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jueves, 17 de septiembre de 2020

EL ENTIERRO (Capítulo I)




EL ENTIERRO



Pedro Fuentes



CAPITULO I



Hace ya bastantes años, en el pueblo donde vivía, para ir al cementerio, había que pasar por delante de mi casa.

Entonces  un entierro era un acontecimiento social.

A veces, por los acompañantes, sabías quién se había muerto, otras veías con quién se hablaba o no el muerto, alguna vez vi a la viuda enlutada y llorosa siguiendo al coche fúnebre y al final, medio a escondidas veías a “otra viuda” que confirmaba el “vox pópuli”.

Otras te dabas cuenta de que a partir de la tercera o cuarta fila, se contaban chistes, si había sobrinos lejanos, llorando había herencia por medio, en fin, el balcón de mi casa era toda una cátedra de observación y psicología del género humano
.
La calle empezaba una pequeña cuesta a partir de mi casa, con lo que teniendo en cuenta que hasta el Camposanto había todavía unos 2.500 metros, era parada obligada para coger aire y poder llegar arriba sin asfixiarse.

En aquellos tiempos, había muy pocos coches, además era costumbre  llevar el féretro en un coche fúnebre más o menos elegante según el poderío económico y aparente de la familia.

Delante iba un sacerdote, todos lo llevaban, hasta los ateos más recalcitrantes, acompañado por un par de monaguillos, a veces más y si era un entierro de postín llevaba tres curas, varios sacristanes y media docena de monaguillos.

Inmediatamente detrás iba el coche, a continuación la viuda o el viudo, de estos hay menos normalmente, y luego los familiares, por orden de mayor a menor grado, luego los amigos o amigas y detrás los conocidos, empleados, sirvientes y ya los curiosos y los “amigos de los entierros” u otros “familiares no reconocidos”

Yo era entonces un crío, uno de esos críos callados, de mirada lánguida que parecía no fijarse en nada, pero que oía y procesaba todo lo que entraba en su cerebro.

Muchas veces, ahora, con mi madre, y mis hermanos mayores, soy yo el que se acuerda de esos pequeños detalle e incluso, a mis años, he reconocido trastadas que quedaron impunes por falta de culpable.

 Con esto quiero decir lo que ya he dicho, un entierro era un acontecimiento social digno de estudio.pero nada tan importante como el entierro que os voy a contar.

 Viví de pequeño la primera parte, la más importante, pero años más tarde, por mi manía de coleccionar historias, para estar más documentado y ceñirme a los hechos, contacté uno de los protagonistas principales y me contó su historia.

Cuando el sacerdote y los dos monaguillos, pararon delante del balcón en el que yo estaba, todo hacía presagiar un entierro normal, el sacerdote, como tenía por costumbre, hacía la paradita para respirar y coger fuerzas para la cuesta, pero aprovechaba el momento para pedirle a los monaguillos el acetre y el hisopo.

 Con ellos se puso al lado derecho del coche fúnebre, una plataforma con cuatro columnas que sujetaban el techo, que terminaba a cuatro vientos y en el vértice central una especie de jarrón con un penacho negro.

Mojó el hisopo en el acetre del agua bendita y mientras recitaba un responso bendecía el ataúd negro azabache.

Desde la posición que yo estaba pensé que el coche se había calado, porque todo él tembló en el momento que el cura lanzaba agua con el hisopo en todas las direcciones.

Para mi gran fantasía, luego, cuando vi el humo en el tubo de escape, pensé: “La caja se ha movido”.

El sacerdote se colocó delante del coche y siguió la marcha, detrás, la viuda, de unos cuarenta y tantos años y de buen ver, acompañada de unas amigas, no tenía más familia, suspiró y sollozó detrás de unas gafas negras y emprendieron la marcha.

Cuando la cuesta empezó a ser más fuerte, lo vi claro, la caja se volvió a mover. Cuando lo dije en voz alta, alguien por detrás me dio un capón de campeonato y me dijo:

 ¡Calla, coño! que no dices sino tonterías.

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿DONDE ESTAS, AMOR? Capítulo IV)



¿DONDE ESTAS, AMOR?


Pedro  Fuentes


Capítulo IV


El martes, que por casualidad era además trece, a las cuatro y media de la tarde se reunieron las cuatro amigas en casa de Carmiña, primero tomaron café y luego pasaron a una habitación pequeña, oscura, iluminada por una docena de velas, en medio una mesa redonda, tipo camilla y encima el tablero de la “ouija”, al lado un vaso pequeño, de los usados para ron en los bares.

En el techo, encima de la mesa un espejo circular reflejaba las luces de las velas. En una especie de trinchante que había en la pared del fondo se encontraba extendida la camiseta de Canillo, el delantero centro del Mensajero, alrededor varias imágenes y un cuadro con una foto del difunto Federico flanqueada por dos velas rojas.

Entraron las cuatro amigas y se sentaron alrededor de la mesa en cuatro sillas que a tal fin se encontraban allí.

Mientras os acostumbráis a la penumbra, os vuelvo a repetir que todas las preguntas las haré yo, ya las tengo preparadas para que sean breves y concisas.

No os asustéis, no pasa nada, no habléis ni gritéis porque podemos enfadar a los espíritus y entonces la podrían tomar con nosotras y castigarnos.

Tú, Aurora te sentarás a mi derecha, pondremos el dedo índice de la mano derecha encima del vaso invertido, tocando cada una con la punta el culo del vaso.

Con la mano izquierda, abierta tocareis con los dedos índice y corazón el tablero hacia el centro de la mesa procurando que no se mueva
.
 Este tablero lo conseguí en Galicia, perteneció a una buena mujer que murió quemada en la hoguera porque la acusaron de bruja. Dijo Carmiña y continuó:

Si no hay ninguna duda poned vuestras manos como os he dicho y empezaremos.

¿Estamos todas tranquilas?

Las cuatro asintieron con la cabeza.

¿Estamos relajadas?

Nuevamente asintieron.

Sabéis que estamos aquí para invocar el espíritu de Federico o de algún amigo que nos pueda informar.
¡Yo te invoco Federico para que te acerques!

¡Federico! ¿Estás aquí?

Nada pasó, Aurora repitió por tres veces la pregunta y no pasó nada.

¡Yo te invoco a ti, espíritu desconocido para que me informes de Federico!

La llama de varias velas se movieron impulsadas por una corriente de aire frío que giró en redondo sobre las cabezas de las cuatro mujeres.

¿Hay alguien aquí? Preguntó Carmiña.

El vaso movido como por un resorte se desplazó hacia el ángulo superior derecho donde podía leerse
“SI”

¿Eres amigo?

El vaso giró sobre sí mismo sin moverse del “SI”

¿Eres Federico?

Ahora el vaso se desplazó al extremo inferior izquierdo donde ponía “NO”
¿Conoces a Federico?

El vaso volvió al “SI”

¿Lo has visto recientemente?

“SI”

¿Está cerca?

“SI”

¿Podrá venir?

“NO”

¿Podremos verlo pronto?

“SI”

¿Dónde?

El vaso pareció volverse loco yendo de letra en letra:  C I R C O  D E  M A R T E  R I Ñ A  D E   G A  L  L O S

¿Cuando?

Nuevamente el vaso empezó el baile:  D O M I N G O  1 8  T A R D E

¿Cómo lo veremos?

E L  O S  V E R A. Comunicó el vaso y siguió: L L E V A  C A M I S E T A  C A N I L L O.

Carmiña le preguntó nuevamente. ¿Está bien?

El vaso ya no se movió.

¿Te has marchado?

Nada, ningún movimiento del vaso.

¡Chicas! Esto se ha terminado.

Se levantaron de la mesa y salieron de la habitación, Aurora lloraba sobre la camiseta de Canillo.
Carmiña sirvió agua fría para todas y se pusieron a organizar el domingo y a pensar qué le dirían al marido las dos casadas.

Las cuatro mujeres llegaron al Circo de Marte el domingo a las cuatro de la tarde, todas llevaban gafas de sol y procuraban pasar desapercibidas y que nadie las conociese. Pidieron un palco y allí medio se escondieron, pusieron a Aurora delante con su camiseta de Canillo y esperaron.

Empezaron las peleas, nadie parecía mirar a los palcos, en esto la puerta se abrió y asomó un hombre que se le notaba algo bebido.

Perdón, me he equivocado, buscaba el lavabo.

En ese momento ya empezaba la quinta riña, pesaron a los gallos, les echaron unas gotas de limón en los laterales de los picos, los azuzaron el uno contra el otro y a la señal del árbitro los soltaron, el uno blanco y de nombre Tenisqueño, el otro colorado y por nombre Brutus
.
Al primer picotazo de Brutus, Tenisqueño debió pensar que más valía vivir sin honra que morir desangrado y pegó un salto y un revoloteo y fue a caer en la falda de Aurora.

Aurora gritó: ¡Federico, amor mío, has vuelto!

FIN

jueves, 3 de septiembre de 2020

¿DONDE ESTAS., AMOR? (Capítulo III)




¿DONDE ESTAS, AMOR?



Pedro  Fuentes



Capítulo III



Al año siguiente, cuando amanecía la primavera, Aurora comenzó a ponerse ropa de alivio, los amigos se habían portado muy bien con ella, vinieron sus hijos y ella se fue luego a Madrid donde pasó un mes, luego tuvo que hacerse cargo de la agencia y del resto de las cosas, había trabajado en una oficina cuando era soltera, pero ahora todo era distinto, Rogelio le ayudó muchísimo, le buscó una persona de confianza para que la pusiese al día mientras le llevaba la agencia.

 Carmiña estuvo siempre a su lado.

Sus hijos le llamaban y viajaban a La Palma siempre que podían, la Navidad de aquel año la pasó en Madrid en casa de su hijo y en compañía de la hija que también llegó.

Aquella Navidad fue muy triste salvo dos noticias, su nuera estaba embarazada del que sería su primer nieto y su hija les había anunciado que para el verano siguiente en septiembre, se casaría con Otto, un novio alemán que tenía; y se casarían en La Palma, en la Basílica de la Virgen de Las Nieves.

Con lo de la boda de María Fernanda se abrió un mundo nuevo para Aurora, ella era la encargada de prepararlo todo, luego, para septiembre llegarían la niña y su novio, para terminar de montarlo todo, en los últimos quince días, una semana antes empezaban a llegar los familiares del novio y varios amigos, de estos las invitaciones las mandarían desde Alemania, el resto le dejaron la lista de invitados a Aurora, más los que ella añadiera.

Además, para finales de junio nacería el niño de Eloy y Enriqueta, Aurora quería estar en Madrid por esas fechas
.
Los acontecimientos más importantes de su vida actual y Federico no estaba para disfrutarlos junto a ella.

Cuando llegaba la noche, cuando dejaba la rutina y el trabajo cotidiano empezaba a sentir la soledad y a llorar a su amado esposo, era como era, pero ella lo quería.

Una tarde que había invitado a Carmiña a su casa para merendar, llegó ésta más sonriente  que nunca.

Nada más entrar le dijo:

Aurora, ¿Sabes que Amanda ha encontrado los sellos?

¿Si? ¿Dónde estaban?

Hicimos una “ouija” y logramos que apareciera el espíritu de su marido, le preguntamos varias cosas, no tenía ninguna amiga, los sellos estaban en un cajón secreto que tenía la mesa de su despacho.

Menos mal, quería tirarla porque era muy vieja y tenía carcoma.

Creo que es el momento de hacer la “ouija” para ver si tu marido aparece.

 ¿No querías saber si se ha reencarnado?

No sé, me da miedo jugar con esas cosas, total, ya descansa en paz y hay que dejar que los muertos reposen.

No pasa nada, lo hemos hecho muchas veces, incluso a Rosario ahora le encanta y si vieras las preguntas que hace, se dedica a cotillear haciendo preguntas indiscretas.

La haremos en casa, que tengo una salita ya preparada donde no cuesta nada relajarse y concentrarse, pero tenemos que esperar que mi marido tenga que ir a Tenerife, porque no le gusta que haga eso.

Pasaron tres semanas en las que las dos amigas se dedicaron a elegir ropas y complementos para la boda de María Fernanda, incluso prepararon un viaje relámpago a Tenerife para ver cosas, luego las invitaciones, lo tenían todo controlado.

Rogelio volvió un día del banco y le dijo a Carmiña: El martes tengo que irme a una reunión a Tenerife, bueno, más que una reunión, estaré tres días fuera.

Carmiña llamó a Aurora y le dijo:

Aurora, prepárate, el martes a las cinco de la tarde haremos la reunión seremos Amanda, Rosario, tú y yo, Amanda y Rosario ya han hecho varias y saben estar y concentrase.

Yo te iré explicando lo que haremos durante estos días y así el martes iremos al grano.

Solamente trataremos de lo tuyo, sería conveniente que trajeses alguna cosa que fuese de él exclusivamente, algo a lo que tuviese un cariño especial ¿Hay algo?

Si, ya sé, la camiseta de Canillo, que marcó el gol de ascenso a tercera división, firmada por todo el equipo del Mensajero.

miércoles, 26 de agosto de 2020

¿DONDE ESTAS, AMOR? (capitulo II)




¿DONDE ESTAS. AMOR?


Pedro  Fuentes


Capítulo II



Entraba y la primavera en La Palma, se mostraba exultante, por todos lados aparecían flores, la humedad que venía del Atlántico chocaba contra las montañas e inundaba de pequeñas gotas de humedad los bosques de pino canario, tilos y laurasilvas, bajo los cuales crecían los helechos.

Aurora y Federico tienen una pequeña finca en Breña Alta y allí pasan los fines de semana, bueno, mejor dicho, Aurora, porque Federico tiene que ir a la oficina el sábado y el domingo, después de comer se marcha al fútbol, aunque alguna vez que otra marchan a Tazacorte a comer.

Aquel domingo por la mañana el matrimonio pasea por entre los frutales y aguacates que tienen, luego pasan por el pequeño huerto de tierra negra volcánica, Aurora anda colgada del brazo izquierdo de su marido y no para de hablar.

¡Federico! ¿Sabes que Carmiña cree en la reencarnación?

Si, hombre, dice que cuando morimos nuestro espíritu vuelve a la vida en otro ser vivo y depende de lo bueno o malo que hayas sido vuelves a la vida en un ser más perfecto, desde un animal a una persona mejor.

¿En qué te gustaría reencarnarte? Preguntó Aurora

Yo en político, para vivir sin dar golpe y forrarme y ¿tú?

Yo en adivina, para saber si estás pensando en mí cuando no estás conmigo.

Pero de qué me sirve que te reencarnes si no sabré de ti.

Si, mujer, sabrás de mí, si muero antes que tú iré a donde estés y te mostraré mi presencia con algo que sepas que soy yo, por ejemplo con un balón de futbol, o una camiseta del Mensajero, tú tienes que estar atenta, además, puedo volver en cualquier momento, así que cuidado con lo que haces.

Según dice Carmiña, porque me leyó el tarot, yo viviré muchos años, más que tú. El próximo día que nos veamos le diré que te eche las cartas.

De eso nada, a mi no me interesan esas cosas, además, son una idiotez, no creo semejantes tonterías, no sé yo lo que voy a hacer esta tarde y ella va a saber mi futuro.

Lo que tienes que hacer es dejar esas tonterías.

El otro día en su casa queríamos hacer una “ouija” pero al final Rosario, la del farmacéutico se puso nerviosa y acabó histérica porque Amanda quería ponerse en contacto con su difunto marido ¿Sabes qué quería saber? Dónde guardó aquello sellos que valían tanto y que todavía no han encontrado, y eso que ya va para tres años que murió el marido. Amanda dice que espera que no se los haya dado a esa amiga que murmuran que tenía, dice que si fuese así lo sacaría del panteón familiar.

¿Y tú qué querías preguntar?

Si guardas sellos u otra cosa de valor y dónde los tienes, pero como todavía no estás muerto no se puede.

Recogieron unos tomates, una lechuga, unos rábanos y un par de pepinos y se fueron para la casa.
Aurora se metió en la cocina y Federico se sentó en la terraza a leer el periódico, una vez allí dijo: ¡Cariño! ¿Me pones un whisky con mucho hielo y unas almendritas saladas?

Si, amor, ahora te lo pongo, ¿Quieres también unas patatitas fritas?

No, cariño, que se me quitará el hambre.

Dos semanas después, viniendo desde El Paso, donde había ido a alquilar un apartamento y de camino a tomar unas copas con unos amigos, antes de llegar a Fuencaliente por lo visto se despistó, se salió de la carretera y se estrelló contra un eucalipto del margen, cuando lo recogieron todavía respiraba, llegó cadáver al hospital.



viernes, 14 de agosto de 2020

¿DONDE ESTAS, AMOR? (CAPÍTULO l)





¿DONDE ESTAS, AMOR?

Pedro Fuentes


Capítulo I


Aurora, próxima a cumplir los cincuenta y cinco, está casada con Federico y viven en La Palma, Islas Canarias.

Tienen dos hijos, el mayor, Eloy, de treinta años, vive en Madrid con su mujer, Enriqueta.

Marchó a estudiar allí, la conoció a ella y acabados los estudios encontró trabajo y se casaron
.
María Fernanda, la pequeña, de veinticinco años, terminó los estudios de veterinaria, le dieron una beca y anda por Alemania, le quedan dos años para volver, pero dice que si encuentra un trabajo, se queda allí, pese al frío que pasa.

Federico tiene una agencia inmobiliaria de alquiler y venta de apartamentos en Puerto Naos, cerca de Los Llanos de Aridane, ellos residen en Santa Cruz y él va y viene cada día, por lo que pasa mucho tiempo fuera de casa.

Aurora, que ha permanecido toda la vida en casa, al cuidado de sus hijos y su marido, ahora comienza a sentir el síndrome del nido vacío, aunque ha intentado llenar su tiempo con gimnasio y actividades diversas junto con su grupo de amigas.

Federico, hombre trabajador, pero algo mujeriego, siente que su vida ya comienza a declinar y se agarra a ella con todas sus fuerzas, así que con la excusa del trabajo y del futbol, gran seguidor y de la Junta directiva del Club Deportivo Mensajero, club de tercera división y eterno rival y enemigo del Sociedad Deportiva Tenisca, sobre todo después del año 1.983, aunque los años que han coincidido en la misma categoría tampoco han sido poca cosa, pero de esto ya hablaremos en otro relato.

Físicamente Aurora no representa la edad que tiene, debido al culto al cuerpo y la gimnasia, e institutos de belleza, casi se podría decir que aparenta unos cuarenta y siete u ocho, siendo la envidia de muchas de sus amigas.

Estas envidias habían lanzado comentarios de muy mala idea, haciendo creer a quien las escuchaba que Aurora se cuidaba tanto porque algo tenía que ocultar.

Todo era fruto de las envidias y mal hacer de gentes que en muchos casos no tenían nada que hacer o que así ocultaban sus propios pecados.

No había nadie en La Palma que pudiese decir nada malo sobre Aurora, al contrario, era tan inocente que no sospechaba ni de su marido, al que seguía queriendo.

Federico aprovecha cualquier situación para montarse alguna juerguecita que otra, pero si hay mujeres por medio, es bastante prudente y discreto y no se le conocen escándalos.

Diferente es cuando las juergas se refieren al futbol o a alguna que otra botella de whisky de más.
Por aquellos tiempos, llegó a La Palma un director de banco ya establecido en Santa Cruz.

Federico, cliente de este banco y por el que pasan muchas de sus operaciones, no tardó en conocerlo e invitarlo a él y a su esposa a su casa a cenar.

Fue una velada agradable y las dos mujeres congeniaron desde el primer momento, la esposa del director, Carmiña, gallega, y Aurora, de aproximadamente la misma edad, encontraron un montón de temas en común, las dos además estaban en la misma situación con los hijos, los de Carmiña, dos varones, se quedaron en Galicia porque están a punto de terminar sus respectivas carreras y pensaron que sería mejor seguir hasta el final en Santiago de Compostela.

Aurora pronto ha empezado a presentar a Carmiña en su círculo social.

En La Palma, cuando alguien llega, y si es de la península mejor, se le abren todas las puertas, hasta que por lo menos se sabe vida y milagros del forastero, luego, si es soltero o soltera, hay que intentar casarlo lo antes posible, un dicho de La Palma es que no tiraban paracaidistas porque no volvía ninguno.

De igual forma, Federico empezó a llevar a su nuevo amigo, Rogelio primero al local social del Mensajero, luego al Casino y luego a la puerta del local del Tenisca para decirle donde no podía ir nunca.

Rogelio no era muy futbolero, pero además por su cargo tampoco le interesaba tomar bando por una parte de la ciudadanía, así que se alejó un poco de la afición al futbol de su nuevo amigo.

A Carmiña le gusta jugar con las cartas del tarot y aprovecha muchas ocasiones para “leer la mano” de sus nuevas amigas, e incluso les insinuó que más adelante harían una “ouija”.

Esa novedad les encantó a sus nuevas amigas.

jueves, 13 de agosto de 2020

EL NAUFRAGO DE SAN BORONDON (Capítulo IV)


EL NAUFRAGO DE SAN BORONDON




Pedro  Fuentes



Capítulo IV


 El doctor D. Benigno, le dijo al náufrago que le llamaría Diego a partir de entonces, se lo llevó a su casa y lo puso a su servicio, según lo hablado con Diego, D. Benigno llegó a la conclusión de que tendría unos setenta y dos años, una vez cortado el pelo y las barbas, y curadas las llagas del sol, parecía otra persona, además, estaba delgado y musculoso, por lo que parecía más joven.

Cada tarde, cuando el doctor dejaba de trabajar se reunía con Diego y éste le explicaba cómo era su vida en San Borondón.

El doctor, que siempre dijo que San Borondón era un espejismo, empezó a creer en el mito, incluso empezó a tomar notas y publicó algunos relatos basados en las vivencias de Diego.

Una tarde, D. Benigno le preguntó: ¿Cómo hiciste la canoa en la que viniste y que tenemos guardada  en el cobertizo?

No la hice, la encontré en una cueva, al lado de la que caí, era más grande y accesible, estaba tapada con hojas de unos helechos gigantes que había en la isla, el cuero de que está hecha, no es de cabra, es de vaca y por allí no hay, además, está forrada con brea, que tampoco hay por allí.

Al lado de donde estaba había como un altar con una cruz en medio, parecía un altar y había unas  inscripciones en un idioma que yo no conocía. Las maderas parecían tener cientos de años, pero allí, en esa cueva parecía que todo se conservaba bien, incluso encontré unos frutos que me hicieron sospechar que había alguien más en la isla y que me hizo estar un tiempo escondido vigilando la cueva
.
Don Benigno se fue a la biblioteca y rebuscó por todos lados hasta encontrar un libro con grabados de la leyenda de San Brandán, luego encontró unas escrituras y signos celtas, se lo enseñó todo a Diego y éste reconoció parte como los grabados del altar, eran celtas y latín.

El doctor ya no tuvo dudas, alguien había estado en la isla mucho antes y todo hacía parecer que la leyenda de San Brandán que daba nombre a la isla, por lo menos era auténtica.

Otro día, le preguntó si había explorado más cuevas y Diego le contó:

Al costado de donde estaba el altar, había una cueva cuya entrada era muy estrecha, yo, notando que por allí entraba mucho aire y que se veía luz, ayudado por palos y piedras, ensanché la entrada, una vez pasada ésta, se fue agrandando y llegó a una gran nave, en el fondo había un pequeño lago, era agua salada, Me tiré a nadar en él y vi unas piedra blancas, no pudo coger ninguna porque parecían sujetas al fondo, por la marca en las orillas del lago, me di cuenta de que allí dentro también había fuertes mareas, por lo cual sospeché que estaba comunicado con el mar abierto.

No tuve más que esperar a que bajase la marea, cuando ocurrió vi las piedra al completo, eran blancas y brillantes, muy pulidas, la mayoría eran columnas, había a cientos, eran como una iglesia pero rodeadas de gradas, también de aquel material blanco brillante.

Don Benigno buscó otros libros y le enseñó a Diego un grabado de la Grecia clásica.

Si, así era todo, dijo Diego.

El doctor dio un  respingo de alegría, había descubierto la existencia de la Atlántida.

FIN

jueves, 6 de agosto de 2020

EL NAUFRAGO DE SAN BORONDON (capítulo III )




EL NAUFRAGO DE SAN BORONDON


Pedro  Fuentes



Capítulo III



Durante el camino por la carretera serpenteante pero bien arreglada, gracias a los buenos años de la exportación de plátanos y tomates, que une a Tazacorte con Los Llanos, el anciano, no dejaba de balbucear palabras de las que solamente se entendía Borondón y Cruz del Sur.


Pronto llegaron al pequeño hospital que estaba atendido por monjas y recién terminado de construir.
 
Bajaron al náufrago y lo alojaron en una habitación pequeña e individual, ya que el doctor quería que no se le molestase para nada hasta que recobrase perfectamente la conciencia.

Pidió que lo lavaran y limpiasen las llagas de las quemaduras del sol. Después le dieron una cena suave y lo dejaron dormir hasta la mañana siguiente.

Al día siguiente, cuando despertó, ya entrada la mañana le avisaron que el hombre había despertado.

El doctor llegó a la habitación y acercó una silla a la cama, el anciano quería levantarse, pero el médico le tranquilizó y le explicó que tendría que ser poco a poco para no marearse y le pidió que le respondiese a algunas preguntas, si las sabía.

¿Sabes como te llamas? Le preguntó.

Todos en los barcos me llaman “Chino cocinero”

¿De dónde eres?

No lo sé, vivía en una isla, creo que se llamaba Terfe o algo así.

¿Tenerife?

Si, creo que sí, era cocinero, un día huí de mi casa ya que allí no recibía sino golpes y patadas.
 
Me enrolé en un  barco de grumete.

En uno de los barcos que estuve,  un marinero se quiso aprovechar de mí,  lo empujé cuando íbamos de Cádiz a Tenerife y cayó al mar, desapareció.

El capitán me iba a entregar a las autoridades.

Antes de entrar en el  puerto me tiré por la borda y llegué nadando.

Me escondí unos días y cuando vi el Cruz del Sur pedí enrolarme.

 Al saber que era cocinero, el  capitán, el señor   Mendes, un portugués amable me dijo que sí.

No sabía hacia donde zarpábamos, luego supe que el barco lo había fletado un inglés que quería
estudiar las plantas, el primer destino era La Palma para coger provisiones y agua. Después salimos rumbo a lo desconocido, cuando supe que íbamos a buscar una isla que nadie había visto y que los marineros creían que era maldita, me arrepentí, hubiese sido mejor la cárcel, pero ya no había remedio.

¿Estas cansado? ¿Quieres que descansemos?

No, ahora parece que me acuerdo de cosas.

Nos sorprendió una gran tormenta, pensamos que moriríamos todos, pero cuando  peor estaba la cosa alguien frito: ¡¡¡Tierra a babor!!! El capitán mandó virar y nos dirigimos a una bahía donde quedamos protegidos.

 El barco tenía grandes desperfectos y aquel lugar desconocido nos venía bien.

Pasamos la noche allí, llovía torrencialmente, la mar había  bajado, además, en aquella rada quedamos protegidos  del mar y del viento que nos azotaba por estribor. Las cámaras, sobre todo la del científico y la del capitán estaban medio inundadas.

A la mañana siguiente el temporal había amainado pero seguía lloviendo, eran unas gotas finas pero persistentes.

Mr. Harvey pidió permiso al capitán para bajar a tierra, preparamos un chinchorro y bajamos  cuatro hombres, un marinero de La Palma, el Sr. Inglés, Simón, su ayudante y traductor y yo, recibimos del capitán la orden de no alejarnos de la costa y estar siempre a vista de los que quedaban en el barco, el capitán y dos marineros más que estaban evaluando los daños del barco.

 Nosotros íbamos armados con un fusil y dos pistolas, yo no llevaba armas.

Mr. Harvey tomaba notas de todo lo que veía, a mí, en mi ignorancia, la vegetación me recordaba a la de Cabo Verde y Canarias, dos sitios que conocía, los helechos eran mucho más grandes y los árboles más gruesos y altos, pero eran diferentes a los que yo conocía.

La tierra era como la de Canarias, negra y las rocas eran de volcán.

Vimos cuevas y algunos animales raros y unas cabras, pero no tenían cuernos, nos extrañó que no  asustarse de nosotros, por lo que D. Simón, que hablaba español nos dijo que el científico afirmaba que era porque no conocían humanos, por lo que nos quedamos tranquilos de que no hubiese salvajes.

Yo me dediqué a recolectar unos frutos que no conocía pero que vi que las cabras los comían, eran dulces si estaban maduros y muy amargos verdes, parecía guayabas, también encontré un fruto verde, como si fuese una mano medio cerrada y con unos pinchos blandos, crecía en una especie de nredadera, corté uno por la mitad y parecía como patatas o boniatos pero más blandos, a una de las cabras, que parecía más amigable y que me seguía le di a comer y lo hizo, con lo cual cogí como unas veinte.

Cuando llegamos al barco el inglés estaba alteradísimo, le preguntó al capitán si sabía dónde estábamos, le contestó que no, que con la tormenta había perdido en control del rumbo y las marcaciones, por lo que habría que esperar a que aclarase y a la vuelta para saberlo.

Mientras arreglábamos el barco, del que se había roto el mástil entre otras cosas, montamos en tierra unas tiendas de campaña y allí se quedaron los ingleses y dos de nosotros que nos turnábamos con el arreglo del barco y acompañar las incursiones que hacían el científico y D. Simón. Yo aprovechaba el tiempo libre para recolectar frutos y “patatas de aire” que resultaron muy apetitosas para acompañar las comidas y hacer puré, además logré ordeñar algunas cabras que cada vez eran más confiadas y también pescar. Un día matamos una especie de lagartos pero bastante grandes y la carne resultó apetitosa.

Un día que estaba solo me fui a buscar alimentos un poco más lejos de lo habitual, por unos acantilados, resbalé y caí, tuve la gran suerte de ir a parar encima de unos matorrales, pero perdí el conocimiento.

Cuando desperté no se cuanto tiempo había pasado, le levanté, no parecía tener nada roto salvo un chichón en la frente.

Fui hacia la rada, el barco no estaba, me pareció verlo desaparecer por el horizonte a  contraluz del sol que aparecía, por lo que deduje que debí pasar allí por lo menos un día y una noche.

¿Sabes dónde estabas? Preguntó el doctor.

No, ellos nombraban a San Borondón, pero no lo sabían de cierto, lo que sí sé es que por allí no pasaban barcos, en todo el tiempo que allí estuve, nunca vi ninguno.

¿Qué hiciste?

Pasé varios días llorando y aterrorizado, luego pensé que peor era si me hubiese matado, así que me puse a arreglarme la vida, comida no me faltaba, dónde guarecerme del mal tiempo tampoco, no parecía hacer frío allí, sabía que era una isla porque la bordeamos toda, había mucha agua dulce. En un gran árbol al lado de donde elegí para hacerme una choza, pelé una gran superficie de corteza y empecé a marcar una raya por cada día que llevaba allí.

¿Te apetece que paseemos un rato? Dijo el doctor.

Salieron al jardín y pasearon un rato, hasta que los avisaron para comer.

El hombre parecía recuperarse por momentos, mientras comían miraba al doctor y le contaba cosas de las que le ocurrieron en la isla, no se acordaba bien de donde era.

Recordaba que sus primeros años de vida los había vivido en La Palma, allí pasó su infancia, una infancia humilde, con mucha hambre y sin cariño, recordaba que su padre le pegaba, así que un día se había metido en un barco, se escondió y cuando zarpó y ya no se veía la isla se presentó delante del primer marinero que vio y le dijo que le llevara al capitán que quería trabajar de grumete, tenía entonces nos catorce años, el capitán aceptó y nombró al cocinero, que era chino mi protector y maestro, de ahí me vino el nombre de Chino Cocinero, ya sabe, en los barcos el cocinero, que suele ser chino además tiene que hacer cualquier tipo de faena.

Aprendí a cocinar y ya, al siguiente barco que me enrolé, fui de cocinero, fui a Cuba varias veces y cuando tuve el problema con el marinero al que tiré al agua, me enrolé en el Cruz del Sur con el señor Edward Harvey.

Yo no quise hacerle mal a aquel hombre, me quiso atacar, me aparté y lo empujé, tropezó con unos cabos y salió por la borda, no sabía nadar y se ahogó, como nadie lo vio me quisieron culpar, por eso huí del barco.