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jueves, 26 de septiembre de 2019

LA BARBERIA Capítulo III


LA BARBERIA


Pedro  Fuentes


Capítulo  III


Por fin, en 1973, pude tomarme unos días, 20, y me fui, con todas mis notas a la bonita ciudad andaluza, no había descubierto nada verdaderamente importante,  pero si lo suficiente para poder seguir algunos hechos, si su familia, aquellos sobrinos lejanos me quisiesen ayudar.

Me alojé en el mismo hotel que la vez anterior, parecía estar igual, sus flores, sus naranjos, todo era igual, en el mismo centro.

Lo primero que me planteé fue visitar a los dos sobrinos, a él lo había localizado pronto, ella fue algo más difícil, pero también lo había conseguido gracias a mi amigo el policía.

La primera visita fue al local de la barbería, allí todo seguía igual. Luego fui a ver a la sobrina, me pareció que era más accesible, quizás por ser mujer creía que sería más dialogante y además el interés por enterarse de algo sería mayor.

Vivía relativamente cerca de la barbería, en un piso heredado del peluquero, en realidad, fue la vivienda habitual de Rafael, el peluquero.

Era una vivienda unifamiliar, una puerta verde y a ambos lados dos ventanas con rejas adornadas con flores. Llamé a la puerta y me abrió una mujer morena, de unos cuarenta años, la clásica belleza andaluza, peinada con un moño y que parecía sacada de un cuadro de Julio Romero de Torres, entre abrió la puerta y asomó su cuerpo por la abertura, a su espalda se podía contemplar un zaguán y detrás una arcada que mostraba la entrada a un patio fresco y lleno de flores.

¿Doña Paquita González?
                                            
Sí, yo soy, ¿qué desea?

Verá, es una historia muy larga, tan larga que empezó en 1959, cuando yo era un crío. Vine a esta ciudad con mis padres en vacaciones, yo tenía entonces una tía aquí, bueno, pues pasando por la barbería de su tío, que ya estaba cerrada, no sé por qué, mi tía me contó una historia, bueno, nos la contó a todos, pero yo quedé impresionado. Allá por el año 1969, estuve de nuevo aquí y vi que el local seguía igual.
 
Como ya de crío, me gustaban los misterios y éste había quedado en mi cabeza, me puse a investigar, de hecho sigo en ello y me gustaría llegar al fondo del asunto.

Bueno, mi tío desapareció, lo dieron por muerto y ahí se acabó todo, por mi parte creo que no es bueno destapar el asunto ni levantar a los muertos, dijo mientras se santiguaba, estén donde estén, además, yo era entonces muy joven y no recuerdo gran cosa.

A mí me gustaría visitar la peluquería, saber algo de su tío, si dejó algo escrito, no sé, un poco de su vida, en fin, qué pudo pasar por su cabeza o qué ocurrió.

Ya le he dicho, yo no sé nada, además, fue mi hermano Miguel el que al ser mayor que yo se encargó de todo.

Su tío vivió en esta casa ¿Verdad? ¿No tienen fotos o algún recuerdo?

No, solamente hay una foto de él en el salón y otra de sus padres, mis bisabuelos, que eran los abuelos de mi tío, lo demás, los papeles de la barbería y las cosas personales se las llevó mi hermano.

¿Me deja ver las dos fotos?

Pase, se las enseñaré, pero no hay nada más.

Me franqueó el paso y me llevó al salón, era un espacio grande y amueblado con un aparador muy grande al frente, al otro lado un trinchante precioso, haciendo juego y en medio una gran mesa rodeada por ocho sillas, tres a cada lado y dos una en cada cabecera, en el otro rincón, dos grandes sillones, una mesita en medio y una biblioteca, todo ellos haciendo juego. Encima del trinchante colgadas en la pared, varias fotos, una de ellas donde se veía un matrimonio, ya mayor, él con unos grandes bigotes y ella con un peinado igual al que lucía la dueña de la casa, el parecido era mucho, la foto, como era costumbre en aquellos retratos estaba coloreada.

A los lados, varias fotos más, la propietaria con un hombre, su marido y tres criaturas, en un extremo había una con un hombre, también con bigotes y vestido de uniforme, creo que de guardia de asalto, hecha a las puertas de Retiro madrileño y de principios de los treinta. Al otro lado, una foto de un matrimonio mayor, ya de los años cincuenta, con una cría de unos doce años y un chico de unos veinte, que resultaron ser los padres con los sobrinos de Rafael.

Este salón era de mi tío, no se ha tocado nada, solamente alguna foto más moderna, en realidad aquí no entramos casi nunca.

¿Le importaría darme un vaso de agua? Le dije a la dueña de la casa.

Si, ahora se lo traigo.

Al salir Paquita, me di prisa y me dirigí a la biblioteca para ver los títulos de los libros, muchas veces se sabe algo de las personas por lo que leen.

Allí estaban los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós, varias obras de Pío Baroja y libros de los autores de la generación del 27, otros de historia de la 2ª República y de la Guerra Civil. Cogí uno al azar y vi que sus hojas habían sido leídas e incluso algunas estaban con notas al margen. 

Los dejé rápidamente y en ese momento entró Paquita con un vaso vacío y una jarra con agua.

Son ustedes unos grandes lectores.

Sí, mi marido sí, pero todos estos libros eran de mi tío.

Bueno, pues no la molesto más, iré a ver a su hermano ¿Cree que me podrá ayudar?
No lo sé, no hablamos de mi tío, hace muchos años, quizás 5 que no tocamos el tema.
Bueno, muy agradecido por todo, ha sido usted muy amable, doña Paquita.

Adiós, no sé su nombre
…..
Fuentes, Pedro Fuentes. Encantado de conocerla y gracias por su amabilidad.

Sabía que llamaría a su hermano y quería que hablara bien de mí.


Como ya era casi la hora de comer, entré en un mesón típico y me tomé un Moriles con unas aceitunas, luego me fui a un restaurant cerca del hotel, donde sabía que se comía bien y pedí un salmorejo con berenjenas empanadas  fritas y un estofado de rabo de toro, todo ello regado con vino de la tierra, luego me fui al hotel y dormí una buena siesta.

jueves, 19 de septiembre de 2019

LA BARBERIA Capítulo II


LA BARBERIA

Pedro  Fuentes

Capítulo  II


En 1969, cuando ya tenía veintiún años, con un grupo de amigos hicimos una excursión de cuatro días a Andalucía, a varias capitales, mis recuerdos de hacía diez años, dormían el sueño de los justos, cuando paseando por aquella ciudad, de pronto algo me sorprendió, allí, frente a mí, había una reja que cerraba un local que parecía abandonado y en los laterales del escaparate se podían divisar todavía los restos inclinados de tres colores, blanco, rojo y azul, encima, donde en su día había unas letras pintadas, a duras penas y con mucha imaginación se podía leer “BARBERIA”.

Mi amigo y compañero de viaje, Antonio, me estiró del brazo y me dijo:

¿Qué te pasa? Parece que hayas visto un fantasma.

Si, lo he visto, delante de mí hay un recuerdo que me impresionó hace diez años, un misterio que aún creo está sin resolver, lástima que mis notas las tengo en Madrid, pero antes de irnos, quiero hacer unas averiguaciones, nos veremos en el hotel a la hora de comer.

Me dirigí a la acera de enfrente y entré en un bar que había, me acerqué a la barra y al camarero mayor que vi le dije después de pedirle un cortado:

¿Lleva usted mucho tiempo aquí, en este bar?

El camarero asintió con la cabeza.

¿Vio alguna vez esa peluquería de enfrente abierta?

No, cuando yo llegué  llevaba unos tres años cerrada.

¿Sabe lo que pasó en ella?

Bueno, creo que nadie lo sabe, he oído muchas cosas en este tiempo, pero de verdad, no sé nada serio, la gente hablaba mucho entonces, se dijeron muchas barbaridades, el caso es que el dueño desapareció pareció tragárselo la tierra, pero eso ha pasado muchas veces y no ha tenido que ser un crimen, de pronto a uno se le cruzan las ideas y decide cambiar de vida y hacer lo que hasta entonces no ha hecho. ¿Quién en esta vida no ha querido nunca romper con todo y empezar de nuevo en otro lugar y de una forma distinta?

Sí, pero entre otras cosas, a mí me contaron una historia algo distinta a los dos o tres años de cerrarse la barbería, me hablaron incluso de una gran mancha de sangre y de que nadie quiso comprar el local, pese a que era un buen local y en un sitio inmejorable.

Yo no estuve nunca dentro, pero he conocido a gente que si estuvo y me han contado que la mancha, podía ser hasta una enfermedad del mosaico, lo que pasa es que en esta tierra la gente es muy supersticiosa y empezaron a hablar de un crimen horrendo, de una oreja en la papelera, trapos manchados de sangre, historias de crímenes pasionales, total, que a los herederos les hicieron la puñeta.

Decidí que hasta que no volviese a Madrid y recogiese mis notas, no podría seguir la investigación, pese a ello, entré en varios comercios de los alrededores en los que se notaba que no se habían hecho muchos cambios y en los que había personas algo mayores que yo. El resultado fue más o menos el mismo, así que volví al hotel con mis compañeros y de nuevo aparqué el asunto hasta una nueva y mejor ocasión, aun a sabiendas de que todo el tiempo que transcurriese, corría en mi contra para esclarecer los hechos.

Llegué al hotel y me reuní con mis compañeros, comimos y decidimos hacer la siesta una hora para luego salir de nuevo a ver la ciudad.

Me estiré en la cama y no pude dormir, así que cogí unas hojas de papel y bajé a la terraza del bar, un precioso patio andaluz que en el tiempo que estábamos parecía el vergel que pintaban los poetas andaluces.

 Un penetrante olor a azahar, mezclado con el aroma embriagador de los claveles floridos, el color de los geranios rojos y blancos eran una lujuria de olores y colores, mi amigo Vicente se habría pasado horas enteras componiendo poesías sobre la belleza de aquel patio.

Pedí un café y me puse a escribir todo lo que había investigado por la mañana y los recuerdos de mi visita anterior.

Cuando llegaron mis amigos, yo ya había tomado una resolución, volvería a Madrid, reuniría todos mis apuntes y junto con un conocido, sub inspector de la policía, indagaríamos si era posible, sobre los desaparecidos en las fechas que se “ausentó” el barbero y qué se había conseguido, luego, aprovechando unas vacaciones, volvería a seguir sobre el terreno los datos que consiguiese.

Salimos a pasear por la ciudad, visitamos el barrio judío, un museo que nos quedaba por ver y luego estuvimos tomando los finos de la región, como en el hotel solamente teníamos media pensión, con unas cuantas tapas típicas nos dimos por cenados, más tarde nos dedicamos a recorrer la ciudad de noche.

Al día siguiente, domingo, nos levantamos tarde y nos marchamos para Madrid, pararíamos una vez en Despeaperros,  para contemplar aunque fuese poco el extraordinario  parque Natural y comer sobre la marcha para luego enfilar la carretera Nacional 4 y llegar a media tarde a casa.

Cuando llegué a mi casa, antes de deshacer la maleta, fui a por el  baúl de los recuerdos y busqué el libro de notas, allí estaba, ligeramente ajado por el paso de unos 10 años, pero se podía leer con claridad, estaba escrito con una pluma Parker y se notaba en la letra el paso del tiempo, aquel cuaderno lo había terminado en 1959.

Todo estaba allí. Me preparé un bocadillo y una cerveza, me senté en la mesa y me dispuse a releer todo y hacer un esquema resumen de todos los hechos
.
Al día siguiente llamé al policía y éste me dijo que intentaría hacer algo, yo, por la tarde, después del trabajo, me fui a la Hemeroteca Nacional a intentar leer los periódicos de aquellas fechas.

Pocos datos pudimos conseguir, efectivamente el barbero había desaparecido y después de las gestiones correspondientes, se le dio oficialmente por muerto, con lo cual sus herederos, dos hermanos, hombre y mujer, sobrinos en segundo grado hicieron las gestiones correspondientes para heredar.