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miércoles, 29 de marzo de 2017

LUCIA (capítulo I)



LUCÍA 

Pedro Fuentes


Capítulo  I

Hoy comienzo otro relato. se llama Lucía, a todos los que me seguís os sonará el nombre, si, Lucía es "La muchacha de una sola pierna", este relato comienza antes, cuando Lucía era una jovencita de 19 años y sigue..... pero no digo nada más para no quitarle el misterio a los lectores. A los que les gustó en su día el relato de "La muchacha..........." les gustará éste y a los que no les gustó, quizás le enganche este otro.


Y ahora.........................


LUCIA
Pedro Fuentes
Capítulo I


Cuando tenía 19 años, la vida de Lucía en el pueblo era normal y corriente, Su madre, viuda, trabajaba haciendo limpieza en la casa de unos señores de allí, luego cuando llegaba a casa hacía todo lo que podía, cuidaba de un pequeño huerto, unas gallinas y conejos que tenían; con su trabajo y la venta de huevos y conejos, salían a delante, quería que su hija estudiase algo, no era buena estudiante, en realidad, era bastante lamentable, era una soñadora enamoradiza, así que optó por lo más socorrido entonces, en el pueblo de al lado, a 10 kilómetros mayor que el de ellas; capital de la comarca y con una cierta entidad, había más oportunidades, así que Lucía iba cada tarde en el autobús a una academia donde estudiaba para secretaría, en aquellos tiempos, 1966, aquello era algo de cultura, taquigrafía, mecanografía, redacción, dictado, algo de contabilidad y alguna materia más, era fácil entonces encontrar un trabajo en una oficina para hacer un poco de todo. Había estudiado a duras penas el bachiller elemental y aquello parecía que no le costaría mucho más esfuerzo.
Por las mañanas, cuando se levantaba, si madre se había ido a hacer la limpieza a la casa de unos señores importantes, pero antes de salir, avisaba a su hija cada día.
Lucía, levántate ya, que es hora, barre la casa y tendrías que fregar por lo menos la cocina y el comedor, luego échale pienso a las gallinas y a los conejos, mira que no queden huevos en el gallinero, la “Rojilla” ha cogido la manía de picar los huevos, debe tener necesidad de cal.
Hazlo rápido y luego te pones a estudiar y a hacer los ejercicios. He dejado preparado todo en la cocina para hacer el primer plato, judías y patatas, a la una las pones a la lumbre para que cuando yo vuelva, podamos comer y te marches a Villaluenga más descansada.
Lucía aprovechaba para quedarse en la cama un rato, haciendo volar la imaginación. Su imaginación se llamaba Fernando, era un chico del pueblo y coincidían normalmente en el autobús cada tarde al ir a Villaluenga, habían tardado en hablarse más de dos semanas, tuvo que coincidir que el autobús pinchase para que al bajar mientras esperaban que arreglasen la rueda, chocasen el uno contra el otro al llegar a la puerta. Desde entonces, viajaban juntos y charlaban de sus cosas, él estaba preparando oposiciones para Correos muy cerca de donde ella iba a clase.
Al fin se levantó e hizo los encargos de su madre y luego se puso a practicar la mecanografía con una vieja máquina Olivetti que había conseguido de segunda mano, cuando se cansó, estuvo preparando las lecciones que tocaban de Contabilidad y luego los ejercicios de taquigrafía, su gran fracaso.
Cuando llegó su madre, comieron y Lucía se preparó para irse a Villaluenga, cuando llegó a la parada, estaba ya Fernando esperando, llegó el autobús y subieron ambos, se sentaron de la mitad para atrás y empezaron a charlar, luego Fernando alegando que llevaba retraso en Geografía, se puso a leer el libro correspondiente.
Lucía no era una belleza, tampoco era fea, tenía un encanto especial, era lo que se dice resultona, no era simpática, tenia unas facciones agradables pero un poco seca, los chico no se acercaban mucho a ella, temían que les fuera a dar algún corte, luego, cuando se le conocía era incluso simpática dicharachera, pero la primera impresión era fría y distante.
Fernando, un muchacho tímido y apocado, no tenía ninguna seguridad de que si le preguntaba o decía algo, le fuese a responder con algún corte o desprecio, por lo que medía muy bien las palabras que le dirigía.
Si no te importa, ¿te dejo el libro y me preguntas las poblaciones de la Provincia? Dijo Fernando poniéndose colorado.
Si, dámelo, ¿Cómo me las dirás? ¿Por orden alfabético?
No, como están en el libro, por importancia. Contestó Fernando.
Al darle el libro, sin ninguna intención la mano de Lucía se posó encima de la de Fernando, Los dos se miraron durante un breve espacio de tiempo y él después se puso rojo como un tomate, Lucía sintió el calor de Fernando y un destello iluminó sus ojos, entonces supo que Fernando estaba a su merced.
¡Huy!, perdona, dijo Lucia cogiendo el libro por la página señalada por él.
Fernando carraspeó y fue diciendo las poblaciones con seguridad.
Lucía sonrió y pensó, es la lección que mejor sabe, me ha querido impresionar y a continuación dijo: ¿Te tienes que saber las del resto e las provincias de Castilla la Nueva? Si quieres te las pregunto también.
No, esas todavía no, pero con el tiempo sí, por lo menos las más importantes, por ahora solamente la provincia.
¿A qué hora sales hoy?
A las nueve, contestó ella.
Yo salgo a las ocho, si no te importa te esperaré, además es muy justo para coger el autobús anterior.
De acuerdo, dijo Lucía cuando empezaban a levantarse para bajar en Villaluenga.
Salió Fernando que iba sentado por el lado del pasillo y después, detrás salió Lucía, ésta se hizo la encontradiza y chocó con la espalda de Fernando, el cual sintió las manos en su cintura y un breve roce con sus pechos.
Cuando llegaron a la calle, el muchacho iba rojo como un tomate, Lucía lo miró a los ojos y empeoró la situación, sonrió y le dijo:
Te veo a las 9 aquí, hasta luego.
Fernando balbuceo algo que quizás pudo parecer un: De acuerdo, o un hasta luego o un quizás, o una negación, pero en su cara se adivinó un si como una casa.
En clase le preguntaron las poblaciones a Fernando y no supo decir sino tres de un tirón, pasó una tarde lamentable, no logró reponerse, aquellos roces le habían marcado para toda la vida, en aquellos años, sin ninguna experiencia y con la timidez del muchacho, las cuatro horas que tuvo que esperar a Lucía fueron un martirio chino.
Saliendo de la academia, a veces se iba a un bar al lado de la academia a tomarse una caña o un vino con un compañero, aquella tarde se fue directamente a la parada del autobús y allí se fumó siete “Antillanas sin filtro”, luego, a las nueve menos diez, cuando ya estaba a punto de llegar la joven se puso en la boca un caramelo de menta, entonces vio como se acercaba ella, con una compañera, las dos iban fumando sendos “Bisontes”.
Llegó el autobús y subieron los dos, se sentaron a la mitad del vehículo, donde estaban las primeras plazas vacías.
Lucía, dijo Fernando, yo quería decirte algo, pero no sé si tú…..bueno, es que…….el domingo, por la tarde…. En el Casino hacen baile, yo no sé bailar……, pero si quieres, si te apetece…..¿Querrías ir conmigo? Vamos, si no tienes otros compromisos y te dejan ir al baile…..
Ya te lo diré el viernes, cuando nos veamos aquí, en el autobús, se lo tengo que preguntar a mi madre. Contestó Lucía, sabiendo perfectamente que si le dejaría su madre, aunque tendría que ir acompañada con su prima Rosario, como otras veces.
El viernes, cuando se vieron en el autobús, lo primero que hizo Fernando fue decirle a Lucía:
¿Qué?
¿Que de qué? Contestó ella sabiendo perfectamente lo que decía él.
Que si vendrás al baile.
Si, me ha dicho mi madre que si, pero vendrá conmigo mi prima Rosario, la de casa “el botijero”. Y que a las nueve y media tengo que estar en casa.
Hoy no vuelvo en el autobús, dijo él, salimos más tarde y un compañero al que viene su padre a buscar, me llevará.
Yo salgo a las ocho y tendré que esperar, pero los días que salgo antes, voy con la amiga que me acompañó en otro día a tomar un refresco.
Bueno, si mañana no nos vemos, te espero el domingo a las seis en la puerta del casino.
Vale, hasta el domingo, contestó Lucía.
Cuando salió de clase aquel día, a las siete, se fue con su amiga Rosa hasta el bar de enfrente de la parada del autobús, se tomaron dos coca cola y charlaron un rato.
¿Has quedado con Fernando para el domingo? Dijo Rosa
Si, pero he quedado con mi prima Rosario para que nos acompañe, así si la cosa no me atrae, tendré una excusa para marchar, es tan parado el pobre, figúrate que se pone colorado cuando me va a hablar y si le toco la mano, le entra un temblequeo que ya.
Entonces ¿Por qué has quedado?
Me daba pena, pero tampoco yo se por qué he quedado con él.
Si, pero si le das carrete, lo mismo no te lo quitas de encima, estos chicos le dices algo y tienes un moscardón para toda la vida.
Por eso me llevo a mi prima, lo mismo me lo quita de encima, como ya sabes, está loca por pillar unos pantalones, lo mismo me lo quita y lo devora.
A las dos muchachas se les escapó una carcajada que hizo que todo el bar las mirase.
Cuando eran las ocho menos cuarto, decidieron dejar la conversación y marchar cada una por su lado, Lucía a la parada del autobús y Rosa para su casa.
Hasta el lunes, Lucía, ya me contarás.
Hasta el lunes, Rosa.
En la parada del autobús no había nadie todavía, así que Lucía se apoyó en la barra de la parada y se dedicó a ver los pocos coches que pasaban.
Un Seat 600 color azul oscuro, paró en la parada, el conductor bajó la ventanilla y sacó la cabeza por ella.
¡Lucía!, ¡Lucía!
La muchacha, cuando lo vio dijo ¡Ah! Es usted.
No me llames de usted, si acaso Antonio. ¿Vas para el pueblo?
Si, estoy esperando el autobús, dijo a Antonio, el hijo de la casa donde su madre iba a limpiar.
¡Sube! Yo también voy para allí. Dijo mientras le señalaba la puerta del lado del conductor.
Lucía subió al coche.
Antes de poner el coche en marcha, Antonio sacó un paquete de Marlboro y le ofreció uno a Lucía, ésta lo cogió y esperó a que Antonio le diese fuego, una vez encendidos los cigarrillos Antonio inició la marcha, cuando ya salían del pueblo, él le dijo a Lucía:
¿Irás el domingo al baile?
No lo sé, todavía no he decidido nada, es posible que sí.
¿Quieres que vayamos juntos?
No, ya sabes como son en el pueblo, si te ven entrar juntos ya empieza la gente a pensar lo que no es.
Yo por eso no suelo ir, prefiero coger el coche e irme a otros pueblos de los alrededores, pero el domingo he quedado con unos amigos en el casino, eso no quiere decir que no nos marchemos luego a otro sitio. ¿Vienes todos los días a Villaluenga?
Si, por lo general vengo todas las tardes de lunes a viernes, estoy estudiando secretariado y voy a una academia que hay cerca de la parada del autobús donde me has recogido.
Entre silencios y charlas banales llegaron al pueblo, unas cuatro casas antes de la suya, Lucía dijo:
¡Para! Me bajaré aquí.
¿No vas hasta tu casa?
Si, pero prefiero bajar aquí. Que ya sabes lo que le gusta a las gentes hablar.
Antonio detuvo el 600 y dijo:

Bueno, hasta el domingo si vas al baile.


1 comentario:

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