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miércoles, 17 de mayo de 2017

LUCÍA (Capítulo VIII)



Una semana más con la historia de Lúcía, una muchacha que tiene que adaptarse a una vida detrás de una barra de alterne al ser acusada en su pueblo sin razón al huir de un acosador.



Y ahora................



LUCÍA

Pedro Fuentes

Capítulo  VIII


Genaro quedó con las dos mujeres para llevarlas a comer, fueron por la cuesta de Santo Domingo, esquina a Fomento allí, en un restaurante gallego, Genaro tenía mesa reservada,  comieron e hicieron la sobremesa, Engracia aprovechó por preguntarle si
sabía algo del pueblo, le contestó que ni sabía ni quería saber, que cuando se tuvo que ir, el pueblo había muerto para él.

Lucía había hablado con Genaro para acercarse al Corte Inglés porque quería comprarle ropa a su madre y yendo con él no podría “pasar” como hacía normalmente.

Para terminar la tarde fueron al teatro. Luego volvieron a  casa.

Engracia parecía algo más animada, ya que según le parecía a ella, eso de ser la encargada le daba más honorabilidad, pero seguía en sus trece.

Cuando llegaron a Madrid, Engracia había llamado a Rosario, la prima de Lucía, más que nada por saber qué se decía en el pueblo y no perder el contacto con la familia, no le dijo nada a su hija y menos después de lo que el notario  había encargado que dijesen gentes de su entorno y ya no volvió a saber nada del pueblo, un día le insinuó a su hija por qué no llamaba a su prima, habían sido muy amigas y además Rosario siempre decía que se quería ir del pueblo aunque fuese a servir. 

Ahora les haría compañía a las dos.

Lucía le contestó que ni hablar y que lo que tenía que hacer era buscarse alguna amistad entre las vecinas o conocidas de las tiendas donde compraba.

Así fue pasando el tiempo, cuando operaron a Pepe, ella ya sabía lo que tenía que hacer en el bar, además, sus compañeras se lo tomaron a bien, ya que Lucía era una chica seria y responsable y les ayudaba en todo, les preparaba las bebidas, cobraba las consumiciones y si algún cliente se salía de tono, ella sabía en qué momento intervenir haciéndole un quite y yendo a hablar con el cliente. ella  no se dejaba pisar el terreno  y ahí se acababa todo.

Genaro pasaba casi cada día por allí, sobre todo a la hora de cerrar, los sábados hacía casi todo el turno y cuando cerraban, acompañaba a su sobrina a casa.

Cuando Pepe salió del hospital y empezó a salir a andar un poco, aprovechaba para pasar por el bar un rato, pero iba más bien como cliente, pero las chicas agradecían su presencia, Pepe tenía un don de gentes innato, él siempre lo decía, para estar en una barra, hay que ser bastante psicólogo y para estar como ellas, había que saber escuchar a los clientes y a la vez aconsejar, porque la mayoría de los hombres iban allí por dos razones, una porque no eran felices porque se encontraban solos y en su casa no les escuchaban y la otra porque pensaban que si iban dando lástima, allí les compadecerían y a lo mejor, engañaban a alguna.

Al cabo de tres meses, le dieron el alta a Pepe, llegó algo más grueso, aunque seguía siendo muy delgado pero más moreno, las salidas a pasear y no pasarse las tardes encerrado en el bar le habían sentado bien.

Todo era normal ya, Pepe parecía más cansado, nunca dijo de qué lo operaron, pero de vez en cuando se sentaba en un taburete que había detrás de la barra, al lado de la caja, él decía que tantos días de inactividad, le habían pillado desentrenado.

De todas formas, Lucía estaba siempre pendiente de aliviarle el trabajo.

Las tres niñas como él las llamaba, también colaboraban en su bienestar y él no dejaba de protestar, diciendo que le estaban acostumbrando mal.

Genaro, ahora que estaba Pepe allí, iba menos, pero seguía pasando muchas horas.

Durante la convalecencia de Pepe, lo había invitado junto con Genaro a comer algún domingo en su casa, cosa que también agradecía Engracia, además, algún domingo que se quedaron a comer en casa de Engracia, luego los tres, ellos dos y ella se iban de paseo, Lucía se quedaba en casa leyendo, ya que era el único día que cerraban el bar.

La vida de Pepe era un secreto total, vivía solo en un piso en el mismo edificio que una hermana mayor que era quien se había ocupado de él mientras estaba en el pos operatorio.

Rumores decía que él y Genaro, Geny, como él lo llamaba; se entendían.

Genaro se había ido del pueblo hacía ya muchísimos años porque lo acusaron de homosexual, de cierto no se sabía nada, pero en aquellos tiempos, había en muchos pueblos un fariseísmo, tremendo y según a quién le cayeras mal, te podían hundir para siempre, Genaro dio la callada por respuesta y marchó a Madrid donde nadie le conocía y nadie pudo decir nada de él, había hecho amistad con Pepe, pero de ninguno de los dos se supo jamás que llevaran una doble vida y que no fuesen sino buenos amigos, aunque a nadie le importaba nada ni tenían por qué meterse en sus vidas.

El tiempo fue transcurriendo rutinariamente, Pepe, Genaro y Engracia estrecharon su amistad y rara era la semana, el domingo, que no salían al cine, al teatro o a merendar.

Uno de los sitios predilectos era una churrería en la Glorieta de Iglesias, allí se reunían personas mayores, muchas de ellas, eran antiguas vedettes y se les conocía porque gastaban más en coloretes y maquillajes que en comer, normalmente iban acompañadas de galanes otoñales.

También se llenaba aquella churrería de estudiantes que pasaban horas y horas estudiando ante dos cafés.

Lucía aprovechaba  para quedarse en casa leyendo o preparándose ropa, alguna vez, si los tres amigos iban al cine y le gustaba la película que iban a ver, se marchaba con ellos, pero en cuanto acababa, volvía a casa a sus cosas.
   

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