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miércoles, 24 de mayo de 2017

LUCIA (Capítulo IX)

Nuevo capítulo de este relato de la historia de Lucía, conocida por "La muchacha de una sola pierna"



LUCÍA


Pedro Fuentes


Capítulo  IX





Aquella tarde iba a ser otra más, era viernes, pero últimamente los viernes, se animaba más, estando a veces abierto hasta la una o las dos, el “Ven a verme” habían puesto un rótulo nuevo, máquinas del “millón” nuevas y el tocadiscos era un modelo lleno de luces de colores, era la imitación de un aparato de radio tipo película americana, la música, la de siempre, algo de los cincuenta, todo lo lento de los sesenta y también de actualidad, principio de los setenta, italiana, francesa y bailables suaves.

Eran sobre las doce y media cuando se abrió la puerta, entre el humo del interior y la luz del cartel con tonos rojos y lilas, entró un joven con ojos románticos como dijo Lucía.

Sobre las doce y media, Ricardo, cuando iba andando, camino de su casa, se dio cuenta de que no llevaba tabaco, al llegar al cruce de Donoso Cortés con Magallanes, vio las luces de neón de un club, como era lo único que había abierto, se dirigió a él, empujó la puerta y entró, era un lugar semi oscuro, el humo del tabaco lo invadía todo, una barra a la izquierda, estaba ocupada por una docena de hombres jóvenes, la media de edad no llegaba a los treinta años, a la derecha había tres maquinas, una la primera de discos, en la que sonaba una canción de Martinha, con aquella voz triste que la caracterizaba, “hoy daría yo la vida por no verte más…” las otras tres máquinas eran de “bolas” y varios muchachos, de unos veinte y pocos años jugaban en ellas, en la barra, en el interior se encontraban cuatro chicas, tres jovencitas muy escotadas  que jugaban a los dados o charlaban con clientes, un hombre delgado, moreno con el pelo rizado y la palidez característica de las personas que no ven el sol y se mueven en lugares oscuros y una chica, de edad indefinida, entre unos veinte y  veinticinco años, no era guapa, pero si resultona, iba vestida con una falda de cuero negro y una blusa negra con hilos plateados, con escote de pico por donde más que verse se adivinaban unos pechos de mediano tamaño pero bien puestos.

Se acercó a la barra y Lucía le dijo:

¿Qué quieres tomar?

Primero una cosa, dijo Ricardo:

¿Tienes tabaco negro?

Si, Ducados

Dame dos paquetes y ponme un Whisky Dic sin hielo, en vaso largo.

Lucía se dio la vuelta, cogió el tabaco, un vaso largo y una botella. Puso todo en la barra menos la botella, la cual destapó y sirvió el líquido, luego trajo una cubitera y con unas pinzas hielo le dijo:

¿Quieres hielo?

Si, tres cubitos.

¿Siempre pides el whisky así?

Si, es la forma de que el agua no ahogue la bebida.

¿Siempre hace tanto humo aquí?

No, a veces no. Pepe ¿Por qué no das al aire para que ventile?

Pepe no dijo nada, acudió solícito a la máquina del aire y la puso en marcha
.
Ricardo sacó un paquete de Ducados empezado y le ofreció a Lucía.

No gracias, no fumo negro y rubio muy poco. Pero me extraña que teniendo un paquete casi recién empezado entraras a comprar tabaco.

Primero una pregunta que ya tenía que haber hecho antes ¿Quieres tomar algo?

No, gracias, pero es que si tomo algo, al cabo de tantas horas terminas llena de líquido.

Bueno, pero aquí estáis para hacer consumir y si no lo hacéis, el jefe te mira de mala manera.

No es mi caso, pero explícame lo del tabaco.

Vivo aquí cerca, pero no tenía sino el paquete empezado, no suelo levantarme a fumar, pero soy un fumador impulsivo y solo en pensar que me puedo quedar sin tabaco me pone nervioso, así que antes de llegar a casa necesitaba comprar, no sabía que estabais aquí  y no hay nada abierto. ¿Lleváis poco tiempo?

No, que va, que yo sepa, lleva cuatro años, pero hace poco que se cambió el luminoso y se pintó. Será que no trasnochas mucho.

No lo que pasa es que yo vivo en Galileo y suelo aparcar por allí y hoy no traía coche y he venido en el 61   y me he bajado en Quevedo por lo del tabaco, pensaba entrar en “Las Palmeras”  pero estaba cerrado y además me parece que hace tiempo de eso. Luego he visto el cartel luminoso vuestro y he entrado, No conocía este sitio, pero me gusta y además me agrada charlar contigo aunque sea una conversación  banal, me fastidia que se acerquen a mi por sacarme una consumición o tener que hablar de mis miserias o que me cuenten la vida de alguien, no estoy solo ni me siento solo, tengo mis problemas como cada hijo de vecino o más, pero no voy por ahí vendiendo la historia de mi vida.

Tienes razón, no hay nada que me fastidie más que esos clientes que quieren que los compadezcas aunque sea mentira.

Yo trabajo aquí porque conocía a los dueños y no tenía trabajo, pero estoy muy bien aquí y muy bien considerada, soy una especie de encargada y además, los clientes fijos creen que me conocen y piensan que no se me pueden acercar, por lo que me dejan tranquila y saben que conmigo no tienen nada que hacer. Además, creo conocer a las personas y los calo enseguida.

Cuando te vi entrar supe que no eras cliente de estos sitios y además pensé: Tiene ojos de enamorado. No quiere decir que estés enamorado sino que eres un romántico y de una sola mujer.

Si entro en sitios así y de cualquier otro tipo, no creo que haya sitios ni buenos ni malos, somos nosotros los que los hacemos buenos o malos, me gusta la soledad y a veces más vale estar solo que mal acompañado, ves, hoy no echo de menos la soledad porque considero que estoy muy bien en tu compañía.

Muchas veces, porque he salido con amigos, hemos terminado en sitios de compañías y mientras ellos han ido con alguna, yo me he quedado en la barra, porque no necesito esas compañías, alguno de esos amigos por llamarlos de alguna forma, han pensado y murmurado que no soy un hombre normal, pero yo pienso que los no normales son ellos, pero por eso no voy pregonándolo por ahí.

Anda, ponme otro medio y te vuelvo a repetir si quieres algo.

Si, te voy a aceptar una limonada y le voy a pedir un Marlboro a Pepe.

Preparó el whisky en la barra y llevó de nuevo la cubitera a parte, junto con la bebida de ella, luego fue hasta Pepe y le pidió un cigarrillo que ella esperó a que se lo encendiese Ricardo.

Pepe y ella hablaron un momento, le dijo algo y ella se volvió a la barra con una sonrisa.
Le he preguntado a Pepe por “Las Palmeras”, parece ser que hubo una pelea con muerte y la Dirección General de Seguridad, hizo cerrar el local.

Había pasado ya una hora y el bar se empezaba a vaciar, Ricardo pago las consumiciones y el tabaco y dijo:

Me llamo Ricardo y nos volveremos a ver, me gusta charlar contigo si no te importa.

Yo me llamo Lucía y me ha encantado conocerte, nos veremos. Buenas noches.

Ricardo se dio la vuelta para ir a la salida y notó que diez ojos le seguían, Pepe y Lucía se miraron y él le hizo con la mano derecha la señal de OK Lucía le guiñó el ojo izquierdo.




miércoles, 17 de mayo de 2017

LUCÍA (Capítulo VIII)



Una semana más con la historia de Lúcía, una muchacha que tiene que adaptarse a una vida detrás de una barra de alterne al ser acusada en su pueblo sin razón al huir de un acosador.



Y ahora................



LUCÍA

Pedro Fuentes

Capítulo  VIII


Genaro quedó con las dos mujeres para llevarlas a comer, fueron por la cuesta de Santo Domingo, esquina a Fomento allí, en un restaurante gallego, Genaro tenía mesa reservada,  comieron e hicieron la sobremesa, Engracia aprovechó por preguntarle si
sabía algo del pueblo, le contestó que ni sabía ni quería saber, que cuando se tuvo que ir, el pueblo había muerto para él.

Lucía había hablado con Genaro para acercarse al Corte Inglés porque quería comprarle ropa a su madre y yendo con él no podría “pasar” como hacía normalmente.

Para terminar la tarde fueron al teatro. Luego volvieron a  casa.

Engracia parecía algo más animada, ya que según le parecía a ella, eso de ser la encargada le daba más honorabilidad, pero seguía en sus trece.

Cuando llegaron a Madrid, Engracia había llamado a Rosario, la prima de Lucía, más que nada por saber qué se decía en el pueblo y no perder el contacto con la familia, no le dijo nada a su hija y menos después de lo que el notario  había encargado que dijesen gentes de su entorno y ya no volvió a saber nada del pueblo, un día le insinuó a su hija por qué no llamaba a su prima, habían sido muy amigas y además Rosario siempre decía que se quería ir del pueblo aunque fuese a servir. 

Ahora les haría compañía a las dos.

Lucía le contestó que ni hablar y que lo que tenía que hacer era buscarse alguna amistad entre las vecinas o conocidas de las tiendas donde compraba.

Así fue pasando el tiempo, cuando operaron a Pepe, ella ya sabía lo que tenía que hacer en el bar, además, sus compañeras se lo tomaron a bien, ya que Lucía era una chica seria y responsable y les ayudaba en todo, les preparaba las bebidas, cobraba las consumiciones y si algún cliente se salía de tono, ella sabía en qué momento intervenir haciéndole un quite y yendo a hablar con el cliente. ella  no se dejaba pisar el terreno  y ahí se acababa todo.

Genaro pasaba casi cada día por allí, sobre todo a la hora de cerrar, los sábados hacía casi todo el turno y cuando cerraban, acompañaba a su sobrina a casa.

Cuando Pepe salió del hospital y empezó a salir a andar un poco, aprovechaba para pasar por el bar un rato, pero iba más bien como cliente, pero las chicas agradecían su presencia, Pepe tenía un don de gentes innato, él siempre lo decía, para estar en una barra, hay que ser bastante psicólogo y para estar como ellas, había que saber escuchar a los clientes y a la vez aconsejar, porque la mayoría de los hombres iban allí por dos razones, una porque no eran felices porque se encontraban solos y en su casa no les escuchaban y la otra porque pensaban que si iban dando lástima, allí les compadecerían y a lo mejor, engañaban a alguna.

Al cabo de tres meses, le dieron el alta a Pepe, llegó algo más grueso, aunque seguía siendo muy delgado pero más moreno, las salidas a pasear y no pasarse las tardes encerrado en el bar le habían sentado bien.

Todo era normal ya, Pepe parecía más cansado, nunca dijo de qué lo operaron, pero de vez en cuando se sentaba en un taburete que había detrás de la barra, al lado de la caja, él decía que tantos días de inactividad, le habían pillado desentrenado.

De todas formas, Lucía estaba siempre pendiente de aliviarle el trabajo.

Las tres niñas como él las llamaba, también colaboraban en su bienestar y él no dejaba de protestar, diciendo que le estaban acostumbrando mal.

Genaro, ahora que estaba Pepe allí, iba menos, pero seguía pasando muchas horas.

Durante la convalecencia de Pepe, lo había invitado junto con Genaro a comer algún domingo en su casa, cosa que también agradecía Engracia, además, algún domingo que se quedaron a comer en casa de Engracia, luego los tres, ellos dos y ella se iban de paseo, Lucía se quedaba en casa leyendo, ya que era el único día que cerraban el bar.

La vida de Pepe era un secreto total, vivía solo en un piso en el mismo edificio que una hermana mayor que era quien se había ocupado de él mientras estaba en el pos operatorio.

Rumores decía que él y Genaro, Geny, como él lo llamaba; se entendían.

Genaro se había ido del pueblo hacía ya muchísimos años porque lo acusaron de homosexual, de cierto no se sabía nada, pero en aquellos tiempos, había en muchos pueblos un fariseísmo, tremendo y según a quién le cayeras mal, te podían hundir para siempre, Genaro dio la callada por respuesta y marchó a Madrid donde nadie le conocía y nadie pudo decir nada de él, había hecho amistad con Pepe, pero de ninguno de los dos se supo jamás que llevaran una doble vida y que no fuesen sino buenos amigos, aunque a nadie le importaba nada ni tenían por qué meterse en sus vidas.

El tiempo fue transcurriendo rutinariamente, Pepe, Genaro y Engracia estrecharon su amistad y rara era la semana, el domingo, que no salían al cine, al teatro o a merendar.

Uno de los sitios predilectos era una churrería en la Glorieta de Iglesias, allí se reunían personas mayores, muchas de ellas, eran antiguas vedettes y se les conocía porque gastaban más en coloretes y maquillajes que en comer, normalmente iban acompañadas de galanes otoñales.

También se llenaba aquella churrería de estudiantes que pasaban horas y horas estudiando ante dos cafés.

Lucía aprovechaba  para quedarse en casa leyendo o preparándose ropa, alguna vez, si los tres amigos iban al cine y le gustaba la película que iban a ver, se marchaba con ellos, pero en cuanto acababa, volvía a casa a sus cosas.
   

miércoles, 10 de mayo de 2017

LUCÍA (Capítulo VII)

Nuevo capítulo de LUCÍA, el bar "Ven a verme" sigue funcionando, hay novedades, cada día que pasa hay alguna novedad que nos va descubriendo la vida de Lucía, esta muchacha a la que la vida le ha llevado a vivir en el Madrid de principio de los años setenta, lejos totalmente de su ambiente y a la que la gran ciudad trata de engullir.

Y ahora..................


LUCÍA


Pedro Fuentes


Capítulo  VII





La vida de Lucía transcurría entre su casa y el bar, alguna vez, chicos ajenos al bar, intentaron aproximarse a ella, pero cuando conocían su trabajo, había dos reacciones, una huir de ella como si fuese una apestada y la otra confundirla con una chica fácil, ya que llegaban a la conclusión de que el trabajo que hacía estaba muy cerca de la prostitución o ser una chica dada a hacer “favores”.

En el bar, dos de las tres chicas que hay ahora, ya que al poco tiempo de casarse Lola, contrataron a Rita, no tenían ningún inconveniente, si conocían a algún cliente que les agradase, en irse con ellos después del horario del bar. La tercera tenía un “novio” al que ella mantenía. En este caso, para evitar injerencias y malos royos, Pepe le había comentado a la chica que no era bueno que entrase en el bar, ya que su novia no rendía lo que debía y  además a cada momento estaban los dos de cháchara.

Lucía era la única que no mantenía ninguna relación estable ni se le conocía ningún cliente que charlase con ella más de lo estrictamente necesario, los trataba correctamente y con una sonrisa en la boca pero nada más, incluso  si podía evitarlo, no dejaba que la invitasen a nada, no le molestaba esa actitud a las tres compañeras, porque aunque luego las comisiones se repartían entre todos, a la hora de mayor trabajo, las ayudaba en el trabajo ingrato de preparar las bebidas y retirar los servicios de encima de la barra y manejar el lava vajillas.

Lucía, en ese afán de mantenerse libre del asedio de los clientes y no buscar en ningún momento nada que les pudiese hacer creer que algún ser le pudiese agradar sexualmente, algunos clientes habituales y alguna de las chicas, la habían rebautizado como la “muchacha de una sola pierna”

Un  día, apareció por allí Genaro y en un aparte, al fondo de la barra y aprovechando que siendo la primera hora, todavía no había sino cuatro clientes, llamó a Lucía y a Pepe.
Lucía, no creo que sepas y por eso te lo digo ahora, que yo soy uno de los dos propietarios de este local.

Tú te viniste con tu madre a Madrid por lo que os pasó con el hijo del notario y él mismo, yo me tuve que venir antes, por un escándalo que hubo porque yo era homosexual, la familia lo ocultó y tu padre, mi hermano, también me dio de lado. Tú has encajado aquí bien, no te has metido dentro del ambiente pero has sabido estar en tu lugar, yo como copropietario y como amigo de Pepe, siempre he ejercido de protector contigo, sin perder ni un ápice de saber qué hacías y qué no, así que aunque no eres la más antigua, aprovechando que a Pepe lo tienen que operar y estará por lo menos tres meses de baja, te vamos a nombrar encargada, cuando vuelva Pepe, seguirás de encargada de las muchachas mientras él se dedicará a lo mismo que ahora pero más descargado de trabajo, mientras Pepe no está, yo tomaré el mando y en principio vendré cada día hasta que tú tomes confianza y luego espaciaré mis visitas. Ni que decir tiene que te aumentaremos el sueldo.

Cuando terminó la charla, le dijo a Pepe, vete tranquilo que verás como todo, tu operación y el bar irán bien.

Cuando Pepe marchó hacia el otro lado del local, le dijo a Lucía:

No te vayas, que quiero hablar un poco contigo. No sé si tu madre te ha dicho algo, pero voy muchas tardes a visitarla, quisiera que de vez en cuando saliese conmigo a dar una vuelta, o ir al cine, o simplemente a tomar un chocolate con churros, pero se aferra a su casa y sufre porque te ve que no sales con gente de tu edad, que por las mañanas te levantas tarde y has dejado también las clases y el día de fiesta que tienes sales con ella simplemente. Tu madre echa de menos el pueblo y aquí, hasta tiene miedo de salir a la calle, el próximo día de fiesta, pasado mañana, dile que os voy a ir a buscar a las dos y vamos a salir por ahí.

Lucía le dijo a Genaro:

¿A partir de cuando tengo que ejercer de encargada y cual va a ser mi función?

Bueno, la función ya la sabes, en principio lo que haces ahora, es decir, apoyar a las muchachas, pendiente de si tienen algún problema con los clientes, vigilar que todo lo que se consume se cobre, que ningún cliente se pueda propasar con alguna de las niñas, hacer la caja y llevar control de las consumiciones extras de las invitaciones a las niñas, hacer  las listas de pedidos de bebidas y tabacos y recaudar la máquina de discos y la del “millón”, además de comprobar y dar los permisos justificados de las niñas, etc.

Vas a empezar la semana que viene, estarás toda esa semana con Pepe y a la siguiente él ya no vendrá y va a estar unos tres meses fuera, aunque supongo que después de tres semanas, aunque sea a darse una vuelta, pasará bastante rato por aquí, además, los sábados estaré yo por aquí y así te podré llevar a casa.

Bueno, espero no defraudaros.

Cuando aquella noche Lucía llegó a casa, lo primero que hizo fue decirle a su madre lo del cambio de categoría y el aumento de sueldo, aunque esto último todavía no lo sabía pero que suponía sería sustancial, ya que en ningún momento les habían escatimado nada ni a ellas ni al resto de las chicas.

Luego le contó a su madre que al día siguiente vendría Genaro para irse los tres a celebrarlo.

Su madre se alegró pero en el fondo a ella no le gustaba el trabajo de su hija, sabía que no era lo que parecía eso de estar en un bar de “alterne”, su hija estaba contenta allí, pero ella no perdía la esperanza de que llevase una vida normal, con un empleo normal y con un novio y luego un marido y que le dieran nietos. Además se habían tenido que ir del pueblo, su pueblo de toda la vida y jamás podrían volver, ni para morir.



lunes, 8 de mayo de 2017

ALGO HUELE A PODRIDO

HOY, 8 de Mayo de 2017, sin que sirva de precedente, publico de nuevo un relato que se editó por primera ves en este blogg el 23 de Septiembre de 2014. Tal como indica el relato, todo lo contado es pura invención del autor, yo mismo.

Como parece sacado de las notas de prensa del día de hoy, ayer o mañana lo edito nuevamente sin tocar o añadir nada.

ALGO HUELE A PODRIDO 
Pedro Fuentes
Capítulo  I

Justo a las diez de la mañana, del día primero de Abril, Albert cogió el teléfono móvil y marcó el número que tenía en un  papel, para ello, antes, en otro papel había calculado que al número escrito, había que deducirle diez de las dos primeras cifras, cero cuatro de las dos siguientes y sumado dos mil catorce a las cuatro siguientes, una vez calculados los dígitos resultantes, los marcó en su móvil, dejó que sonara la señal de llamada cuatro veces y colgó.
Justo diez minutos más tarde, un teléfono móvil que tenía en el bolsillo sonó, se apresuró a cogerlo y dijo:
Estoy al habla y preparado.
Bien, coja el encargo y deposítelo dentro del buzón indicado de la consigna de la estación elegida envuelto en papel de regalo. Le indicó una voz en el móvil.
Acto seguido metió los papeles con los números en la destructora de papeles, sacó las tarjetas de memoria de los teléfonos y en un cenicero que tenía en la mesa, después de rociarlas con unas gotas de gasolina de una lata de recarga de un mechero “Zippo” y les prendió fuego. Cogió de la caja fuerte de su despacho un cartón de tabaco “Ducados”, lo envolvió en papel de regalos y le puso un adhesivo que decía “Felicitats”, lo metió en una bolsa de papel de un estanco y salió de la oficina, a su secretaria le comunicó que no volvería hasta la tarde y marchó. Cogió su coche y se fue dirección a la estación de Sants, una vez allí aparcó el coche y en la consigna depositó el “regalo”  en la taquilla que le habían indicado.
No habían pasado ni treinta minutos cuando una mujer, rubia, de unos treinta y cinco años. Bien vestida y con unos zapatos de tacón a juego, una pamela y gafas de sol, llegó a la estación, abrió la consigna, cogió el paquete y marchó. En la puerta de la estación subió a un “porsche” que le estaba esperando, al volante un hombre de unos cuarenta años y gafas de sol, puso el motor en marcha y ambos marcharon.
No se percató Albert de que en su camino y estancia a la estación fue seguido por un taxi y un hombre de aspecto normal, moreno, de estatura media, gafas de montura de concha y bigote.
Al día siguiente, en otro despacho, en otro rincón de la ciudad, ocurría un hecho similar, esta vez el destino fue el aeropuerto del Prat.
Durante varios días en diferentes empresas sucedieron hechos similares, variaban los sitios de destino de los paquetes y las personas que recogían los “regalos”, a veces era la mujer de buena presencia pero con diferentes modelitos, algunos de ellos no tan llamativos, otros era un hombre, el que había conducido el porsche la primera vez, vestido de traje chaqueta azul, camisa a juego, gafas de sol “Ray Band” y sombrero.
Nadie se fijó en el taxi o el Ibiza blanco que los siguió en todo momento y tampoco se dieron cuenta de aquel hombre de mediana estatura y gafas de concha que a una prudente distancia observaba todas las operaciones en las diferentes consignas de estaciones y aeropuertos ni aquel viajero que con su maleta pasaba por allí en cualquier momento.
El porsche negro también paso desapercibido, era un modelo nuevo, el Boxster,  pero la gente ya se había acostumbrado a ver coches deportivos.
Las recogidas siempre eran paquetes de tiendas de postín y la carga de su interior era prendas y objetos de regalo que pasaban inadvertidos en poder de aquellas personas arregladas y con un poco de distinción.
Bueno, dijo el conductor del porsche, la pesca ya está completa, cuando llegue al garaje de casa, con todos los “regalos” podremos cargar el doble fondo del maletero delantero.
¿Cuánto llevaremos? Dijo la rubia sin mostrar ningún interés.
Lo suficiente, mientras menos sepas, mejor para ti.
Por lo que hemos recogido estos días, llevamos más que la vez anterior.
Si, dos veces más, pero de aquí hay que repartir entre mis padres y el Gran Jefe.
¿El también?
Toma, claro, el negocio es de todos y no sabemos lo que puede durar.
¿Cuándo marcharemos?
Ya te avisaré, mejor que no sepas nada, mientras menos sepas menos riesgo corres. Ni siquiera sabemos mis hermanos o yo parte de las cosas, ni mi padre lo sabe todo, simplemente hace lo que coordina mi madre.
Je, je, je, quien iba a sospechar de tu madre.

CAPITULO  II

A la mañana siguiente, a las nueve, Pau llegó a la puerta de la casa de apartamentos de la parte alta de la ciudad, en la puerta le estaba esperando la mujer de la pamela, esta vez vestida con tejanos y una blusa estampada, atado a la cintura llevaba un jersey rojo. Paró el porsche negro de su amigo y subió, le rozó levemente los labios con los suyos, el coche roncó y salieron en dirección a la salida de Barcelona, rumbo a Puigcerdá. Una vez allí, llegaron hasta Bolvir, a las afueras, se acercaron a una gran mansión cuya verja se abrió automáticamente. No tardaron en salir sino tres minutos, tomaron la carretera de pas de la Casa y se dirigieron a Andorra.
A la media hora, de la misma mansión salió otro porsche negro, el mismo modelo del anterior y la misma matrícula, todo fue visto desde un bosque cercano por un hombre de mediana edad con gafas de concha y bigote que portaba unos gemelos de gran alcance, luego se metió en un Ibiza blanco y marcho detrás del Porsche negro a una distancia prudencial rumbo a LLivia.
A mitad de camino, ya en la frontera con Francia, pararon y le cambiaron las placas de la matrícula por unas francesas. Todo fue observado por el hombre del Ibiza blanco.
En la parte española de la frontera con Andorra, el primer Porsche fue detenido e invitados sus ocupantes a salir del coche, fue revisado pero no se encontró nada sospechoso, por lo que se les dejó marchar.
En esos mismos momentos, el Porsche con matrícula francesa entró en Francia y se dirigió a La Tor de Querol, allí se perdió dentro de una gran mansión. El hombre de las gafas de concha y bigote hizo una serie de fotografías.
Tres días después, alguien recibió una llamada en un pueblecito del pre pirineo  de Gerona.
¿Señor?
Si, dime.
La entrega ya está en Méjico.
Bien, ejem, ¿Ya están hechas las partes?
Sí, todas, más el 3,5 por ciento.

FIN

NOTA DEL AUTOR
Esta historia no, repito, NO  está basada en la realidad, cualquier parecido con personajes, hechos reales o situaciones reales, es PURA COINCIDENCIA.









miércoles, 3 de mayo de 2017

LUCÍA (Capítulo VI)

Capítulo VI de Lucía.

Siempre hay en estos sitios alguien que ejerce de psicólogo, Lucía sabe como entrar en el corazon de los clientes y aconsejarlos, no ha hecho falta mucho tiempo para ayudar a sus clientes.

Y ahora..................



LUCÍA

Pedro Fuentes


Capítulo VI



Cuando Lucía cobró su primer sueldo, en la primera tarde libre, le dijo a su madre:
Ponte guapa que vamos de compras, que quiero regalarte algo.
Lucía ya había visto lo que quería comprarle, pagó el primer plazo de un televisor, el resto des sueldo se lo entregó a su madre.
Esta quedó en asignarle una cantidad para sus gastos, con la pequeña pensión de la viudedad y el sueldo de Lucía, tenían para salir adelante sin tocar en dinero de la venta de las tierras.
Con el televisor en casa, Engracia, parecía de mejor humor, ya no pasaba tantas horas al día sin pensar o mejor dicho, ya no pasaba tantas horas al día pensando.
Lucía en cambio, no pensaba gran cosa en el pueblo, de acuerdo que al fin y al cabo, no era más que una camarera de una “barra americana” dedicada al “alterne”, como decía Sole, no eran prostitutas, no comerciaban con su cuerpo, algunos de sus clientes si lo pensaban, pero a esos era a los que había que pararle los pies, si alguna de ellas, sí lo hacían, ese era su problema.
A Lucía le quedaba en su interior que a ella la quisieron obligar y encima se habían comportado como unos cerdos, tanto Antonio como su padre, que encima a su madre como a ella las habían echado del pueblo y las gentes les habían creído todas las mentiras que hubiesen querido decir.
Era lunes, a las siete y media, estaba el bar casi vacío, Lola ya se había casado y estaban esperando para ver cómo iba todo antes de contratar a otra camarera, a diario estaban justas, pero los sábados y vísperas de fiesta la clientela era muchísima, lo que pasaba era que no eran clientes que se apalancaran a la barra, normalmente hacían un par de consumiciones y se marchaban, pero a diario consumían bebidas de más precio e invitaban a las chicas más.
Entró el “muchacho de la mirada triste”, se dirigió hacia el fondo, donde estaba la máquina y vio que estaba ocupada, así que fue a la de discos y puso tres que era el máximo que se podían poner, la primera que sonó fue la de “ Por el amor de una mujer” de Dani Daniel. Luego se acercó a la barra y se sentó en un taburete, cosa que no hacía nunca y le dijo a Lucía que era la que más cerca estaba:
Lucía, me pones un cubata de ron y te pones tú lo que quieras.
Te pongo el cubata, pero yo me estoy tomando un cortado, porque he comido tarde.
Le sirvió la bebida y marchaba para atrás cuando el muchacho sacó un paquete de LM y le ofreció.
Si, gracias, eso si, me fumaré el cigarro contigo.
¿Sabes que me gusta charlar contigo? Pero no sé, me da un poco de corte, porque se te ve como por encima de todos nosotros, no parece que seas de este ambiente, no sé, quizás de estudiante, sentada en una mesa, con otras amigas en alguna cafetería de Moncloa o de la calle Princesa.
No, la vida es como es y no todos somos como los demás querrían. Tú como te llamas, lo digo por llamarte de alguna forma y no decirte ¡Hey tú!.
Me llamo Gregorio.
Bueno, yo Lucía, como ya sabes, no soy estudiante quizás pude haber sido estudiante, pero la vida no me ha dado tiempo para serlo, Un día tuve que venirme a Madrid con mi madre viuda y como no sabía hacer nada, porque en el pueblo nada había si no era tragar lo que dijera el cacique del pueblo, mi madre y yo emigramos del pueblo, un pariente de mi padre me consiguió esto y la verdad es que aquí además de estar bien, nadie me puede obligar a nada que yo no quiera, y ahora dime, Gregorio, tú tampoco pareces de aquí, cada día vienes como si hicieses tiempo para no llegar temprano a casa, como si no te gustase lo que allí encuentras y la música que pones en la máquina es como si hubieses perdido lo que más querías.
Si, existe una mujer, pero un día a su padre lo destinaron a Cádiz y ella se tuvo que ir con toda la familia, estuvimos un tiempo que nos escribíamos cada día, pero eso no hay quien lo aguante, lo dejamos correr todo, pero cuando llego a casa, se me cae encima, he intentado y buscado otras relaciones pero es imposible seguir.
¿Y por qué no te vas a Cádiz? ¿Ella sigue sola? ¿Sabes de ella? ¿Hace mucho tiempo que se fue?
Hace más de un año, no quise seguir atándola a mi, si, quizás pudiese llamarla, tengo un teléfono de una amiga suya que me podría dar razón de ella.
Trabajo en una gestaría de administrativo, creo que no sería difícil encontrar empleo, tengo algún dinero ahorrado.
Mira, Gregorio, aquí enfrente hay una cabina de teléfonos, si quieres te doy monedas para que no se te corte, ahora es buena hora para pillar a la gente en casa, puedes pedir unos días y marchar a Cádiz y una vez allí, si todo va bien, puedes pedir la baja en el trabajo, diciendo que es un asunto urgente, o mejor que tienes que marchar por un asunto familiar, coge el dinero y corre, ¡Ve tras ella! ¿No Es lo que más quieres en esta vida? ¡Ve!, ¡Corre! Es el tren de tu vida, no lo pierdas, porque habrás perdido la razón de tu vida.
Toma, 100 pesetas, dame monedas para el teléfono dijo Gregorio, cóbrame la consumición también.
No, te la dejo aquí hasta que vuelvas.
Gregorio salió deprisa, Sole y Rita miraron a Lucía sorprendidas.
Tranquilas, ahora vuelve.
Pasaron 15 minutos, Lucía no paraba de mirar la puerta mientras atendía a los clientes.
Al fin entró Gregorio, no hizo falta decir nada, por la cara, Lucía sabía que lo había conseguido.
Desde mitad de la barra dijo:
Lucía pon tres cubatas para las tres.
Bravo, Gregorio, hemos perdido un cliente pero ganamos un amigo feliz.
Pepe la miró inquiriendo con la mirada, Lucía cerró la mano derecha levantando el pulgar, luego cuando Gregorio llegó a su altura, ella sacó medio cuerpo por encima de la barra y le dio dos besos a Gregorio.
Todavía vieron al muchacho al día siguiente cuando fue a despedirse, luego, al cabo de tres semanas recibieron una postal que está en el espejo que hay detrás de las bebidas.
Simplemente decía:
Gracias por todo.


miércoles, 26 de abril de 2017

LUCÍA (Capítulo V)

Un nuevon capítulo de LUCÍA, nuestra muchacha está a punto de comenzar una nueva vida que no sabe lo que le deparará.


Y ahora.....................



LUCÍA


Pedro Fuentes


Capítulo   V


El lunes, cuando llegó de la academia, su madre estaba con los ojos rojos de haber llorado, Lucía le dijo:
Madre, has llorado, no quiero que lo hagas, las cosas parecen ir mejor, si, no hemos ido del pueblo, pero aquí no tenemos que aguantar a gentuza que si no les caes bien o no eres lo que quieren ellos, te destrozan, ¡Qué consideración te tenían? No te regalaron nada, te pagaban por tu trabajo y te escatimaban todo lo que podían, ¿y el sinvergüenza de su hijo que? Se creía que porque tenían dinero podían destrozar a quien quisiesen sin importarle nada y si no lo conseguían hubiesen dicho lo que quisieran y todo el pueblo te señalaría con el dedo y encima te morirías de hambre porque nadie te daría trabajo ni te comprarían nada de la huerta.
¡Madre! ¡Despierta de una vez! Cualquiera de los clientes del bar es más honrado y decente que los del pueblo con sus riquezas.
Si, hija, ya lo sé, pero mírate, pudiendo estudiar tienes que ir a un bar de camarera a un bar de chicas.
Si, madre, pero las personas son libres para hacer lo que desean y no lo que ellos quieran, ya, verás como todo irá bien y Genaro nos protegerá.
Bueno, vamos a comer que se va a enfriar la comida.
Después de comer, Lucía buscó entre su ropa lo que encontró más moderno y llamativo y unos zapatos cómodos.
A las cinco de fue hacia el bar “Ven a verme”. Quería llegar antes de abrir para que Pepe le explicase un poco de lo que tenía que hacer.
Adiós, madre, no me esperes a cenar.
Cuando llegó a la puerta del bar, estaba la reja abierta y la puerta de cristal cerrada, pero vio la luz encendida, tocó con los nudillos y apareció Pepe para abrirle la puerta.
Niña, ¿como vienes tan temprano?
Bueno, como el otro día no quedamos en qué tenía que hacer no dónde estaban las bebidas.
En veinte minutos Pepe le explicó lo más elemental y le dijo:
Verás, las niñas te explicarán todo y lo más complicado, los precios y cobrar, los primeros días los haré yo o alguna de ellas.
Llamaron a la puerta y Pepe le indicó que abriese, eran Sole y Lola.
Ellas mismas se presentaron, venían vestidas de “calle” y charlando alegremente.
Pepe, dijo Lola, ¿podemos tomar un café antes de empezar a trabajar?
Si, Claro, Lucía, ven que vas a prepararlos tú y vas aprendiendo. ¿Qué queréis?
Yo uno solo con unas gotas de coñac, ¿Y vosotras?
Yo un cortado dijo Sole, yo un café solo, dijo Lola.
Pepe con todo el cariño de mundo le explicó cómo hacerlos incluido el café con leche de Lucía.
Luego, Pepi querrá un cortado como siempre.
¿Fumas? Dijo Sole y sacó un paquete de LM. Todas cogieron tabaco menos Pepe que quería ducados.
Aquí fumamos mucho porque nos ofrecen a cada momento, procura no tragarte el humo porque es mucho tabaco y no bebas bebidas alcohólicas porque pillarás una tajada como un piano.
A las seis y cuarto, llegaron cuatro chavales de unos dieciocho años. Son de una imprenta que aquí al lado, vienen cada día después del trabajo, tomarán máximo un par de cervezas y jugarán un rato a la máquina, en veinte minutos se habrán ido, le dijo Pepe.
A partir de las siete, empezaron a entrar chicos de unos treinta, bebedores de cuba libre, por lo general llegaban solos y salvo los que jugaban en la máquina, los demás se apalancaban en la barra, las tres chicas jugaban a los dados y las invitaban, a Lucía le dijeron que por ahora no aceptase jugar a los dados, ayudaba a las veteranas cuando le pedían alguna bebida.
Todos los cliente fijos cuando entraban, le decían a Pepe: Chica nueva, ¡eh! Pepe.
Si, Ya sabéis que Lola se nos casa.
Lucía cuando lo oyó la primera ves miró a Pepe y éste le dijo, si, se casa, luego a la hora de cierre conocerás a su novio que vendrá a buscarla.
El muchacho que el sábado estaba apoyado a la máquina de discos seguía poniendo canciones románticas, fue el primer cliente de Lucía, le pidió una cerveza y se la pagó en cuanto Lucía se la puso en la barra. El, antes de cogerla, le ofreció un Ducados,
No , gracias, no fumo negro, me marearía.
A las nueve, el muchacho, de unos veinte años, después de oír la última canción “Un beso y un adiós” de Nino Bravo, pasó por el lado de Lucía y le dijo: Adiós, hasta mañana.
Sole que en esos momentos no atendía a nadie le dijo a Lucía:
Viene cada tarde y siempre hace lo mismo, hoy se ha lanzado y te ha ofrecido tabaco. Los sábados está hasta más tarde, pero a diario de va siempre a la misma hora.
Lucía se encontraba a gusto allí, ya empezaba a tener confianza, hablaba con todo el mundo y sobre todo, sabía escuchar mientras bebía te frio con hielo escanciado de una botella de whisky, su tío Geny, con todos lo llamaban incluida ella, venía a menudo y lo primero que hacía era enseñarle a jugar a los dados, no era solo la suerte, era la estrategia. El chico de la música romántica y los ojos tristes hablaba con ella, solamente con ella, empezó comprando tabaco rubio que solamente usaba para invitar a Lucía, ésta viendo que no andaba muy bien de dinero, a veces rehusaba diciéndole que acababa de fumar.
Así fueron pasando los días hasta que llegó el primer sábado, aquello era una locura, hasta las siete no pasaba nada, pero luego se iba llenando, luego, a las nueve y medía se vaciaba, pero luego, antes de las diez empezaba a entrar otra gente distinta que no consumía sino combinados y jugaba continuamente a los dados, era entonces un sitio para quedar, tomar un par de copas y luego marchaban a otros sitios, otros nuevos entraban y era la misma operación, entonces poco se podía hablar y menos entre ellas, Pepe iba solícito a todos lados y sobre además llevaba el control de las consumiciones y cobraba.
El sábado no era salir un poco más tarde, hasta las tres, por lo general no lograbas bajar la persiana, aunque esto se solía empezar a las dos, se bajaba la persiana un poco menos que la mitad y ya no dejaban entrar a nadie, salvo los clientes muy especiales y al que terminaba una consumición ya no se le despachaba más.
Pese a todo el ajetreo, Lucía disfrutaba trabajando allí.
Cuando ya al fin cerraron, recogieron lo imprescindible y se marcharon cada uno a su casa, Pepe y Lucía, salieron acompañándose mutuamente y Pepe le dijo:
Bueno, no te he preguntado por tu semana de prueba, por nosotros no hay ningún problema, si tú quieres formalizamos el contrato.
Si, me quedo, pero no hemos tratado de sueldo ni nada.
Bueno, el sueldo no es gran cosa, pero lleváis comisión por las bebidas despachadas y luego las propinas que son buenas, en cuanto a las comisiones de las bebidas en lugar de hacer el reparto individualmente, nosotros las repartimos todas a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?.
Lucía que a la una había llamado a su madre para decirle que estuviese tranquila, ya que sabía que la estaría esperando iba tan tranquila charlando con Pepe.





miércoles, 19 de abril de 2017

LUCÏA (Capítulo IV)

Un nuevo capítulo de esta historia a veces triste y desgarradora, pero real como la vida misma, una historia que es el complemento de otra, editada en este mismo blog, "La muchacha de una sola pierna" que nos sumerje en un mundo desconocido para muchas personas y que a veces es juzgado con desconocimiento de causa.


Y ahora.......................



LUCIA



Pedro Fuentes





Capítulo  IV



Tres meses después, Engracia y su hija Lucía, ayudadas por un primo de su marido,  se instalaron en un pequeño piso de dos habitaciones en el barrio de Chamberí. En la calle Raimundo Lulio, cerca de la Glorieta de Iglesias en Madrid, lo siguiente era buscar un trabajo para Lucía, además de matricularle en una academia cercana para seguir sus estudios de secretariado.

La cuestión del trabajo estaba muy difícil para una muchacha sin casi estudios salvo el servicio doméstico.

Muy cerca de allí encontró una academia que preparaba para secretariado, pero no era en un centro oficial y un poco parecía un sitio donde iba la gente un poco castigada por sus padres para intentar sacar adelante a chicas que además de andar muy mal en los estudios, no estaban dispuestas a más sino a pasar las semanas como la única forma de llegar a los fines de semana.

Lucía iba cada mañana a clase, salía a la una y llegaba a su casa quince minutos después, ya que las clases eran en Eloy Gonzalo esquina a la glorieta de Quevedo.

Cuando llegaba a su casa, encontraba a su madre sentada en la cocina, aburrida mientras vigilaba la comida, muchas veces la encontraba con los ojos enrojecidos por haber llorado, no se acostumbraba a vivir en Madrid, por las mañanas se acercaba al mercado de Olavide, pero se sentía agobiada rodeada por tanta gente.

Algunas tardes, Lucía le decía:

Va, madre, esta tarde vamos a salir a dar una vuelta y de camino buscaremos si vemos algún cartel ofreciendo trabajo.

Salían y se movían por el barrio, bajaban por Juan de Austria, torcían a la derecha por Luchana  hasta la Glorieta de Bilbao, luego subían hasta Quevedo por Fuencarral y luego por Eloy Gonzalo hasta Trafagar, plaza de Olavide y Raimundo Lulio. Otras veces, no muchas porque no sabían cuando volvería a entrar dinero en casa, subían por Juan de Austria hasta La Glorieta de Iglesias y entraban en la churrería que había en la esquina y se tomaban dos chocolates con churros.

Lucía ya no se escondía de su madre para fumar y entonces se acercaba al bar de al lado y a un señor que había que vendía tabaco suelto, le compraba cinco bisontes por dos pesetas.

Algunos domingos iban al cine Quevedo que era de sesión continua y pasaban dos películas y el Nodo.

Un día, cuando volvían del cine, se encontraron a la puerta de su casa al primo de su marido, Genaro que las estaba esperando.

Después de los saludos de rigor, Genaro les dijo:

He encontrado un bar, en el que trabaja de encargado un amigo mío, es un bar que solamente abre por las tardes, bueno, desde las seis a las doce, van solamente hombres, pero no es de mala nota, allí se reúne mucha gente joven, a jugar a los dado y a charlar, allí no pasa nada y ninguna chica tiene otras obligaciones que servirles las bebidas. Mi amigo Pepe, está de encargado y puedo deciros que es un buen hombre, soltero y sin compromiso y muy pendiente de sus niñas como él las llama, está bastante cerca, al lado de Quevedo y cierra a las doce, bueno, el sábado un poco más tarde pero los días que se cerrara más tarde, me ha dicho Pepe  que la acompañaría hasta casa, porque vive aquí al lado. Es un chico muy serio y no permitiría por nada del mundo que a ninguna de sus niñas les dijeran o hiciesen nada.

Si os parece bien, Lucía y yo nos vamos hacia allí, hablamos con Pepe y ella ve el ambiente, como Lucía ya tiene 21 años, y puedo firmar como tutor que soy de ella, ya puede trabajar pero antes puede ir una semana que le pagarán y así ve si se encuentra bien.

A Engracia no le pareció bien, eso de que trabajase de noche no le parecía nada honrado, pero por ir de honrada, estaban pasando por lo que pasaban, fuera de casa, de su ambiente y como perdidas para el pueblo donde habían nacido y vivido toda la vida.
Mira, Engracia, todos los trabajos son honrados si las personas lo son y no por más dinero y posición lo son más, Lucía y yo nos vamos a acercar allí y mientras, si preparas una tortilla de patatas, que quedo a cenar con vosotras.

Bajaron a la calle, cogieron el coche de Genaro y marcharon. En diez minutos estaban en el bar.

Lucía, en un principio, al ver la puerta y las luces  de neón, se quedó parada, pero Genaro le cogió del brazo y medio le empujó para pasar la puerta.

Era pronto y no había más de quince personas entre la barra y la máquina de bolas de jugar, junto a la máquina un joven melancólico bebía un cuba libre mientras escuchaba a Patty Bravo cantando “La Bámbola”

Detrás de la barra había tres chicas, más o menos de su edad, estaba vestidas con blusas ajuntadas y mini faldas, hablando y riendo con varios chicos a su alrededor, otros jugaban a los dados y bebían y fumaban. Al otro lado de la barra había un hombre delgado, moreno y pelo rizado, cuando vio a Genaro, se le alegraron los ojos y corrió a saludarlo. Cuando,  cuando vio a la muchacha, pareció examinarme de arriba a abajo sin dejar un centímetro sin controlar.

Vaya, vaya, así que tú eres la sobrina de mi amigo Geny, yo soy José pero todo el mundo me llama Pepe.

Mira, este es el ambiente que suele haber aquí, las niñas no salen de detrás de la barra para nada y los clientes no tienen derecho a nada con ellas, salvo que quieran charlar y jugar alguna partida de dados, si las invitan a algo, lo tomas sin alcohol.

Entre semana cerramos a las doce y los sábados suele ser algo más tarde, pero yo te acompañaría hasta tu casa.

Lucía miraba de un lado para otro, veía un sitio que podría tomarse por equívoco pero una vez visto desde dentro, parecía como cualquier otro sitio de jóvenes.

La música seguía sonando, el muchacho de la máquina de discos había puesto a Los Brincos cantando “Lola”.

¿Qué te parece? Dijo Genaro.

Sí, no está mal parecen jóvenes alegres y sanos.

¿Cuando puedo empezar esa semana de prueba?

Mañana mismo si quieres, pero mira de traer algo de ropa un poco más moderno y si no tienes, alguna de las niñas te dejará algo.

Bueno, pues mañana vendré, a las seis estaré aquí, hasta mañana, señor Pepe.
No, Lucía, a mi no me llames señor, no es que no lo sea, es que me hace viejo.

Bueno, Geny, si quieres venir a tomar una copa luego, ya sabes.

Genaro y Lucía salieron a la calle,  cogieron el coche y marcharon para casa.

Engracia estaba terminando de poner la mesa y en el centro de ésta había una hermosa tortilla de patatas.

Miró a Lucía y dijo ¿Qué?

Está bien, al principio en la puerta, parecía algo raro, pero una vez dentro, estaba muy bien, mucha gente joven oyendo música y jugando a la máquina y a los dados como en cualquier bar, hay tres camareras muy guapas, de mi edad más o menos y Pepe, el encargado es un hombre muy serio pero amable.

He quedado que iría una semana para probar, así que mañana lunes empezaré.
Tranquila, mujer, yo conozco mucho a Pepe y no permitirá ni él ni yo que le pase nada a Lucía y ella sabe que al más mínimo percance, puede recurrir a Pepe.