La-misteriosa-dama-de-negro-y-13-relatos-mas .
Este es el único medio de distribución.

El tiempo de espera son nueve (9) días más el que  se necesite para el envío, suelen ser 48 horas.

El precio por ejemplar viene especificado en el enlace.


Como veréis, llega a tiempo para poder hacer un bonito regalo por Navidad y Reyes.


lunes, 16 de noviembre de 2015

LIBRO NUEVO

Está apunto de salir el libro "LA MISTERIOSA DAMA DE NEGRO Y TRECE RElATOS MÁS" Este libro es el primero de una trilogía del autor de este blog. Os iré informando de la forma para hacerse con él y el precio, mientras tanto, os mado una foto de la portada y contraportada.


viernes, 13 de noviembre de 2015

EL ENTIERRO (Relatos palmeros)

Un día más y un relato ya publicado en su día, pero ahora en la sección "YO CONFIESO", una pequeña explicación de qué fue lo que me llevó a escribirlo.

Y ahora.............

El Entierro

Este relato está incluido en el capítulo de “Relatos Palmeros” esa tierra en la que nací y a la que llevo en mi corazón pese a haber estado vagando por el mundo durante casi sesenta años.

Vivía yo en mi infancia en la calle San Telmo, cerca de la Plaza de Santo domingo, donde me pasaba la mayor parte de mis ratos libres jugando. Pues bien, tal como se cuenta en el relato, casi todos los entierros pasaban por debajo de mi casa y los veía desde la ventana, efectivamente, porque allí empezaba una pequeña subida o por costumbre, paraban debajo de la ventana y rezaban un responso, el resto, la caída del ataúd y demás es fruto de mi mente y de mi sentido del humor un poco macabro.



EL ENTIERRO

Pedro Fuentes

CAPITULO I

Hace ya bastantes años, en el pueblo donde vivía, para ir al cementerio, había que pasar por delante de mi casa.
Entonces  un entierro era un acontecimiento social.
A veces, por los acompañantes, sabías quién se había muerto, otras veías con quién se hablaba o no el muerto, alguna vez vi a la viuda enlutada y llorosa siguiendo al coche fúnebre y al final, medio a escondidas veías a “otra viuda” que confirmaba el “vox pópuli”.
Otras te dabas cuenta de que a partir de la tercera o cuarta fila, se contaban chistes, si había sobrinos lejanos, llorando había herencia por medio, en fin, el balcón de mi casa era toda una cátedra de observación y psicología del género humano.
La calle empezaba una pequeña cuesta a partir de mi casa, con lo que teniendo en cuenta que hasta el Camposanto había todavía unos 2.500 metros, era parada obligada para coger aire y poder llegar arriba sin asfixiarse.
En aquellos tiempos, había muy pocos coches, además era costumbre  llevar el féretro en un coche fúnebre más o menos elegante según el poderío económico y aparente de la familia.
Delante iba un sacerdote, todos lo llevaban, hasta los ateos más recalcitrantes, acompañado por un par de monaguillos, a veces más y si era un entierro de postín llevaba tres curas, varios sacristanes y media docena de monaguillos.
Inmediatamente detrás iba el coche, a continuación la viuda o el viudo, de estos hay menos normalmente, y luego los familiares, por orden de mayor a menor grado, luego los amigos o amigas y detrás los conocidos, empleados, sirvientes y ya los curiosos y los “amigos de los entierros” u otros “familiares no reconocidos”
Yo era entonces un crío, uno de esos críos callados, de mirada lánguida que parecía no fijarse en nada, pero que oía y procesaba todo lo que entraba en su cerebro.
Muchas veces, ahora, con mi madre, y mis hermanos mayores, soy yo el que se acuerda de esos pequeños detalle e incluso, a mis años, he reconocido trastadas que quedaron impunes por falta de culpable.
 Con esto quiero decir lo que ya he dicho, un entierro era un acontecimiento social digno de estudio.
Pero nada tan importante como el entierro que os voy a contar. Viví de pequeño la primera parte, la más importante, pero años más tarde, por mi manía de coleccionar historias, para estar más documentado y ceñirme a los hechos, contacté uno de los protagonistas principales y me contó su historia.
Cuando el sacerdote y los dos monaguillos, pararon delante del balcón en el que yo estaba, todo hacía presagiar un entierro normal, el sacerdote, como tenía por costumbre, hacía la paradita para respirar y coger fuerzas para la cuesta, pero aprovechaba el momento para pedirle a los monaguillos el acetre y el hisopo.
 Con ellos se puso al lado derecho del coche fúnebre, una plataforma con cuatro columnas que sujetaban el techo, que terminaba a cuatro vientos y en el vértice central una especie de jarrón con un penacho negro.
Mojó el hisopo en el acetre del agua bendita y mientras recitaba un responso bendecía el ataúd negro azabache.
Desde la posición que yo estaba pensé que el coche se había calado, porque todo él tembló en el momento que el cura lanzaba agua con el hisopo en todas las direcciones.
Para mi gran fantasía, luego, cuando vi el humo en el tubo de escape, pensé: “La caja se ha movido”.
El sacerdote se colocó delante del coche y siguió la marcha, detrás, la viuda, de unos cuarenta y tantos años y de buen ver, acompañada de unas amigas, no tenía más familia, suspiró y sollozó detrás de unas gafas negras y emprendieron la marcha.
Cuando la cuesta empezó a ser más fuerte, lo vi claro, la caja se volvió a mover. Cuando lo dije en voz alta, alguien por detrás me dio un capón de campeonato y me dijo:
 ¡Calla, coño! que no dices sino tonterías.

CAPITULO  II

“Dentro de la caja me desperté, estaba totalmente a oscuras, no recordaba nada, me moví, de pronto oí la voz de alguien que rezaba un responso, guardé silencio para ver si averiguaba algo y comprendí, me había dado un ataque, estaba en la calle, llegando a mi casa, antes de perder el conocimiento vi que varias personas corrían a socorrerme, alguien dijo:
Es Miguel, vive aquí, en el número nueve, avisad a su mujer. Allí perdí el conocimiento.
Ahora me daba cuenta, creen que he muerto y me llevan a enterrar, pero no puede ser, mi mujer y el doctor saben que soy cataléctico, ¡¡Socorro!!! ¡¡¡Socorro!!!, ¡que no estoy muerto! A la vez que gritaba intentaba moverme, saltaba lo que podía, pero el forro y la guata del ataúd amortiguaban los golpes, ¡lloré!, ¡salté!, ¡grité!, ¡empecé a arrancar el forro y la guata!, ¡me rompía las uñas contra la madera!, ¡me faltaba el aire!, ¡me estaba ahogando!, ¡iba a perder el conocimiento y entonces no tendría escapatoria!, ¡intenté con todas mis fuerzas golpear con las rodilla!, noté que aquello se había desplazado, contuve la respiración para coger fuerzas, me concentré y di dos golpes seguidos contra la madera que había a los pies, entonces sí, todo el ataúd se desplazó y fue cogiendo velocidad, noté cómo resbalaba y caía desde una cierta altura golpeando contra el suelo, allí se rompió la caja, lo primero que vi fue la cara de espantado de un niño en el balcón de un primer piso, luego vi gente que corría despavorida, luego me empecé a incorporar y noté que había caído encima de alguien. ¡¡Dios mío!! ¡¡He caído encima de Marisa, mi mujer!!”
Hasta aquí el relato de Miguel.
En el balcón de casa yo increpé al del capón ¡Lo ves! Yo tenía razón.
Mi madre intentaba llevarme para dentro para que no tuviese pesadillas. Yo seguía agarrado a la barandilla del balcón, pese a lo aterrado que estaba no quería perderme detalle, en aquel momento supe que aquella sería una de las historias de mi vida.
Cuando Miguel se levantó intentó ayudar a su mujer, llamó al médico que iba en la comitiva y éste tomándole el pulso a Marisa dijo: Está muy mal, hay que llevarla a la casa de socorro.
Llamaron un coche y en él subieron  Miguel, ya restablecido. Evaristo, el doctor y en medio colocaron a Marisa.
Ya en la camilla del hospital, Miguel, que no había soltado la mano de su esposa le dijo: Marisa, ¿Por qué no esperaste para enterrarme sabiendo que soy cataléptico?
En un susurro dijo:
Evaristo firmó el acta de defunción porque te hizo pruebas.
En ese momento llegó el cura y le dijo a la moribunda:
Marisa, hija, ¿quieres confesarte?
Si. Padre, pero no quiero que se vaya Miguel, sé que voy a morir y quiero que sepa la verdad. Cuando vimos que Miguel tenía el ataque, Evaristo y yo decidimos deshacernos de él, porque llevamos tres años de amantes y queríamos casarnos.
El sacerdote, haciendo la señal de la cruz dijo: Ego te absorbo in nómine………
Marisa espiró en ese momento.
Después de la confesión de ella Evaristo confesó ante la policía y fue condenado.
Miguel marchó del pueblo y vive feliz y contento, no ha vuelto a tener ataques de catalepsia.

FIN