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miércoles, 16 de diciembre de 2015

CITA EN EL RETIRO (Yo confieso)


Con este relato, termino el presente año de 2.015.

Volveremos a estar en contacto después de Reyes.

Un abrazo para todos.




¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!! Y ¡¡¡UN PROSPERO AÑO 2.016!!!



Cita en el Retiro

No se llamaba Matilde, pero tampoco diré el nombre, mejor así, los que entonces me conocieron, saben quién era, ella, si me lee, también. A los demás ¿Para qué necesitan como se llamaba?

La realidad y la fantasía aquí no se confunden, he vuelto por El Retiro, parte de mi juventud la pasé allí, siempre me ha encantado, además, yo que soy de mar, en Madrid solamente me quedaban dos consuelos, ir a remar a El Retiro o al ¿Lago? De La Casa de Campo.

 He vuelto al parque y me he sentado en el mismo banco, todavía está, he ido con mi mujer, Azucena, sabe de mi vida y lee todo lo que escribo, 

Iba con mi mujer y se lo dije, los dos nos reímos y comentamos: ¡Qué tiempos! ¡Cuantos buenos recuerdos!

Bueno, como decía, he ido al banco aquel, me he sentado allí pero no he encontrado a Matilde. Seguramente no vaya, o quizás simplemente con coincidimos.

CITA EN EL RETIRO


Pedro Fuentes


Capítulo I


Aquella tarde de domingo se parecía a casi todas las tardes de aquel otoño que ya declinaba, el frío  empezaba a arreciar en el Madrid del año 1967, o cine o guateque, no era tiempo ya para pasear por Rosales, sentarse en algún bar a charlar o salir con alguna chica a recorrer Madrid antes de sentarse en una cafetería y hablar de lo divino y lo humano o del existencialismo próximo al movimiento hippy del que ya se oía hablar a través de las noticias que llegaban sobre la guerra de Vietnam y el rechazo de la juventud a la violencia.

Aquella tarde nos reunimos en casa de Vicente, al final era el sitio ideal, allí celebrábamos la mayoría de los guateques, normalmente cada uno se encargaba de traer a alguna chica, además de las fijas, amigas y amigos de todos, allí nos reuníamos a charlar y bailar, eran los tiempos de Adriano Celentano, Fran Sinatra, Dean Martin, Pino Donaggio, Elvis Presley y tantos y tantos, aunque siempre salía, casi al final de la tarde el "Only you" de los Platers , aunque ya empezaban a despuntar Los Brincos y otros productos españoles.

No se quien de los nuestros trajo a Matilde y a su hermana, creo que fue uno de los amigos de Vicente que se llamaba Juan Carlos,  estaba enamorado de la hermana de Matilde. 

Yo, desde el momento que vi a Matilde dije:

Esta chica me gusta, es una cabecilla loca pero me gusta, tiene estilo.

Era una chiquilla alta, muy alta, delgada, con cara redonda, en la que destacaban unos preciosos ojos verdes casi transparentes, pelo corto muy claro con un tono claro entre rubio y pelirrojo, semi rizado, tez blanca con unas pecas ligeramente remarcadas, en aquellos tiempos estaba de moda pintarse pecas, ella las llevaba naturales. Era una campanilla.

Al poco tiempo de llegar me las apañé para estar bailando con ella.

Siempre he sido la antítesis del “bailongo”, es más, siempre me he caracterizado como un fatal bailarín, pero en aquellos tiempos si no bailabas no ligabas, pero yo, con un par de pasos aprendidos de Paco, que imitaba a Dean Martin, era un gran bailarín, pasaba las tardes bailando si la muchacha merecía la pena.

Matilde tenía un gran estilo, además de su belleza y su gran figura, vestía con una gran elegancia, luego supe que su madre era una gran modista y a las niñas les hacía verdaderos modelos.

Su hermana, más joven que ella, no era tan atractiva, pero Matilde, cuando llegó aquella primera tarde, con un maxi abrigo entallado, color burdeos, debajo del cual llevaba una mini falda marrón, un jersey fino de cuello de cisne color blanco roto y unas medias calcetín a juego con el jersey hasta media pierna.

Aquel día no la dejé ni a sol ni a sombra, tenía dieciséis años y yo dieciocho. Quedé con ella para irla a recoger al colegio el miércoles por la tarde y a partir de entonces empezamos a salir.

Aficionado a la fotografía y viendo las posibilidades de ella, al domingo siguiente quedé  para ir al Retiro a hacerle fotos, era una maravilla, Matilde parecía nacida delante de una cámara, le hice cientos de fotografías, era mi modelo.

El parque del Retiro se convirtió en el paseo dominical, entonces, con sus dorados otoñales, sus hojas caídas y el sol que pasaba por entre las ramas de los árboles que perdían sus hojas amarillas y rojas, filtrando rayos de sol que llegaban débiles entre las ligeras neblinas al pelo corto y rizado de Matilde y remarcaban más aquella tez clara, casi transparente. Imaginaba yo que con mi cámara atrapaba a Diana Cazadora, con su túnica, su arco y su cervatillo al lado, eran escenas dignas de David Hamilton.

Por aquel entonces yo estaba metido ya en grupos de teatro de aficionados y empezaba a escribir alguna cosa, Matilde era mi musa, además, cuando tenía tiempo venía conmigo a ensayos y a ver teatro, en aquel entonces existía la claque e ir al teatro, para los aficionados era barato, además conocía a todos los jefes de claque de Madrid.

Bohemio como era, además de que en aquellos tiempos era un joven rebelde dispuesto a luchar por cualquier causa perdida, Matilde, que era una cría que empezaba a salir de casa, me seguía en todas las ocasiones, teniéndome como un héroe revolucionario.

Una mañana de invierno, en una de esas citas en El Retiro le confesé a Matilde mi amor, ella sentada en un banco de madera, con el cuello de su abrigo subido por el frío que hacía, yo con mi chaqueta de pana ancha y una bufanda de punto que me daba tres vueltas al cuello y colgaba todavía medio metro por cada lado, le cogí  su mano izquierda, puse mi rodilla derecha en tierra y mirando hacia ella le confesé mi amor:

Matilde, desde la primera vez que te vi, en casa de Vicente, justo cuando llegaste y te quitaste aquel abrigo burdeos maxi largo y entallado, me enamoré de ti, ha pasado medio otoño en este Retiro al que venimos cada domingo y cada vez que te veo a través del visor de mi cámara y luego, cuando revelo las fotos, sé que no puedo vivir sin ti.

Le besé la mano suavemente, ella se puso de pie e hizo levantarme, luego se acercó a mí, me abrazó y me besó en la mejilla primero y luego nuestros labios se rozaron tímidamente.

A diez o quince pasos un guardia forestal de El Retiro se ponía el silbato en la boca por si era menester llamarnos la atención.

En aquel tiempo esos hechos eran motivo de una multa de 5 pesetas.

Capítulo II

Las clases ya habían empezado, yo aquel año había comenzado Filosofía y Letras en la Complutense de Madrid, en la Ciudad Universitaria, ya desde el primer día de clase se empezaba a rumorear que ese año habría muy pocas clases, el ambiente se estaba caldeando, empezábamos a tener noticias de la crisis económica que empezó en Francia a principios del 67, luego ocurrió que las colonias de los grandes estados, recientemente independientes, se negaban en algunos casos a aceptar el “proteccionismo” americano.

En Cuba había triunfado la revolución, Estados Unidos se comprometía de lleno en la guerra de Vietnam, el movimiento hippy empezaba sus campañas de “Haz el amor y no la guerra”.

Pero el disparo de salida de todo lo que se avecinaba fue el encierro de estudiantes en la Universidad de Nanterre en Francia y sobre todo el enfrentamiento verbal entre el ministro de La Juventud y el Deporte François Missoffe y Coh-Bendit luego conocido como “Dani el Rojo” cabecilla y fundador del movimiento revolucionario “22 de Marzo”.

En España, en esas fechas de 1967 se vivía un gran momento económico, los Planes de Desarrollo estaban creando empresas y puestos de trabajo, La postguerra había terminado, el gobierno franquista había depositado mucha confianza en Cataluña y Vascongadas apoyando la creación de industria y por tanto puestos de trabajo cubiertos por españoles de Andalucía, Aragón y Extremadura sobre todo.

En el año 66 se aprobó la nueva Ley de Prensa conocida también como la “Ley de Fraga” y en la que se aparentaba una libertad mayor que la real, en el 67 se desarrolló la Ley de Libertad Religiosa, que no realizó Fraga, pero se le achacó por los más adictos al régimen, no siendo del agrado de Carrero Blanco, Fraga pagó los platos rotos y fue considerado un “liberal”.

Pese a la nombrada ley de prensa muchos periódicos y revistas fueron “secuestrados” en alguna ocasión como el ABC, La Codorniz. El diario Madrid  fue cerrado definitivamente.

Todo ello fue el caldo de cultivo para que el curso 67/68 en España y sobre todo en la universidad fuese un curso muy conflictivo.

Yo estaba a mis anchas en aquel ambiente revolucionario. Entre que Filosofía y Letras y Derecho llevaban la voz cantante de todo el follón en la “Universitaria” y además en el mundillo del teatro que empezaba con el teatro de protesta y luego en la música comenzaba la canción protesta, sobre todo en Barcelona.

Para Matilde, con sus dieciséis años recién cumplidos era todo un dios, era el héroe revolucionario, a cada momento me pedía que le contase qué pasaba en la Universidad.

Luego, cuando salíamos por ahí, le llevaba a los sitios más bohemios y progres de Madrid.

Las cuevas de Sésamo era cita obligada para tomar una copa después del teatro, o en la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana.

Se maravillaba cuando en alguno de esos sitios nos encontrábamos con algún actor ya conocido y nos saludábamos. Alguna noche aparecíamos por Parnaso, en la calle Viriato, cerca de la glorieta de Iglesias.

 Muchas mañana de domingo le llevaba al Rastro, allí le hacía fotografías reflejando su belleza en aquel ambiente y cada vez que las miraba me recordaban a la actriz francesa Marlene Jobert en la película “El arte de vivir…pero bien” de Yves Robert.

 Yo vivía independiente en Madrid, con unos amigos compartíamos un piso y allí, en mi habitación había instalado mi pequeño estudio fotográfico. Ahora, en aquel pequeño espacio seguía haciendo fotografías a Matilde, le hice un gran book de fotografías.

Por aquel tiempo ya estaba lo bastante liado para estudiar, iba a la Universidad en función de los jaleos que se pudiesen formar, en el teatro hacía alguna cosilla, sin importancia, lo importante era estar en todos los sitios posibles, trabajaba esporádicamente en alguna cosa, pero seguía recibiendo de mi familia a final de mes la transferencia correspondiente, no sé si porque pensaban que seguía estudiando o porque así permanecía alejado de casa.

Gracias a mis fotografías y al book, Matilde empezó a pasar modelos para una casa de costura que la contrató, a partir de entonces nuestros encuentros eran cada vez más lejanos, ella fue conociendo otro mundo y yo empezaba a pasar un poco de ella ya que mi vida iba por otros derroteros y vivía en un mundo de bohemia y revolución.


Capítulo III


El día 15 de Mayo de 2011, domingo, llegué a Madrid desde Alicante, me dediqué a recorrer la ciudad como siempre que llego allí después de un largo tiempo de estar ausente.

Paseando fui hacia Sol para recorrer todo el centro, bajé por Preciados y ya noté algo raro, mucha gente joven que iba hacia Sol con mochilas, alguna pancarta todavía enrollada, en sus voces se notaba nerviosismo, hablaban entre ellos muy alto, mientras otros susurraban, Sol estaba tomada en sus alrededores por coches anti disturbios.

Sin comerlo ni beberlo me encontré con el comienzo de la manifestación del 15M. Hice un cálculo de fechas, habían pasado 44 años y 54 días desde que se formalizó el movimiento “22 de Marzo” en la Universidad de Nanterre en Francia, yo, con 62 años me encontraba en otra revuelta que parecía sería de grandes proporciones, mi mente retrocedió ese periodo de tiempo, me pregunté qué sería de mis viejos camaradas, entre ellos uno que perdí de vista allá por 1970 en la Plaza de España, un domingo a las doce del medio día, él terminaba de salir de la Dirección General de Seguridad por revueltas estudiantiles. Nos despedimos entonces y ya no supe más de él, Salvador.

En plena Plaza del Sol, en el comienzo del jaleo tuve un recuerdo para Matilde y todos los amigos y camaradas perdidos. En un principio me alegré de que la juventud empezase a despertar del letargo del consumismo, pensé “El que no es revolucionario a los 17 no es conservador a los 40” No sé de quien era la frase pero me la apliqué, pensaba ya en mi jubilación, mi vida había sido bastante cómoda en lo laboral y me dije: “Esto no es para mí”. Y me marché por la calle Mayor dirección Postas para ir a la Plaza Mayor.

Fuera de la Plaza de Sol se notaba el ambiente de fiesta del día de S. Isidro, patrón de la Villa. 

Estuve paseando hasta las tantas, Madrid siempre está lleno de gente por las calles, ahora hacía 5 años que no recorría sus calles y todo parecía igual, aunque en el fondo se notaba la profunda crisis en la que andábamos metidos.

El lunes, cuando me desperté, pensé que había estado no sé si soñando o recordando aquel otoño y primavera de 1967/68, miles de escenas pasaron por mi mente, desayuné en el  hotel y como no tenía otra cosa que hacer hasta la tarde que había quedado con mi amigo Vicente, me fui andando tranquilamente al Retiro, ahora en pleno hervidero de la primavera. 

Paseé por todos aquellos sitios que tan bien conocía de mi juventud.

Encontré el banco en que me había declarado a Matilde y me senté, abrí el periódico que llevaba debajo de mi brazo y me puse a leer.

No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien me preguntó:

 ¿Puedo sentarme?

Si, claro. Le contesté sin levantar la mirada de mi periódico.

Al cabo de unos minutos, mientras pasaba de página, levanté la vista, al lado se había sentado una elegante mujer, mayor ya pero con los rasgos de haber sido una gran belleza.

Disculpe, señora, ¿La conozco de algo?

Eso mismo estaba pensando yo, que le conocía pero no sabía de qué.

Yo, cuando tengo un rato o me quiero relajar de mi trabajo, que está muy cerca vengo y me siento aquí.
Pues cuando vengo a Madrid, suelo pasear por el Retiro y a veces me siento aquí, pero no hemos coincidido nunca.

La mujer sonrió y con picardía me miró y dijo:

En el otoño de 1967 coincidimos muchas veces.

Le miré a los ojos y dije: Claro, tú…. ¡Tú eres Matilde!

¡Y tú Pedro!

FIN

jueves, 10 de diciembre de 2015

EL TESORO (Yo confieso)



No es real, es un homenaje a Horcajo de los Montes y al Parque Nacional de Cabañeros, entre Ciudad Real y Toledo, tocando con Extremadura, llegué allí porque me perdí, iba para Fuencaliente, a un camping, con una auto caravana, me indicaron mal y aparecí en Horcajo en el camping Mirador de Cabañeros, buen sitio para perderse, ahora, de vez en cuando voy directamente, ya no me pierdo.
abañeros, buen sitio para perderse, ahora, de vez en cuando voy directamente, ya no me pierdo.


EL TESORO


Pedro Fuentes

Estaba paseando por el campo, por un camino de tierra.

Una gran llanura se veía a mi derecha el camino la separaba de un bosque de encinas y alcornoques.
A ambos lados del camino las zarzas lo invadían todo. 

Hacía bastante tiempo que no llovía y el campo permanecía totalmente seco.

La llanura, en un tiempo había estado sembrada de cereales y estos, ya recolectados,  dejaban un color amarillo dorado,  en el centro de la cual unas  carrascas solitarias, me recordaban las inmensas llanuras del  Serengueti en Tanzania, pero no, estaba cerca del Parque Nacional de Cabañeros en Castilla La Mancha, entre las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cáceres.

El sol del mediodía me hizo internarme entre los  árboles para descansar un rato a la sobra de un alcornoque.

Aprovechando un sendero hecho por jabalíes entre las zarzas, crucé y me introduje en el bosque, a unos cien metros del camino, localicé una explanada, allí, a la sombra de un árbol me senté y me refresqué con agua de una cantimplora que llevaba.

Como no tenía mucha agua, con el primer sorbo me enjuagué la boca y bebí  tres más, pero no calmé la sed, por lo que después de descansar, me interné más en el bosque buscando algún riachuelo o pozo.
Llevaba unos mil metros andados cuando entre unas ramas vi lo que parecía un pozo o agujero bordeado por unas piedras, pero no se veía agua ni se adivinaba el fondo, me acerqué a las piedras y en ese momento el suelo cedió.

Caí dentro como deslizándome por un tobogán. No se cuanto descendí, pero llegué al fondo y me golpeé con algo duro.

No supe cuanto tiempo estuve inconsciente, abrí los ojos y no vi nada, la oscuridad más absoluta me rodeaba, ni siquiera  se adivinaba la entrada por la que había caído.

Palpé mi cuerpo y en principio parecía que no me había roto nada, me incorporé y podía andar, solamente notaba un leve dolor de cabeza.

Saqué el mechero “zippo” que siempre llevo encima como fumador que soy y lo encendí.

El suelo estaba lleno de piedras y algunas ramas secas, cogí una y le prendí fuego, ardió bien y pronto noté por el fuego que había una corriente de aire por un pequeño agujero de la pared.

Con otro palo piqué alrededor y con poco esfuerzo cayó tierra y  el agujero se convirtió en una galería por la que podía avanzar casi erguido, de allí venía aire, por lo que supuse que habría una salida, así que cogí tres maderos para que me sirviesen de antorchas y avancé, buscando una claridad que me indicase una posible.

Llevaba unos cincuenta metro andados cuando tropecé con algo, enfoqué la antorcha y entonces vi huesos, bastantes huesos, también había ropas viejas que se deshacían solamente con tocarlas, el susto fue impresionante.

Pasé por encima cuidando de no pisar ningún resto, me santigüé y seguí andando, la primera antorcha tocaba a su fin, así que encendí otra y seguí andando, ahora olía a humedad y el  suelo se hacía más blando, estaba semi mojado, de pronto noté como un griterío que me asustó, por todos lados se desprendían de la pared murciélagos y salían volando en el mismo sentido que yo andaba, con los palos y la antorcha procuraba separarlos de mi, me acordaba de las viejas historias cuando era niño que decían que se agarraban al pelo, además siempre había oído que eran animales que muchas veces se contagiaban de rabia.

Poco a poco el camino se ensanchaba, la corriente de aire era la misma, pero no se veía claridad por ninguna parte.

Seguí adelante y me encontré con una culebra bastarda, me extrañó verla dentro de una cueva en la época del año que estábamos, quizás fuese por el extremo calor que hacía fuera o porque estuviésemos cerca de una salida, procuré no molestarla, ya que aunque su veneno no sea mortal para el hombre si es molesto por los dolores de cabeza y mareos  que puede producir su picadura.

Cada vez las precauciones que tomaba era mayor, además, me sentía como febril, tenía frío y los temblores de mi cuerpo no me dejaban respirar bien, llevaba ya mucho rato avanzando y no sabía ni a donde iba ni se veía claridad alguna.

El camino se ensanchaba y ya podía andar totalmente de pie, intentaba razonar que si había murciélagos y la culebra bastarda, no podía estar lejos de la salida, así que seguí adelante, ya que además la corriente de aire parecía mayor.

De pronto la cueva se ensanchó y me encontré en una especie de sala de unos veinte metros cuadrados, la examiné a la luz de la antorcha y vi además que en el techo, de unos quince metros de alto, parecía que entraba algo de claridad, me acerqué a la vertical del agujero y choqué con algo duro, miré al suelo y vi un cofre de unos sesenta por cuarenta y cuarenta centímetros de altura.

El cofre estaba cerrado con dos cerraduras, intenté abrirlo y no pude.

Entonces, con los dos palos que me quedaban intenté hacer palanca, golpeando con una piedra del suelo, después de mucho esfuerzo, logré que saltara la tapa.

Lo que vi allí fue como un relámpago, parecían monedas de oro, pero al ir a cogerlas, el suelo se abrió a mis pies y bajé resbalando, la velocidad se iba incrementando, de vez en cuando aparecían como raíces de algún árbol, no podía agarrarme a ellas, pronto el tobogán se acabó y entré en un pozo vertical muy amplio y yo, por el centro descendía vertiginosamente, gritaba, un sudor frío me recorría el cuerpo y mientras tanto intentaba contener las ganas de orinar.

De pronto todo se paró, no sentí  ni golpe ni nada, quedé extendido boca arriba, palpé mi cuerpo estaba en una superficie blanda, sudaba por todos los poros de mi piel, las ganas de orinar era casi inaguantable, tanteé a  mi alrededor y pronto vi que estaba encima de mi cama, me puse en pie, encendí la luz y salí corriendo al lavabo, llegué justo a tiempo para poder orinar, había sido una pesadilla horrible, no debí cenar plátanos de postre.

 Cuando fui a lavarme las manos abrí mi mano izquierda que estaba cerrada, medio agarrotada y de ella cayó una moneda de oro.

He vuelto a la Raña y sus alrededores infinidad de veces, busco el pozo, el camino, el bosque. Nada no lo he localizado.

FIN


miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA HERENCIA (Yo confieso)

La Herencia

Esta historia está basada en la realidad cruda y verdadera, son dos casos, una, la de un pariente lejano con mucho dinero que lo acogió una sobrina y su marido, el abuelo tuvo unos días felices, pero en el pueblo se habló muy mal de los “acogedores” cuando falleció el hombre. 
La segunda parte, se la oí a unos familiares “cabreados” que comentaban las que les había hecho el difunto abuelo con el testamento y una buena mujer, (No la trataban ellos así) cubana, de mediana edad, pero de buen ver. Por lo visto este abuelo también murió doblemente feliz.

LA HERENCIA

Pedro Fuentes

CAPITULO I

Don Cipriano cumplió los 86 años cuando por primera vez en la vida se sintió mal, algo no andaba bien en su interior, no era un hipocondriaco, vio que no tiraba, que se cansaba, le faltaba el aire y sentía una presión en el pecho, así que como vivía solo y además no tenía más familiar que un sobrino segundo, hijo de su primo hermano por parte de padre, decidió llamarlo para decirle que había avisado al portero para que por favor le acompañase a urgencias del hospital de la Seguridad Social, que no estaba muy lejos, le dijo que por favor le acompañase por lo que le dijese el médico.

El señor Cipriano era soltero, toda la vida trabajó de funcionario, persona culta y estudiosa, su único vicio era la lectura, de vez en cuando iba al cine y al bar del hogar del jubilado, allí, además de tomar un cortado, jugaba unas partidas de billar francés con algún antiguo compañero de la Delegación de Hacienda, donde trabajó toda su vida.

Leandro llegó a urgencias justo cuando la enfermera llamaba a Cipriano a la consulta.

 Quiso pasar con su tío pero la enfermera le dijo que no, que primero entraba solo y si acaso lo avisarían luego.

Dos largas horas después, por los altavoces lo llamaron, primero vio a su tío que le dijo que se encontraba bien pero cansado, luego un médico lo llamó y entraron ambos en un pequeño despacho, allí el doctor sin rodeos le dijo:

Su tío ha tenido un infarto de miocardio, esto quiere decir que por un espacio de tiempo más o menos prolongado, ha tenido falta de oxígeno por el bloqueo del flujo sanguíneo hacia el músculo cardiaco.

Esto puede ser motivado por una serie de factores, como el colesterol elevado, el consumo de bebidas alcohólicas, una vida sedentaria, o hereditario, por lo que me ha dicho su tío, es de vida ordenada, seguramente será hereditaria o que al vivir solo, la cuestión alimentaria no sea tan ordenada como él cree.

Todo esto será motivo de estudio por el especialista cardiólogo al que le voy a enviar.

 A partir de ahora, tendrá que llevar una vida más ordenada, andar mucho, no fumar, nada de beber, nada de ejercicios exagerados, una vida reposada y tranquila.

Mi tío vive solo, ¿Usted cree que sería conveniente que viviese con nosotros o en una residencia, o quizás ponerle alguien que lo cuide? Preguntó Leandro.

Una de las tres cosas antes que estar solo, pero la ideal es que viviese con su familia, no es que esté grave, pero si se volviese a repetir el ataque, si está solo podría ser fatal, contestó el doctor.

¿Cree conveniente que conozca su estado?

No tiene importancia, sí es conveniente que sepa que se tiene que cuidar, pero sin decirle la gravedad de la situación, deben decirle las cosas pero sin darle disgustos.

Le voy a hacer un informe para su médico de familia y la recomendación para que le envíen al especialista en cardiología, hasta entonces, le recetaré unas pastillas que debe tomar.

 Esta vez ha sido un ataque leve y cogido muy a tiempo, lo dejaremos en planta uno o dos días para ver cómo reacciona y luego lo enviaremos a casa, mientras tanto pueden irlo preparando.

Creo que nos lo llevaremos a casa, tengo dos habitaciones libres desde que dos de mis hijos se han casado, pero antes lo hablaré con mi mujer y mi otro hijo que ya tiene 23 años.


CAPITULO II


A los tres días, don Cipriano se fue a vivir a casa de su sobrino nieto.

 Leandro y su hijo se encargaron de recoger de su piso las cosas que el anciano quería tener a mano y la ropa que él deseaba. Como la habitación que le asignaron, era bastante amplia, le llevaron también el televisor, un equipo de música y los libros que dijo.

Leandro y su mujer, Rosario, pronto hablaron seriamente con su tío y le hicieron ver lo prudente que sería por su parte que hiciese testamento. D. Cipriano a su vez les dijo que de su pensión, aportaría una parte por sus gastos y que a la vez le buscasen una cuidadora, para cuando él quisiese salir e ir al cine, le acompañase, gasto que correría a cargo también de su pensión, que era holgada.

Todo se hizo y a la semana habían contratado por horas una señora de unos cincuenta años, de bastante buen ver y de nacionalidad cubana.

Al cabo de dos meses, en un plan urdido por los padres y el hijo, empezaron a llevarse los domingos a D. Cipriano a comer fuera, cada vez las comidas eran más apetitosas, el vino no faltaba, la copita “era digestiva”.

Las veladas cada vez se alargaban más, poco rato pasaba el buen señor en su habitación, el hijo de Leandro, de veintitrés años, Alfredo, algún día lo “sacó” a pasear y lo enredó para llevárselo a una casa de mala reputación, “ya que comprendía que el abuelo tuviese sus necesidades”

 El hombre se refugió yendo al cine con su cuidadora Edelmira e incluso en lugar de unas horas paseaba cada tarde, iban al bar a tomar unas infusiones, fueron al teatro, pero cuando llegaba a casa, por las noches, las cenas eran opíparas y cada vez más tarde, luego los fines de semana había marcha para comidas y cenas en restaurantes, después, cada dos viernes por la noche el niño de la casa se lo llevaba a los lupanares.


CAPITULO III


A los siete meses, el abuelo falleció, tuvo un fuerte refriado y la lesión cardiaca, agravada por la subida de colesterol y la bajada de defensas, le jugaron una mala pasada.

De hecho fue una muerte bastante digna.

A la mañana siguiente su sobrina, cuando le llevó el desayuno, lo encontró muerto en la cama.

Después del entierro, a los quince días de llorar al abuelo amargamente, llamaron primero a Edelmira y le dijeron que como no la iban a necesitar más, en agradecimiento le pagarían una mensualidad como gratificación.

Edelmira marchó con lágrimas en los ojos.

Luego fueron el matrimonio y los tres hijos a la Notaría para declararse herederos legítimos.

El notario los recibió, les ofreció asiento y les dijo:

Señores, siento comunicarles que el Sr. Cipriano, en vida hizo donación de todos sus bienes pasados y futuros a doña Edelmira Cienfuegos de nacionalidad cubana y me entregó una carta, en sobre cerrado para que se la entregase a ustedes cuando reclamasen la herencia, aquí está, debidamente cerrada y lacrada, si me firman el recibí, con mucho gusto se la entregaré.

Firmaron y el notario les dijo: 
.
Les dejo solos en esta salita, por si quieren leer la carta en familia y en privado.

Leandro se sacó del bolsillo las gafas de cerca, rasgó el sobre, carraspeó un par de veces y leyó.
Mis queridísimos sobrinos:

Solamente cuatro letras para deciros que desde el primer momento me di cuenta de vuestras intenciones, me parece mal dejaros sin un céntimo ya que habéis hecho que mis últimos días estuviesen llenos de buena vida.

Cuando me di cuenta de todo, con Edelmira fui al médico, tomaba la medicación que me dabais para el corazón y las que me mandó el medico para el colesterol y para contrarrestar la “mala vida” que me hicisteis pasar, Edelmira me amó y cuidó como nadie lo había hecho,  hasta tal punto, que a ti, Alfredito, te diré que cuando me llevaste a aquellos sitios, yo pagaba otra vez a las señoritas para no hacer nada pero que luego te dijeran a ti lo bien que había ido todo, y lo hacía por respeto y amor a Edelmira, así que decidí haceros esta mala pasada.

Otra noticia, Edelmira y yo nos casamos.

Todavía estoy oyendo cuando me dijo “Sí, mi amol”.


FIN