Mi lista de blogs

miércoles, 26 de abril de 2017

LUCÍA (Capítulo V)

Un nuevon capítulo de LUCÍA, nuestra muchacha está a punto de comenzar una nueva vida que no sabe lo que le deparará.


Y ahora.....................



LUCÍA


Pedro Fuentes


Capítulo   V


El lunes, cuando llegó de la academia, su madre estaba con los ojos rojos de haber llorado, Lucía le dijo:
Madre, has llorado, no quiero que lo hagas, las cosas parecen ir mejor, si, no hemos ido del pueblo, pero aquí no tenemos que aguantar a gentuza que si no les caes bien o no eres lo que quieren ellos, te destrozan, ¡Qué consideración te tenían? No te regalaron nada, te pagaban por tu trabajo y te escatimaban todo lo que podían, ¿y el sinvergüenza de su hijo que? Se creía que porque tenían dinero podían destrozar a quien quisiesen sin importarle nada y si no lo conseguían hubiesen dicho lo que quisieran y todo el pueblo te señalaría con el dedo y encima te morirías de hambre porque nadie te daría trabajo ni te comprarían nada de la huerta.
¡Madre! ¡Despierta de una vez! Cualquiera de los clientes del bar es más honrado y decente que los del pueblo con sus riquezas.
Si, hija, ya lo sé, pero mírate, pudiendo estudiar tienes que ir a un bar de camarera a un bar de chicas.
Si, madre, pero las personas son libres para hacer lo que desean y no lo que ellos quieran, ya, verás como todo irá bien y Genaro nos protegerá.
Bueno, vamos a comer que se va a enfriar la comida.
Después de comer, Lucía buscó entre su ropa lo que encontró más moderno y llamativo y unos zapatos cómodos.
A las cinco de fue hacia el bar “Ven a verme”. Quería llegar antes de abrir para que Pepe le explicase un poco de lo que tenía que hacer.
Adiós, madre, no me esperes a cenar.
Cuando llegó a la puerta del bar, estaba la reja abierta y la puerta de cristal cerrada, pero vio la luz encendida, tocó con los nudillos y apareció Pepe para abrirle la puerta.
Niña, ¿como vienes tan temprano?
Bueno, como el otro día no quedamos en qué tenía que hacer no dónde estaban las bebidas.
En veinte minutos Pepe le explicó lo más elemental y le dijo:
Verás, las niñas te explicarán todo y lo más complicado, los precios y cobrar, los primeros días los haré yo o alguna de ellas.
Llamaron a la puerta y Pepe le indicó que abriese, eran Sole y Lola.
Ellas mismas se presentaron, venían vestidas de “calle” y charlando alegremente.
Pepe, dijo Lola, ¿podemos tomar un café antes de empezar a trabajar?
Si, Claro, Lucía, ven que vas a prepararlos tú y vas aprendiendo. ¿Qué queréis?
Yo uno solo con unas gotas de coñac, ¿Y vosotras?
Yo un cortado dijo Sole, yo un café solo, dijo Lola.
Pepe con todo el cariño de mundo le explicó cómo hacerlos incluido el café con leche de Lucía.
Luego, Pepi querrá un cortado como siempre.
¿Fumas? Dijo Sole y sacó un paquete de LM. Todas cogieron tabaco menos Pepe que quería ducados.
Aquí fumamos mucho porque nos ofrecen a cada momento, procura no tragarte el humo porque es mucho tabaco y no bebas bebidas alcohólicas porque pillarás una tajada como un piano.
A las seis y cuarto, llegaron cuatro chavales de unos dieciocho años. Son de una imprenta que aquí al lado, vienen cada día después del trabajo, tomarán máximo un par de cervezas y jugarán un rato a la máquina, en veinte minutos se habrán ido, le dijo Pepe.
A partir de las siete, empezaron a entrar chicos de unos treinta, bebedores de cuba libre, por lo general llegaban solos y salvo los que jugaban en la máquina, los demás se apalancaban en la barra, las tres chicas jugaban a los dados y las invitaban, a Lucía le dijeron que por ahora no aceptase jugar a los dados, ayudaba a las veteranas cuando le pedían alguna bebida.
Todos los cliente fijos cuando entraban, le decían a Pepe: Chica nueva, ¡eh! Pepe.
Si, Ya sabéis que Lola se nos casa.
Lucía cuando lo oyó la primera ves miró a Pepe y éste le dijo, si, se casa, luego a la hora de cierre conocerás a su novio que vendrá a buscarla.
El muchacho que el sábado estaba apoyado a la máquina de discos seguía poniendo canciones románticas, fue el primer cliente de Lucía, le pidió una cerveza y se la pagó en cuanto Lucía se la puso en la barra. El, antes de cogerla, le ofreció un Ducados,
No , gracias, no fumo negro, me marearía.
A las nueve, el muchacho, de unos veinte años, después de oír la última canción “Un beso y un adiós” de Nino Bravo, pasó por el lado de Lucía y le dijo: Adiós, hasta mañana.
Sole que en esos momentos no atendía a nadie le dijo a Lucía:
Viene cada tarde y siempre hace lo mismo, hoy se ha lanzado y te ha ofrecido tabaco. Los sábados está hasta más tarde, pero a diario de va siempre a la misma hora.
Lucía se encontraba a gusto allí, ya empezaba a tener confianza, hablaba con todo el mundo y sobre todo, sabía escuchar mientras bebía te frio con hielo escanciado de una botella de whisky, su tío Geny, con todos lo llamaban incluida ella, venía a menudo y lo primero que hacía era enseñarle a jugar a los dados, no era solo la suerte, era la estrategia. El chico de la música romántica y los ojos tristes hablaba con ella, solamente con ella, empezó comprando tabaco rubio que solamente usaba para invitar a Lucía, ésta viendo que no andaba muy bien de dinero, a veces rehusaba diciéndole que acababa de fumar.
Así fueron pasando los días hasta que llegó el primer sábado, aquello era una locura, hasta las siete no pasaba nada, pero luego se iba llenando, luego, a las nueve y medía se vaciaba, pero luego, antes de las diez empezaba a entrar otra gente distinta que no consumía sino combinados y jugaba continuamente a los dados, era entonces un sitio para quedar, tomar un par de copas y luego marchaban a otros sitios, otros nuevos entraban y era la misma operación, entonces poco se podía hablar y menos entre ellas, Pepe iba solícito a todos lados y sobre además llevaba el control de las consumiciones y cobraba.
El sábado no era salir un poco más tarde, hasta las tres, por lo general no lograbas bajar la persiana, aunque esto se solía empezar a las dos, se bajaba la persiana un poco menos que la mitad y ya no dejaban entrar a nadie, salvo los clientes muy especiales y al que terminaba una consumición ya no se le despachaba más.
Pese a todo el ajetreo, Lucía disfrutaba trabajando allí.
Cuando ya al fin cerraron, recogieron lo imprescindible y se marcharon cada uno a su casa, Pepe y Lucía, salieron acompañándose mutuamente y Pepe le dijo:
Bueno, no te he preguntado por tu semana de prueba, por nosotros no hay ningún problema, si tú quieres formalizamos el contrato.
Si, me quedo, pero no hemos tratado de sueldo ni nada.
Bueno, el sueldo no es gran cosa, pero lleváis comisión por las bebidas despachadas y luego las propinas que son buenas, en cuanto a las comisiones de las bebidas en lugar de hacer el reparto individualmente, nosotros las repartimos todas a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?.
Lucía que a la una había llamado a su madre para decirle que estuviese tranquila, ya que sabía que la estaría esperando iba tan tranquila charlando con Pepe.





miércoles, 19 de abril de 2017

LUCÏA (Capítulo IV)

Un nuevo capítulo de esta historia a veces triste y desgarradora, pero real como la vida misma, una historia que es el complemento de otra, editada en este mismo blog, "La muchacha de una sola pierna" que nos sumerje en un mundo desconocido para muchas personas y que a veces es juzgado con desconocimiento de causa.


Y ahora.......................



LUCIA



Pedro Fuentes





Capítulo  IV



Tres meses después, Engracia y su hija Lucía, ayudadas por un primo de su marido,  se instalaron en un pequeño piso de dos habitaciones en el barrio de Chamberí. En la calle Raimundo Lulio, cerca de la Glorieta de Iglesias en Madrid, lo siguiente era buscar un trabajo para Lucía, además de matricularle en una academia cercana para seguir sus estudios de secretariado.

La cuestión del trabajo estaba muy difícil para una muchacha sin casi estudios salvo el servicio doméstico.

Muy cerca de allí encontró una academia que preparaba para secretariado, pero no era en un centro oficial y un poco parecía un sitio donde iba la gente un poco castigada por sus padres para intentar sacar adelante a chicas que además de andar muy mal en los estudios, no estaban dispuestas a más sino a pasar las semanas como la única forma de llegar a los fines de semana.

Lucía iba cada mañana a clase, salía a la una y llegaba a su casa quince minutos después, ya que las clases eran en Eloy Gonzalo esquina a la glorieta de Quevedo.

Cuando llegaba a su casa, encontraba a su madre sentada en la cocina, aburrida mientras vigilaba la comida, muchas veces la encontraba con los ojos enrojecidos por haber llorado, no se acostumbraba a vivir en Madrid, por las mañanas se acercaba al mercado de Olavide, pero se sentía agobiada rodeada por tanta gente.

Algunas tardes, Lucía le decía:

Va, madre, esta tarde vamos a salir a dar una vuelta y de camino buscaremos si vemos algún cartel ofreciendo trabajo.

Salían y se movían por el barrio, bajaban por Juan de Austria, torcían a la derecha por Luchana  hasta la Glorieta de Bilbao, luego subían hasta Quevedo por Fuencarral y luego por Eloy Gonzalo hasta Trafagar, plaza de Olavide y Raimundo Lulio. Otras veces, no muchas porque no sabían cuando volvería a entrar dinero en casa, subían por Juan de Austria hasta La Glorieta de Iglesias y entraban en la churrería que había en la esquina y se tomaban dos chocolates con churros.

Lucía ya no se escondía de su madre para fumar y entonces se acercaba al bar de al lado y a un señor que había que vendía tabaco suelto, le compraba cinco bisontes por dos pesetas.

Algunos domingos iban al cine Quevedo que era de sesión continua y pasaban dos películas y el Nodo.

Un día, cuando volvían del cine, se encontraron a la puerta de su casa al primo de su marido, Genaro que las estaba esperando.

Después de los saludos de rigor, Genaro les dijo:

He encontrado un bar, en el que trabaja de encargado un amigo mío, es un bar que solamente abre por las tardes, bueno, desde las seis a las doce, van solamente hombres, pero no es de mala nota, allí se reúne mucha gente joven, a jugar a los dado y a charlar, allí no pasa nada y ninguna chica tiene otras obligaciones que servirles las bebidas. Mi amigo Pepe, está de encargado y puedo deciros que es un buen hombre, soltero y sin compromiso y muy pendiente de sus niñas como él las llama, está bastante cerca, al lado de Quevedo y cierra a las doce, bueno, el sábado un poco más tarde pero los días que se cerrara más tarde, me ha dicho Pepe  que la acompañaría hasta casa, porque vive aquí al lado. Es un chico muy serio y no permitiría por nada del mundo que a ninguna de sus niñas les dijeran o hiciesen nada.

Si os parece bien, Lucía y yo nos vamos hacia allí, hablamos con Pepe y ella ve el ambiente, como Lucía ya tiene 21 años, y puedo firmar como tutor que soy de ella, ya puede trabajar pero antes puede ir una semana que le pagarán y así ve si se encuentra bien.

A Engracia no le pareció bien, eso de que trabajase de noche no le parecía nada honrado, pero por ir de honrada, estaban pasando por lo que pasaban, fuera de casa, de su ambiente y como perdidas para el pueblo donde habían nacido y vivido toda la vida.
Mira, Engracia, todos los trabajos son honrados si las personas lo son y no por más dinero y posición lo son más, Lucía y yo nos vamos a acercar allí y mientras, si preparas una tortilla de patatas, que quedo a cenar con vosotras.

Bajaron a la calle, cogieron el coche de Genaro y marcharon. En diez minutos estaban en el bar.

Lucía, en un principio, al ver la puerta y las luces  de neón, se quedó parada, pero Genaro le cogió del brazo y medio le empujó para pasar la puerta.

Era pronto y no había más de quince personas entre la barra y la máquina de bolas de jugar, junto a la máquina un joven melancólico bebía un cuba libre mientras escuchaba a Patty Bravo cantando “La Bámbola”

Detrás de la barra había tres chicas, más o menos de su edad, estaba vestidas con blusas ajuntadas y mini faldas, hablando y riendo con varios chicos a su alrededor, otros jugaban a los dados y bebían y fumaban. Al otro lado de la barra había un hombre delgado, moreno y pelo rizado, cuando vio a Genaro, se le alegraron los ojos y corrió a saludarlo. Cuando,  cuando vio a la muchacha, pareció examinarme de arriba a abajo sin dejar un centímetro sin controlar.

Vaya, vaya, así que tú eres la sobrina de mi amigo Geny, yo soy José pero todo el mundo me llama Pepe.

Mira, este es el ambiente que suele haber aquí, las niñas no salen de detrás de la barra para nada y los clientes no tienen derecho a nada con ellas, salvo que quieran charlar y jugar alguna partida de dados, si las invitan a algo, lo tomas sin alcohol.

Entre semana cerramos a las doce y los sábados suele ser algo más tarde, pero yo te acompañaría hasta tu casa.

Lucía miraba de un lado para otro, veía un sitio que podría tomarse por equívoco pero una vez visto desde dentro, parecía como cualquier otro sitio de jóvenes.

La música seguía sonando, el muchacho de la máquina de discos había puesto a Los Brincos cantando “Lola”.

¿Qué te parece? Dijo Genaro.

Sí, no está mal parecen jóvenes alegres y sanos.

¿Cuando puedo empezar esa semana de prueba?

Mañana mismo si quieres, pero mira de traer algo de ropa un poco más moderno y si no tienes, alguna de las niñas te dejará algo.

Bueno, pues mañana vendré, a las seis estaré aquí, hasta mañana, señor Pepe.
No, Lucía, a mi no me llames señor, no es que no lo sea, es que me hace viejo.

Bueno, Geny, si quieres venir a tomar una copa luego, ya sabes.

Genaro y Lucía salieron a la calle,  cogieron el coche y marcharon para casa.

Engracia estaba terminando de poner la mesa y en el centro de ésta había una hermosa tortilla de patatas.

Miró a Lucía y dijo ¿Qué?

Está bien, al principio en la puerta, parecía algo raro, pero una vez dentro, estaba muy bien, mucha gente joven oyendo música y jugando a la máquina y a los dados como en cualquier bar, hay tres camareras muy guapas, de mi edad más o menos y Pepe, el encargado es un hombre muy serio pero amable.

He quedado que iría una semana para probar, así que mañana lunes empezaré.
Tranquila, mujer, yo conozco mucho a Pepe y no permitirá ni él ni yo que le pase nada a Lucía y ella sabe que al más mínimo percance, puede recurrir a Pepe.

miércoles, 12 de abril de 2017

LUCÍA (Capítulo III)

Lucía (Capítulo  III) es el relato de esta semana. Como ya sabeis es el relato que complementa el que se publicó en este mismo blog "La muchacha de una sola pierna" y que podreis encontrar también en el Tomo  II de "Las historias del buho" titulado "En busca de la puerta del infierno" junto con 15 relatos más. Este libro junto con otros dos más, del mismo autor, los podréis encontrar en EDITORIAL BUBOK.


Y ahora............................



LUCIA


Pedro Fuentes


Capítulo  III



Cuando Lucía llegó a su casa, su aspecto era lamentable, el vestido roto y manchado de barro de la caída, su cara manchada de la unión de las lágrimas y el poco rimel que llevaba y su pelo totalmente despeinado lleno de greñas.


¡Lucía, hija! ¿Qué ha pasado?.

La joven llorando más fuerte aún, se dejo arropar por los brazos de su madre y le dijo:
Antonio, el hijo del notario, se ofreció a traerme en el coche y a mitad del camino paró e intentó abusar de mi.

Ven cariño, lo primero que vamos a hacer es ir a casa del notario y luego a la Guardia Civil.

No, mamá, deja que me lave lo primero.

No, así mismo, que vea cómo te ha dejado.

Desde alguna casa del pueblo las vieron pasar, pero nadie dijo nada, todos sabían a lo que se iban a enfrentar, el notario, además de la persona más rica del pueblo era la más influyente e incluso cuando era joven había tenido algún altercado y su padre, también notario, lo había arreglado todo a su manera.

Cuando llegaron a la casa del notario, pidieron verlo, como Engracia era conocida en la casa, la “ama de llaves”, al ver a Lucia llorando y en el estado que venía, llamó a la puerta del despacho y don Antonio, las recibió inmediatamente.

¿Qué sucede, Engracia?

Verá, mi hija ha llegado en este estado a casa y dice que es debido a su hijo, Antoñito.

Cuéntale lo que pasó al señor Antonio, Lucía.

Lucia le hizo un detallado relato de lo ocurrido
 entre sollozos y lloros.

El notario no abrió la boca para nada, luego, cuando terminó, llamó a su esposa y le dijo:

Maruja, ¿Está Antonio en casa?

Si, hace una media hora que llegó.

Dile que venga y déjanos solos.

Cuando Antonio hijo entró en el despacho, ni  se inmutó´. Se dirigió hacia la mesa del despacho e intentó sentarse enfrente de Engracia y Lucía.

¡Quédate ahí mismo de pie! Dijo su padre.

Dime, Antonio, ¿Conoces a esta chica?

Si, padre, es la hija de Engracia y la tengo vista en el pueblo.

¿La has visto esta tarde?

No, he estado con mis amigos tomando unas cervezas y luego he venido a casa.

¿No has estado con Lucía?

No, no tengo amistad con  ella y no es de mi círculo de amigos.

Bueno, vete a tu habitación y no te muevas de allí por si te necesito.

Antonio, el hijo. salió del despacho y ni siquiera miró a Lucía ni a su madre.

Don Antonio dijo:

ya has oído, ¿No te habrás confundido de chico?

No, no señor, conozco a su hijo e incluso me ha traído a casa varias veces en el 600 azul cuando he salido de la academia.

¿No será que te has inventado esa historia como excusa por llegar tarde a casa?

No, no, no me he inventado nada, eso es lo que pasó.

Engracia dijo levantando la voz:

Vámonos, Lucía, iremos al cuartelillo a denunciarlo todo a la Guardia Civil.

¡Espere! Señora Engracia, usted sabe muy bien el trato y la consideración que ha recibido siempre en esta casa, pero no estamos dispuestos a que nadie manche el honor de nuestra familia, cuando es nuestro interés arreglar las cosas sin que nadie resulte perjudicado, además, ¿qué va a declarar a los guardias? Será la palabra de su hija contra la de mi Antonio, al que nunca se le ha visto metido en ningún jaleo. A su hija la señalarán por la calle y usted sabe como es la gente en su pueblo, no habrá forma de que pueda tener una relación seria en él.

Usted, doña Engracia, tiene que trabajar 24 horas al día para salir adelante, tiene unas tierras que no puede trabajar por falta de tiempo y fortaleza, yo le ofrezco algo mejor, le compraría todas las tierra y la casa del pueblo, además le ofrezco un capitalito, para que pueda vivir desahogadamente en Madrid y darle a su hija unos estudios que de otra forma no podría tener. Al fin y al cabo no ha pasado nada irreparable.

Engracia y Lucía se levantaron y salieron de la casa sin decir nada más. Salieron y  se fueron al cuartelillo. Allí, el sargento les hizo entrar en su despacho y preguntó por los hechos. Después de oírlos, cogió el teléfono y llamó al notario. Él mismo cogió el teléfono, después de dejarlo sonar varias veces.

Don Antonio,  soy el sargento Timoteo, tengo aquí a Engracia, su sirvienta y a su hija….
Si, ya sé, estoy informado, le puede decir que si insiste en sus denuncias, no habrá las ofertas que le he ofrecido, así que hasta mañana a las doce, sigo con el ofrecimiento, después no habrá nada.

Cuando el sargento les explicó lo que había dicho el notario, las dos mujeres se fueron a su casa, ahora eran las dos las que lloraban. 

miércoles, 5 de abril de 2017

LUCÍA (Capítulo II)

Hoy  seguimos con LUCÍA (Capítulo II) Como ya os dije la semana pasada, si recordais "La muchacha de...........) Editada en este mismo blog y en el Tomo II de "En busca de la puerta del infierno" Editado por Editorial Bubok, donde está a vuetra disposición, Esta obra, LUCíA es el comienzo de la historia y continuación, Ela es la protagonista de este relato.

Y ahora.......,......


LUCíA
Pedro Fuentes

Capítulo II

A las cinco de la tarde del domingo, Rosario, la prima de Lucía, llegó a su casa a buscarle, vestía sus mejores galas, un par de años mayor que Lucía, se había empolvado ligeramente la cara, marcado una raya en los ojos y adornado los labios con un pintalabios rojo fuerte.
Lucía estaba sentada con su madre, viendo la televisión, cuando llegó su prima se puso de pié y dijo:
En un momento me arreglo.
A las cinco y media ya estaba arreglada, llevaba una falda azul, una blusa blanca con unas pequeñas flores caladas y una rebeca roja, la cara la llevaba lavada y los labios ligeramente pintados con un carmín rosa muy suave.
Como el baile comenzaba a las seis, decidieron hacer un poco de tiempo para llegar cuando hubiese empezado.
Cuando llegaron a la puerta del casino, a las seis y diez, vieron a Fernando, vistiendo un pantalón azul marino y una chaqueta gris, muy bien peinado y embadurnado el pelo con brillantina, fumaba un cigarrillo y miraba disimuladamente al reloj del campanario de la iglesia situado enfrente.
¡Hola, Fernando! ¿Conoces a mi prima Rosario?
Si, si la conozco, fuimos juntos al colegio.
¿Entramos? Dijo Rosario.
Al pasar por el bar hasta el salón donde se bailaba, Lucía vio por el rabillo del ojo a Antonio en la barra con unos amigos, estaban tomándose unos Cuba libres.
Desde el fondo del salón se oía la música de un conjunto ligeramente desafinado tocando un pasodoble.
La sala era grande y estaba iluminada con varias lámparas que colgaban del techo, tres grandes ventanales, sin cortinas dejaban entrar la luz de principios de primavera, a lo largo de las cuatro paredes había sillas, colocadas una al lado de la otra, sin dejar ningún hueco, en ellas había alguna pareja mayor, algún grupo de madres que charlaban sin descanso y algunas jovencitas pendientes de los chicos que entraban y salían del bar y otros que permanecían haciendo corro cerca de lo que era la pista, al centro del salón y debajo de una gran lámpara de araña que colgaba del techo, en el lado del fondo un grupo de seis músicos, alrededor de una batería amenizaba la tarde.
Fernando y las dos muchachas entraron hacia la pared opuesta a los músicos, saludaron a varias personas y se sentaron junto con un grupo de chicas acompañadas de algún chico.
La pista se iba llenando de parejas que bailaban, muchas de ellas compuestas por dos chicas e incluso de algunas mujeres de mediana edad.
Pronto vino un muchacho, del grupo de Antonio y sacó a bailar a Rosario. A continuación se estaba acercando él mismo, Lucía, percatándose de las intenciones de éste, cogió a Fernando por la mano y lo arrastró hacia en centro de la mista mientras le decía:
Vamos a bailar, Fernando.
Colorado como un tomate y a trompicones, siendo sorprendido por la actitud de Lucía, no tuvo más remedio que transigir.
Antonio sacó un paquete de tabaco, extrajo un cigarrillo, se lo puso en la boca y le prendió fuego, volvió a la barra como si no hubiese pasado nada, pero en su interior la ira le carcomía, él si había adivinado la actitud de Lucía y le sentó fatal.
No se volvió a acercar Antonio, y su amigo, después de un par de bailes con Rosario, a una seña de éste, acompañó a la muchacha hasta la silla donde había estado sentada y se fue a la barra. Antonio y tres amigos más salieron del casino, montaron en el coche, el 600 azul y marcharon dirección al pueblo de al lado.
La tarde transcurrió tranquilamente, Fernando pareció tomar confianza y estuvo hablador con Lucía.
Cuando terminó el baile, salieron las dos muchachas con Fernando, pero nada más salir, Lucía le dijo:
Bueno, Fernando, nos vamos solas, mejor que en casa no nos vean acompañados por ningún chico. Si vas mañana a clase, nos veremos en el autobús.
No, mañana tengo que ir temprano a unos recados a la capital y ya me iré directamente a clase, hasta el martes. Contestó el muchacho.
Cuando se quedaron solas, Rosario le dijo a Lucía:
¿Por qué no quisiste bailar con Antonio? Se vio demasiado que saliste a la pista con Fernando cuando venía hacia ti.
Porque venía muy seguro de que iba a bailar con él, ya vi que enviaba a su amigo a sacarte a bailar para que me quedase sola y ver cómo reaccionaba Fernando.
Se fue muy enfadado, llamó a su amigo para que dejase de bailar conmigo y se marcharon sin ni siquiera acabarse las bebidas que tenían en la barra.
Ya le va bien, se cree que todas las muchachas van a caer a sus pies, así estará más interesado, hay que castigarle un poco para luego atarlo más corto.
Las dos muchachas comenzaron a reírse y así llegaron a sus casas, en la misma calle y una enfrente de la otra. Se despidieron y Lucía entró en su casa, su madre la estaba esperando con la mesa puesta para cenar.
El día siguiente siguió la misma rutina de cada lunes, por la mañana ayudar a arreglar la casa y estudiar y después de comer, Lucía se arregló y marchó a clase.
Cuando terminaron éstas, antes de salir a la calle, pasó por el lavabo de la academia y se repintó un poco los labios y se remarcó la raya de los ojos, luego salió y marchó a la parada del autobús, faltaban 20 minutos para coger el transporte cuando por el rabillo del ojo vio como un seiscientos azul se aproximaba lentamente, Lucía miró hacia el otro lado y disimuló.
Antonio paró el coche en la misma parada, bajó el cristal y dijo:
Lucía, hola, ¿Vas para casa?
Si, estoy esperando el autobús.
Sube, yo voy para allí y llegarás antes.
La muchacha hizo un mohín como si hiciese un gran sacrificio subiendo al coche y se acercó a la puerta. Antonio le abrió, entró y se sentó.
Antes de poner el motor en marcha, sacó un paquete de Marlboro y le ofreció a la joven que cogió uno y se lo puso en la boca, él hizo lo mismo y sacando un encendedor le ofreció fuego y se encendió su cigarrillo, luego puso en marcha el 600 y salieron hacia la carretera.
Faltaban unos tres kilómetros para llegar al pueblo, cuando Antonio desvió el coche por un camino lateral de tierra, dio varios acelerones y frenazos bruscos con el coche y lo detuvo justo detrás de los dos primeros árboles.
¿Qué sucede? Preguntó Lucía.
No lo sé he notado que el coche pegaba tirones y he salido de la carretera no fuese a provocar un accidente.
Hizo ademán de arrancar de nuevo el motor, pero sin demasiado interés y nada, no lo consiguió.
Eso es que al carburador le ha entrado demasiada gasolina, ya le ha pasado alguna vez, lo dejaremos parado unos diez minutos y que arrancará.
¿Estás seguro? Si no llego a la hora mi madre se preocupará. Dijo Lucía
Si, mujer, toma, nos fumaremos otro pitillo y ya estará todo arreglado.
Encendió dos cigarrillos a la vez y le pasó uno a Lucía mientras le decía:
Lucía, El otro día en el baile, quise sacarte a la pista y vi como rápidamente saliste con el imbécil ese de Fernando, para no darme tiempo a llegar. Me sentó muy mal, porque yo te aprecio mucho y quería pedirte relaciones, yo estoy loco por ti y quisiera salir contigo.
Yo no, Antonio, yo ahora solo pienso en estudiar, para poder trabajar y que se retire mi madre de hacer faenas.
Pero tú sabes que tu madre con mi familia está muy bien considerada y entre la casa y la notaría se saca un buen jornal…
Si, pero cuando vivía mi padre era diferente y ella estaba siempre en casa y ahora, no se encuentra muy bien y tendría que descansar más, además, me pareces un buen chico, pero no tengo esos sentimientos que supongo tendré cuando me enamore.
Antonio le cogió del antebrazo y la atrajo hacia sí, rozándole levemente la mejilla con sus labios húmedos.
Lucía se separó rápidamente de él, ya que sintió una cierta repugnancia al sentir aquel beso húmedo.
Déjame, Antonio, no quiero seguir con esto, arranca el coche y vayámonos.
Todavía es pronto, dijo Antonio e intentó acercarse más a la muchacha poniéndole la mano derecha encima de su muslo.
Lucía abrió la puerta del coche para salir, pero entre el forcejeo con la mano de Antonio y la varilla del cambio, su falda se desgarró. Antonio intentó tocarle el pecho izquierdo y una sonora bofetada entre la mejilla y la nariz lo invadió todo, Lucía arrancando a llorar saltó del coche aprovechando el desconcierto del golpe. No pensó ni en los libros ni en el bolso que quedaron en el asiento de atrás corrió hacia la carretera que no se veía porque ya había oscurecido.
Antonio arrancó el coche y salió en su persecución. Paró a su lado y le gritó ¡SUBE!.
Lucía intentó correr y cayó al suelo, notando cómo le caían encima los libros y el bolso. A continuación el coche marchaba a toda velocidad.

miércoles, 29 de marzo de 2017

LUCIA (capítulo I)



LUCÍA 

Pedro Fuentes


Capítulo  I

Hoy comienzo otro relato. se llama Lucía, a todos los que me seguís os sonará el nombre, si, Lucía es "La muchacha de una sola pierna", este relato comienza antes, cuando Lucía era una jovencita de 19 años y sigue..... pero no digo nada más para no quitarle el misterio a los lectores. A los que les gustó en su día el relato de "La muchacha..........." les gustará éste y a los que no les gustó, quizás le enganche este otro.


Y ahora.........................


LUCIA
Pedro Fuentes
Capítulo I


Cuando tenía 19 años, la vida de Lucía en el pueblo era normal y corriente, Su madre, viuda, trabajaba haciendo limpieza en la casa de unos señores de allí, luego cuando llegaba a casa hacía todo lo que podía, cuidaba de un pequeño huerto, unas gallinas y conejos que tenían; con su trabajo y la venta de huevos y conejos, salían a delante, quería que su hija estudiase algo, no era buena estudiante, en realidad, era bastante lamentable, era una soñadora enamoradiza, así que optó por lo más socorrido entonces, en el pueblo de al lado, a 10 kilómetros mayor que el de ellas; capital de la comarca y con una cierta entidad, había más oportunidades, así que Lucía iba cada tarde en el autobús a una academia donde estudiaba para secretaría, en aquellos tiempos, 1966, aquello era algo de cultura, taquigrafía, mecanografía, redacción, dictado, algo de contabilidad y alguna materia más, era fácil entonces encontrar un trabajo en una oficina para hacer un poco de todo. Había estudiado a duras penas el bachiller elemental y aquello parecía que no le costaría mucho más esfuerzo.
Por las mañanas, cuando se levantaba, si madre se había ido a hacer la limpieza a la casa de unos señores importantes, pero antes de salir, avisaba a su hija cada día.
Lucía, levántate ya, que es hora, barre la casa y tendrías que fregar por lo menos la cocina y el comedor, luego échale pienso a las gallinas y a los conejos, mira que no queden huevos en el gallinero, la “Rojilla” ha cogido la manía de picar los huevos, debe tener necesidad de cal.
Hazlo rápido y luego te pones a estudiar y a hacer los ejercicios. He dejado preparado todo en la cocina para hacer el primer plato, judías y patatas, a la una las pones a la lumbre para que cuando yo vuelva, podamos comer y te marches a Villaluenga más descansada.
Lucía aprovechaba para quedarse en la cama un rato, haciendo volar la imaginación. Su imaginación se llamaba Fernando, era un chico del pueblo y coincidían normalmente en el autobús cada tarde al ir a Villaluenga, habían tardado en hablarse más de dos semanas, tuvo que coincidir que el autobús pinchase para que al bajar mientras esperaban que arreglasen la rueda, chocasen el uno contra el otro al llegar a la puerta. Desde entonces, viajaban juntos y charlaban de sus cosas, él estaba preparando oposiciones para Correos muy cerca de donde ella iba a clase.
Al fin se levantó e hizo los encargos de su madre y luego se puso a practicar la mecanografía con una vieja máquina Olivetti que había conseguido de segunda mano, cuando se cansó, estuvo preparando las lecciones que tocaban de Contabilidad y luego los ejercicios de taquigrafía, su gran fracaso.
Cuando llegó su madre, comieron y Lucía se preparó para irse a Villaluenga, cuando llegó a la parada, estaba ya Fernando esperando, llegó el autobús y subieron ambos, se sentaron de la mitad para atrás y empezaron a charlar, luego Fernando alegando que llevaba retraso en Geografía, se puso a leer el libro correspondiente.
Lucía no era una belleza, tampoco era fea, tenía un encanto especial, era lo que se dice resultona, no era simpática, tenia unas facciones agradables pero un poco seca, los chico no se acercaban mucho a ella, temían que les fuera a dar algún corte, luego, cuando se le conocía era incluso simpática dicharachera, pero la primera impresión era fría y distante.
Fernando, un muchacho tímido y apocado, no tenía ninguna seguridad de que si le preguntaba o decía algo, le fuese a responder con algún corte o desprecio, por lo que medía muy bien las palabras que le dirigía.
Si no te importa, ¿te dejo el libro y me preguntas las poblaciones de la Provincia? Dijo Fernando poniéndose colorado.
Si, dámelo, ¿Cómo me las dirás? ¿Por orden alfabético?
No, como están en el libro, por importancia. Contestó Fernando.
Al darle el libro, sin ninguna intención la mano de Lucía se posó encima de la de Fernando, Los dos se miraron durante un breve espacio de tiempo y él después se puso rojo como un tomate, Lucía sintió el calor de Fernando y un destello iluminó sus ojos, entonces supo que Fernando estaba a su merced.
¡Huy!, perdona, dijo Lucia cogiendo el libro por la página señalada por él.
Fernando carraspeó y fue diciendo las poblaciones con seguridad.
Lucía sonrió y pensó, es la lección que mejor sabe, me ha querido impresionar y a continuación dijo: ¿Te tienes que saber las del resto e las provincias de Castilla la Nueva? Si quieres te las pregunto también.
No, esas todavía no, pero con el tiempo sí, por lo menos las más importantes, por ahora solamente la provincia.
¿A qué hora sales hoy?
A las nueve, contestó ella.
Yo salgo a las ocho, si no te importa te esperaré, además es muy justo para coger el autobús anterior.
De acuerdo, dijo Lucía cuando empezaban a levantarse para bajar en Villaluenga.
Salió Fernando que iba sentado por el lado del pasillo y después, detrás salió Lucía, ésta se hizo la encontradiza y chocó con la espalda de Fernando, el cual sintió las manos en su cintura y un breve roce con sus pechos.
Cuando llegaron a la calle, el muchacho iba rojo como un tomate, Lucía lo miró a los ojos y empeoró la situación, sonrió y le dijo:
Te veo a las 9 aquí, hasta luego.
Fernando balbuceo algo que quizás pudo parecer un: De acuerdo, o un hasta luego o un quizás, o una negación, pero en su cara se adivinó un si como una casa.
En clase le preguntaron las poblaciones a Fernando y no supo decir sino tres de un tirón, pasó una tarde lamentable, no logró reponerse, aquellos roces le habían marcado para toda la vida, en aquellos años, sin ninguna experiencia y con la timidez del muchacho, las cuatro horas que tuvo que esperar a Lucía fueron un martirio chino.
Saliendo de la academia, a veces se iba a un bar al lado de la academia a tomarse una caña o un vino con un compañero, aquella tarde se fue directamente a la parada del autobús y allí se fumó siete “Antillanas sin filtro”, luego, a las nueve menos diez, cuando ya estaba a punto de llegar la joven se puso en la boca un caramelo de menta, entonces vio como se acercaba ella, con una compañera, las dos iban fumando sendos “Bisontes”.
Llegó el autobús y subieron los dos, se sentaron a la mitad del vehículo, donde estaban las primeras plazas vacías.
Lucía, dijo Fernando, yo quería decirte algo, pero no sé si tú…..bueno, es que…….el domingo, por la tarde…. En el Casino hacen baile, yo no sé bailar……, pero si quieres, si te apetece…..¿Querrías ir conmigo? Vamos, si no tienes otros compromisos y te dejan ir al baile…..
Ya te lo diré el viernes, cuando nos veamos aquí, en el autobús, se lo tengo que preguntar a mi madre. Contestó Lucía, sabiendo perfectamente que si le dejaría su madre, aunque tendría que ir acompañada con su prima Rosario, como otras veces.
El viernes, cuando se vieron en el autobús, lo primero que hizo Fernando fue decirle a Lucía:
¿Qué?
¿Que de qué? Contestó ella sabiendo perfectamente lo que decía él.
Que si vendrás al baile.
Si, me ha dicho mi madre que si, pero vendrá conmigo mi prima Rosario, la de casa “el botijero”. Y que a las nueve y media tengo que estar en casa.
Hoy no vuelvo en el autobús, dijo él, salimos más tarde y un compañero al que viene su padre a buscar, me llevará.
Yo salgo a las ocho y tendré que esperar, pero los días que salgo antes, voy con la amiga que me acompañó en otro día a tomar un refresco.
Bueno, si mañana no nos vemos, te espero el domingo a las seis en la puerta del casino.
Vale, hasta el domingo, contestó Lucía.
Cuando salió de clase aquel día, a las siete, se fue con su amiga Rosa hasta el bar de enfrente de la parada del autobús, se tomaron dos coca cola y charlaron un rato.
¿Has quedado con Fernando para el domingo? Dijo Rosa
Si, pero he quedado con mi prima Rosario para que nos acompañe, así si la cosa no me atrae, tendré una excusa para marchar, es tan parado el pobre, figúrate que se pone colorado cuando me va a hablar y si le toco la mano, le entra un temblequeo que ya.
Entonces ¿Por qué has quedado?
Me daba pena, pero tampoco yo se por qué he quedado con él.
Si, pero si le das carrete, lo mismo no te lo quitas de encima, estos chicos le dices algo y tienes un moscardón para toda la vida.
Por eso me llevo a mi prima, lo mismo me lo quita de encima, como ya sabes, está loca por pillar unos pantalones, lo mismo me lo quita y lo devora.
A las dos muchachas se les escapó una carcajada que hizo que todo el bar las mirase.
Cuando eran las ocho menos cuarto, decidieron dejar la conversación y marchar cada una por su lado, Lucía a la parada del autobús y Rosa para su casa.
Hasta el lunes, Lucía, ya me contarás.
Hasta el lunes, Rosa.
En la parada del autobús no había nadie todavía, así que Lucía se apoyó en la barra de la parada y se dedicó a ver los pocos coches que pasaban.
Un Seat 600 color azul oscuro, paró en la parada, el conductor bajó la ventanilla y sacó la cabeza por ella.
¡Lucía!, ¡Lucía!
La muchacha, cuando lo vio dijo ¡Ah! Es usted.
No me llames de usted, si acaso Antonio. ¿Vas para el pueblo?
Si, estoy esperando el autobús, dijo a Antonio, el hijo de la casa donde su madre iba a limpiar.
¡Sube! Yo también voy para allí. Dijo mientras le señalaba la puerta del lado del conductor.
Lucía subió al coche.
Antes de poner el coche en marcha, Antonio sacó un paquete de Marlboro y le ofreció uno a Lucía, ésta lo cogió y esperó a que Antonio le diese fuego, una vez encendidos los cigarrillos Antonio inició la marcha, cuando ya salían del pueblo, él le dijo a Lucía:
¿Irás el domingo al baile?
No lo sé, todavía no he decidido nada, es posible que sí.
¿Quieres que vayamos juntos?
No, ya sabes como son en el pueblo, si te ven entrar juntos ya empieza la gente a pensar lo que no es.
Yo por eso no suelo ir, prefiero coger el coche e irme a otros pueblos de los alrededores, pero el domingo he quedado con unos amigos en el casino, eso no quiere decir que no nos marchemos luego a otro sitio. ¿Vienes todos los días a Villaluenga?
Si, por lo general vengo todas las tardes de lunes a viernes, estoy estudiando secretariado y voy a una academia que hay cerca de la parada del autobús donde me has recogido.
Entre silencios y charlas banales llegaron al pueblo, unas cuatro casas antes de la suya, Lucía dijo:
¡Para! Me bajaré aquí.
¿No vas hasta tu casa?
Si, pero prefiero bajar aquí. Que ya sabes lo que le gusta a las gentes hablar.
Antonio detuvo el 600 y dijo:

Bueno, hasta el domingo si vas al baile.