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jueves, 6 de enero de 2022

TRAS LA PARED (Capítulo II)

 

 

TRAS LA PARED 

 

Pedro  Fuentes

 

Capítulo II 

 

Una vez comprada la casa, en quince días Rosendo se instaló allí. 

A partir de entonces, cuando se dedicó a charlar con los vecinos, se enteró en parte de la historia de la familia de la casa comprada. 

Un vecino, de unos noventa y tantos años, que cada día, al atardecer, salía de una casa cercana a “La Castañera” que así tenía por nombre la casa que había comprado Rosendo y se sentaba en un banco de tronco que estaba adosado a la pared. Rosendo se presentó al anciano y éste le contaba historias. Esta plaza, le dijo un día, era un carrascal, estaba detrás de la iglesia, último edificio del pueblo. 

Según decía mi bisabuelo, aquí, justo pegado a la iglesia estaba el antiguo cementerio, y toda esta fila de casas, las nuestras, eran el comienzo del carrascal. Justo donde estaba su casa, había una encina centenaria, daba unas bellotas tan dulces que todo el mundo la llamaba “La Castañera”, esto me lo contaba mí bisabuelo, que decía que su padre lo había visto. 

Terminaron cortándola porque como usted sabe, y si no ya lo sabrá, este pueblo tiene tradición de las brujas más famosas del contorno que se escondían y aun hoy dicen que se esconden en las cuevas de los barrancos. 

Pues bien, en la carrasca donde hoy está su casa, que quedaba por fuera de la pared del cementerio, se reunían las brujas de los contornos y con sus hechizos, en las noches de luna y sobre todo en la de San Juan en Junio y la de San Fabián en Febrero, en las hogueras de las ánimas, a los difuntos del cementerio, alguno de los cuales habían aparecido a la mañana siguiente con las tumbas profanadas y los lobos, que entonces había muchos, despedazando los restos. 

Muchos eran los que decían que en las “fogueras” que hacían, saltaban machos cabríos a dos patas poseídos por los demonios y entre estos y las brujas y brujos procreaban íncubos y súcubos. 

Muchas noches, se escuchan las campanas en toque de “alerta” dicen que guiadas por un sacristán que murió hace trescientos años en olor de santidad. 

Aunque yo no las he oído nunca, pero yo duermo como un tronco.

 Otros vecinos le contaron que a veces, al pasar por delante de su casa habían oído lamentos, pero lo achacaban a la gran cantidad de gatos que corrían por el pueblo en los días de celo. 

Al principio a Rosendo le hizo gracia que su casa fuese una casa de leyenda y esto le hacía concentrarse más en su trabajo, los artículos que mandaba vía internet a los periódicos y revistas en los que colaboraba. 

Cuando flaqueaba o el trabajo, o las ganas de trabajar, buscaba por todos lados información sobre las leyendas del pueblo, cosa ardua y difícil, ya que normalmente no eran escritas y las gentes cada vez, con tanta televisión y tanta “modernidad”, no se reunían por las noches al lado de la chimenea o a la puerta de las casas a contar cosas de “brujas”, encima, cuando alguien empezaba, siempre había una madre o un padre “progre” que decía que los niños se iban a traumatizar. Sin embargo, cuando se hablaba de aquellos temas “ocultos” alguna persona mayor decía: ¡ojo! ¡Qué hay ropa tendida! 

Ya nadie conocía esa frase o no importaba que los niños supiesen antes de tiempo lo que no debían de saber. 

Cuando la mujer de Matías se fugó con “el francés”, le contó un vecino, las campanas tocaron a “arrebato”. Matías se volvió huraño y al poco tiempo marchó del pueblo, no podía soportar las sonrisas que provocaba al pasar en algunos hombres, sin embargo, alguna mujer que otra lo quiso consolar. 

Con el buen tiempo Rosendo decidió pintar la casa, para lo cual avisó a un joven que había en el pueblo que se dedicaba a estos menesteres y a chapuzas de albañilería. 

Decidieron empezar por la vivienda superior y según cómo, seguir por el apartamento del bajo. 

Al mover todos los muebles y trastos de la casa, para retirar algunos y apartar otros, Rosendo cogió una escalera que había en la planta baja y la subió para alcanzar la trampilla de la buhardilla. 

Subió a ésta y allí encontró algún que otro mueble, entre ellos un buró antiquísimo y precioso que necesitaba restaurar y decidió que lo bajaría la planta baja para dedicarse en los largos días de invierno. 

También encontró un precioso cuadro al oleo de un rostro de mujer de unos treinta años, una mujer elegante y con una tez blanquísima. Lo apartó para bajarlo. 

Con la ayuda de una mujer del pueblo, se dedicó a sacar todos los libros para poder retirar la librería y a la vez sacarle el polvo a estos. 

La mayoría de los libros eran novelas y se notaba que eran típicos de mujer, por contenido romántico. 

Otros, los que menos, eran de historia reciente de España y el resto relatos policiacos y de misterios. 

A partir de aquel trasiego, Rosendo empezó a oír sobre todo por las noches, ruidos extraños en la casa; al principio lo achacó a que al mover los muebles y pasarlos todos a la sala de estar superior, hasta pintar las habitaciones, el suelo y las vigas se quejaban. 

A la tercera noche, el ruido ya fue mucho mayor, salió de su habitación, la primera en ser pintada y notó que los ruidos venían de la planta inferior, se dispuso a descender y cuando iba por la mitad de la escalera notó como una corriente fría le pasaba rozando el cuello y le erizaba el vello de su cuerpo, pensó que se había abierto la puerta de la calle, pero no era así. 

No vio nada extraño y al subir tuvo la misma impresión pero en sentido contrario. 

Cuando llegó arriba, encontró la puerta de la buhardilla abierta. Pensó que había sido el aire. No le dio importancia a los hechos y tampoco los comentó a los vecinos.

jueves, 30 de diciembre de 2021

TRAS LA PARED (Capítulo I)

 

 

LA MUJER DEL CUADRO 

 

Pedro Fuentes 

 

Capítulo I 

 

 

Cuando Rosendo decidió que ya estaba cansado de vivir en la gran ciudad, buscó una casa en un pueblo; quería algo tranquilo, pero no un pueblo muerto, tampoco quería algo que en invierno no existiera y en verano se colapsara con visitantes e hijos del pueblo que conservaban una casa y volvían cada verano; llenándose todo de gentes de la capital, con hijos a los que dejaban solos porque allí no pasaban los coches de la ciudad. A partir de entonces el peligro eran las bicicletas y todos los sonidos de la naturaleza era apagados por el vociferar de los niños.

Después de mucho mirar se encontró con un pequeño pueblecito de unos ciento cincuenta habitantes y que en verano se ponía en unos quinientos, pero como el pueblo de al lado, unos siete kilómetros, estaba lleno de vida, encanto y atracciones turísticas, a Mieles del Peñón, que así se llama el pueblo van pocos turistas. Rosendo, que se dedica a escribir; y según él, se retira para crear su mejor libro, un relato que lleva rondando por su cerebro y que no termina de cuajar porque necesita un sitio tranquilo, al fin lo encontró en Mieles del Peñón, fue a visitar a unos amigos al pueblo de al lado y estos lo llevaron de excursión a comprar miel, el producto más conocido y natural del pequeño pueblo. 

Por casualidad vio un pequeño cartel en un balcón que decía “se vende” y un teléfono de la capital, estaba situada la casa en la pequeña plaza del pueblo, a espaldas de la iglesia. 

Más allá de la plaza, al final de ésta había un pequeño muro que servía de asiento y tras él la montaña y la vista del peñón que daba nombre al pueblo, más arriba una ermita y campo, mucho campo.

La casa, situada entre varias más que había en la plaza, y todas habitadas incluso en invierno fue lo que le impulsó a llamar por teléfono, además de un algo irresistible que le habían contado de aquel pueblecito, varias leyendas salidas de la más remota historia; aquel pueblo fue siempre, según las citadas leyendas, pueblo de brujas famosas en el entorno que le rodeaba, allí se celebraba incluso una fiesta tradicional de varios siglos en la que se procesionaba con calaveras y calabazas imitándolas, con velas en su interior las noches cercanas a la de difuntos, a modo de predecesor del moderno halloween. 

El propietario resultó ser un señor de avanzada edad, recluido en un asilo en la capital, con sus facultades mentales reducidas y cuyo administrador era su hijo, el cual quedó con Rosendo para la semana siguiente. Al entrar de la calle en la casa, lo primero que se encontraba era una especie de recibidor sala de estar, con una gran chimenea en su lado izquierdo, al frente una puerta que conducía a las antiguas cuadras, convertidas en pequeño apartamento con un comedor cocina sala de estar, a la izquierda un cuarto de baño con ducha y a la derecha una habitación doble pero un poco reducida por un gran armario que se apoyaba en la pared central. 

Tanto la sala de estar como la habitación tenían sendas ventanas que daban por la cara posterior de la casa a un pequeño patio que se diría que en sus tiempos fue una pocilga. 

A la derecha del recibidor había una escalera empinada que llevaba al piso superior, al llegar a éste, tras pasar una puerta, había una sala recibidor amueblada con dos sofás y una biblioteca bastante extensa, al lado izquierdo de ésta estaba el cuarto de baño completo, a la derecha una puerta con una habitación doble en la que parecía ser dormitorio de matrimonio. 

Al lado derecho, inmediata a la habitación grande estaba la puerta de la cocina, con todos los servicios a la izquierda y una mesa en el centro. 

Al fondo una puerta franqueaba el paso a una terraza bastante grande, la mitad de la cual estaba como tendedero, la otra mitad cubierta por una uralita, con la pica de lavar. Una barandilla por el lado ancho daba sobre la antigua pocilga de la planta baja. 

Saliendo nuevamente al recibidor, a la izquierda se encontraba otra habitación doble, con una pequeña ventana sobre los antiguos chiqueros. 

A la derecha de la escalera había una habitación sencilla y de reducidas dimensiones. 

En la pared del fondo, dos puertas, la de la izquierda que lleva a un comedor y la derecha a una habitación doble ambas con un pequeño balcón a la plaza. 

En la sala superior, a la altura de la puerta del cuarto de baño, se veía en el techo una trampilla que llevaba a la buhardilla, a la que se subía con la ayuda de una escalera transportable. 

La casa estaba en bastante buenas condiciones y en un principio a Rosendo le agradó, tenía posibilidades para lo que él quería, podría instalar su despacho en la habitación doble de arriba.

La habitación de matrimonio sería su habitación, abriría el comedor porque él no era de comer en la cocina y dejaría las otras dos habitaciones por si legaban invitados.

 El piso inferior lo dejaría por si estuviese más caliente en invierno al tener la chimenea cerca. Cuando estuvo tratando con el dueño, le pareció una persona agradable y con muchas ganas de vender lo antes posible. El precio le pareció correcto, más bien bajo. 

El propietario le comentó que la casa era su herencia el día que su padre muriese. 

El no quería vivir allí y la residencia del padre costaba mucho dinero, por lo que se veía obligado a vender la casa. 

El anciano había vivido en el pueblo, en la casa con su mujer y su hijo, que se dedicaba al cultivo de las tierras, hacía ya 25 años que el padre enviudó, y a partir de entonces se le fue un poco la cabeza, luego, cuando la mujer del hijo, quince años más joven que él, y de buen ver, desapareció, según dicen las malas lenguas, se marchó con un francés que había veraneado en el pueblo desde que ambos eran unos críos. Matías, el marido abandonado, se volvió taciturno y aprovechando que un amigo suyo, también del pueblo, le dio trabajo de guarda de noche en una fábrica que tenía en la capital, dejó a su padre solo en el pueblo y marchó. 

El abuelo seguía su vida, era un poco raro, pero en el pueblo todo el mundo le trataba con consideración, una vecina le iba a hacer la limpieza de la casa y él, con un poco de huerta que cultivaba y parte de la cosecha que le correspondía por los terrenos que había cedido para su cultivo a otro vecino decía: 

Yo, mientras tenga para tabaco, unos “chaticos” de vino y unas almendras, ya tengo bastante. 

Pronto llegó Rosendo a un buen trato con Matías y fueron al notario para cerrar el trato. Matías era el administrador de su padre desde que éste empezó a perder sus facultades mentales y fue recluido en un asilo.

viernes, 17 de diciembre de 2021

BALADA TRISTE (Capítulo IV)

  

Balada triste

 

Pedro Fuentes 

 

Capítulo IV 

 

 

Salieron para Peñíscola el miércoles por la tarde. 

Cuando llegaron ya era noche cerrada, encontraron el apartamento que estaba en la calle José Antonio, en la zona nueva, fuera del recinto del castillo y en la playa norte. 

Casi debajo mismo había una tasca en la que estaban ocho parroquianos jugando a las cartas en dos mesas, en la barra un camarero les preguntó qué querían, les sirvió unos bocadillos fríos que era lo único que podía hacer. 

Pese al frío, cuando dieron cuenta de los bocadillos, media botella de vino y un par de cafés, se fueron a la playa y pasearon por ella mientras Lucía contaba lo que sentía que era el mar que no conocía. 

A la mañana siguiente se levantaron temprano, bajaron a desayunar a un bar, ya que no tenían de nada en el apartamento, luego paseaban por la arena de la playa norte mientras Lucía le iba diciendo los pies para que Angel se aprendiera el libreto. 

Así pasaron los cuatro días, subieron al castillo, recorrieron todos los rincones, paseaban por la playa e incluso se descalzaron y dejaron que el mar, helado, mojara sus pies. 

 Cuando regresaron a Madrid, Angel se sabía el papel. 

En el primer ensayo Felipe le dijo: 

Ya sé que hacer para que aprendas un papel, pero no te voy a regalar ni un apartamento ni una Musa.

 Entre los ensayos y los exámenes casi no se vio con Lucía. 

Antes del estreno le dio una entrada para ese día y a partir de entonces pasó los peores nervios de su vida. 

La noche del estreno, antes de empezar la obra vio a Lucía por el ojo del telón. 

Luego, cuando empezó la obra, con los nervios y los focos no pudo verla, ya más tranquilo, en el segundo acto la vio y su cara era alegre y feliz. 

Cuando terminó la obra, que gustó bastante, vio que Lucía no estaba donde habían quedado. 

Al día siguiente la buscó, pero no tenía ni su teléfono, fue a la Escuela de Magisterio, nadie le supo dar razón, por la cafetería no apareció. 

Pasó el tiempo, hizo el “Estudio 1”, a partir de entonces su carrera fue meteórica, cuando tenía un día libre, la buscaba, no sabía dónde, luego empezó a ir a Peñíscola, paseaba por la playa descalzo, subía al castillo, nada, no supo de ella. 

Cuando estrenaba alguna obra, en el último acto la veía entre el público, cuando terminaba la obra la veía aplaudir, pero luego se levantaba y desparecía.

 Han pasado cuarenta años, Angel se ha convertido en un monstruo de la escena, solamente hace teatro, su única ilusión es verla al final del último acto, no ha cambiado, sigue aparentando 20 años. 

 

FIN

domingo, 12 de diciembre de 2021

BALADA TRISTE (Capítulo III)



Balada  triste


Pedro  Fuentes 


                                                                        Capítulo  III


Dos semanas después seguían viéndose casi cada día, los domingos salían al cine o al teatro y una vez fueron a bailar.

Angel había hablado con Susana, en principio ella soltó alguna lagrimita, pero luego comprendió lo que decía Angel y le dio la razón, en el fondo ella veía lo mismo, decidieron que hasta que alguno de los dos encontrase algo, compartirían el apartamento donde vivían.

Mercedes, la amiga de Susana vivía con otra amiga compartiendo piso pero se tenía que ir, así que decidieron que cuando se marchase, Susana iría con ella.

Las cosas parecían ir mejor, pero Angel no sabía qué pensar, Lucía era una chica alegre y cariñosa, pero no sabía nada de ella, no dejaba que la acompañase hasta su casa, no tenía ni la certeza de que viviese donde decía ni que fuese quien decía.

Aquella mañana Felipe, el director le dijo:

La semana que viene empezamos a ensayar, te he dado bastante tiempo, ¿Cómo lo llevas?

Bastante bien, pero no todo lo bien que quisiese, el personaje lo tengo, pero el texto me falla.

Mira, no me vengas con esas.

Te voy a hacer un regalo que no sé si te lo mereces, el jueves es fiesta, te voy a dejar el apartamento que tengo en Peñíscola y las llaves del “600”, en este tiempo aquello está muerto pero no hace el frío que hace en Madrid, ves allí y apréndete el libro, el lunes vienes al ensayo con el papel sabido o te olvidas de la obra y lo que pueda venir detrás.

Cuando al día siguiente se encontró con Lucía, le dijo lo que le había dicho Felipe y Lucía contenta y le dijo:

Bien. Me encanta Peñíscola desde que la vi en las películas “Calabuch” y “El Cid” que las rodaron allí, además no conozco el mar sino en las películas. ¿Me dejas que te acompañe y te ayude a estudiar?

Encantado, pero ¿Qué van a decir tus padres a los que no conozco?

Ya les contaré un rollo. Tú dime que sí y yo arreglo todo.

De acuerdo, pero tengo que venir con el papel aprendido.


jueves, 2 de diciembre de 2021

BALADA TRISTE (Capítulo II)



Nota del autor: 

Las próximas dos semanas no se publicará este blog. 



Balada  triste

Pedro  Fuentes  

CAPITULO II



A las siete menos diez estaba Angel sentado en la misma mesa de la mañana y seguía peleándose con el guión, era lo peor de su vida, captaba el personaje, era frío y sabía como hacer creer al público que su personaje era real, tenía la teoría de que no había que meterse a sufrir dentro del personaje, lo suyo, como actor era engañar al público y hacerles ver lo que él quería que viesen, pero memorizar un guión era lo peor que le podía pasar, había tenido verdaderas broncas con los directores, tenía un conocido, actor también, que era casi analfabeto, un amigo suyo le leía la obra un par o tres de veces y el primer día de ensayo se la sabía de “P a PA” incluso lo había visto hasta con obras en verso.

A las siete y diez llegó Lucía, traía una cara sonriente se le notaba ligeramente maquillada, su media melena rubia la llevaba recogida en una cola de caballo.

¡Hola! Dijo Angel mientras se levantaba y le estrechaba la mano, ¿Qué tal el examen?

Bien, estaba inspirada y me salió bien, además, aunque no se note soy una empollona.

¡Qué suerte! Yo dejaría el teatro por no aprenderme los papeles.

A ver, déjame que lea algo, te la leeré en voz alta y me dirás si se te queda mejor.

Angel le alargó los folios, Lucía los miró y leyó el título “Balada triste” ¿De qué va? ¿De ovejas o de música?

De música, pero está escrita como para dormir a las ovejas.

¿Qué papel haces tú?

Gustavo, el trompetista.

A caray, el papel principal. Vamos que eres todo un actor y no uno de reparto, dijo Lucía mientras se le escapó una risita complacida.

A las nueve y media se dieron cuenta de la hora que era y Lucía dijo: ¡Dios! Se me ha hecho tardísimo y se levantó se puso el abrigo y dijo:

No me acompañes, si te va bien mañana a las siete aquí mismo; y trae el guión.



jueves, 25 de noviembre de 2021

BALADA TRISTE (Capítulo I)




BALADA  TRISTE

Pedro  Fuentes


Capítulo  I


Era un otoño con todo su esplendor en parque del Retiro de Madrid, la mañana no era fría, pero sí algo húmeda y había una insinuante neblina, Rodrigo y Carmela estaban sentados en un banco, por entre los árboles de detrás de ellos, ya sin hojas se filtraban unos tímidos rayos de sol que realzaban las pequeñas gotas de agua que contenía el ambiente.

Rodrigo pasó de estar sentado a poner una rodilla en tierra delante de Carmela y cogiéndole la mano derecha le dijo:

Te quiero, Carmela, te he querido desde el primer día que te vi aquella mañana cuando nos cruzamos en la calle Eduardo Dato, desde entonces no he podido dormir sin pensar en ti, Carmela. ¿Quieres casarte conmigo? Y llevándose su mano a los labios, deposito un tierno beso en ella.

Carmela, mientras se levantaba le dijo:

Si, Rodrigo, yo también te he querido siempre, por ti cambié mi vida y por ti viviré el resto.

Se fundieron en un abrazo y sus labios sellaron aquel momento mientras la cámara retrocedía lentamente y el director gritó: ¡Corten! ¡Fin del rodaje! Mañana a las ocho, en el estudio repetiremos una escena que no me gusta como quedó.

Mientras se dirigían a la roulotte para desmaquillarse y cambiarse Angel (Rodrigo) le dijo a Susana (Carmela):

No me esperes a comer, he quedado con Felipe para leer aquella obra de teatro que me dijo que a lo mejor montábamos.

Bueno, vale, así aprovecharé para ir a ver a Mercedes que creo que va a hacer algo y necesita gente.

Angel y Susana llevaban tres años compartiendo sus vidas y su profesión de actores, las cosas hasta ahora no habían sido nada fáciles, mucho sacrificio, algo de teatro en papeles secundarios, publicidad algún papel de figurante en películas.

Esta película que terminando de rodar, “El amor siempre llega” era el primer papel serio de Angel, un actor que ya había cumplido los treinta y dos. Susana había trabajado más, tenía una bonita voz y bailaba muy bien, por lo que había participado en varios musicales. Angel era más bien de teatro, pero salvo las obras que interpretaba en provincias con compañías semi amateurs poca cosa más hacia. Ahora parecía que la cosa iría mejor.

Cuando ya marchaba, Mateo el director le salió al paso y le dijo:

Angel, quisiera comentarte una cosa que me he dado cuenta, y como te conozco desde hace algún tiempo y te considero amigo, me veo autorizado para decírtelo.

Dispara, comentó Angel.

La última escena ha quedado muy bien, ha convencido y luego, con el decorado, que nos ha favorecido, el travelling final ha sido perfecto, pero, ¿Por qué simulaste el beso en la mano y el final con tu mujer?

Chapó, por eso eres director. Pues mira, la cosa no va muy bien.

Pero ¿Ha pasado algo?

No, en realidad nada, a veces sin querer y sin ningún problema la cosa se enfría y es lo peor que puede pasar, porque si hay una causa siempre se puede arreglar, pero cuando el amor se muere es peor.

Angel se dirigió a Argüelles, a la calle Galileo, a una cafetería en la esquina con Joaquín Mª López, un poco más abajo del cine Galileo, entonces de “Arte y Ensayo”.

Cuando llegó, como era cliente habitual, el camarero le dijo:

Ha estado su amigo Felipe y me ha dado este paquete y dice que no podía quedarse, que le llamará.

Abrió el sobre que le dio Román, el camarero y sacó el guión que había en su interior, era un dramón de dos actos, el autor era un antiguo actor que se había dedicado a escribir alguna cosa entre actuaciones en el teatro, ahora se había metido con esa obra y Felipe la iba a dirigir en un café-teatro, el último invento para intentar resucitar ese teatro que todo el mundo dice que está muerto desde que se comercializó la televisión, era un drama llevado en forma de comedia, un trompetista de prestigio tiene un accidente y se destroza el labio y tiene que intentar rehabilitarse para intentar seguir con su profesión.

Angel tenía sus dudas en hacerla, pero, claro, si salía bien, le habían prometido un “Estudio 1” y ese podría ser su lanzamiento definitivo, ya que la audiencia y popularidad que da ese medio era a corto plazo y por ahí podrían venir cosas mejores.

Cuando empezó a leer los folios mecanografiados se encontró con una de esas comedias agridulce de las que Jack Lemmon había hecho en el cine.

Llevaba ya como cosa de una hora leyendo cuando alzó su mirada, para descansar la vista y la mente, en la mesa de enfrente había una jovencita de unos veinte años, que leía un grueso volumen mientras fumaba y tomaba café, en aquel momento también levantó la mirada y coincidió con la de Angel, ambos sonrieron y volvieron a sus quehaceres.

A los pocos minutos, al querer fumar, Angel sacó el mechero y no le encendió, se había quedado sin gasolina.

Se levantó y se acercó a Lucía para pedirle fuego, ésta se lo dio pero a la vez se sonrojó, su tez pálida se puso rojo carmín, cogió una caja de cerillas que reposaba encima de un paquete de cigarrillos y se la acercó a Angel, que después de encender el cigarrillo le preguntó:

¿Estudiando?

Si, la Filosofía, esta tarde tengo examen y es un tocho.

¿Estudias por aquí?

Si, en la Normal de Magisterio, en Ríos Rosas.

¿Y tú?

No, yo estaba leyendo un guión que me tendré que aprender, pero solamente lo estaba ojeando, además, no me gusta mucho y lo hago con desgana.

Por cierto, me llamo Angel y se supone que soy actor, ¿Me puedo sentar mientras me fumo el cigarrillo para que luego puedas seguir estudiando?

Yo Lucía y estoy estudiando Magisterio, si todo va bien, este curso habré acabado y luego haré la oposición. Pero, parece que no estés muy de acuerdo con lo de ser actor.

No lo tengo nada claro.

No he hecho otra cosa en mi vida, hoy he terminado de rodar el mejor papel de mi vida, me han dado un guión para una obra de teatro y un posible Estudio 1 de televisión y no sé lo que voy a hacer de mi vida, no me gusta lo que tengo que hacer, este guión es una mierda, encima hoy, cuando terminaba el rodaje me he dado cuenta de que la mujer con la que llevo conviviendo los últimos tres años, no es nada para mí, no he sido capaz ni de rodar con ella la escena de un beso.

Nos hemos habituado tanto el uno al otro que ya no somos nada como pareja.

¿Se lo has dicho?

No, todavía no y no sé cómo hacerlo, pero lo haré, no quiero que pierda el tiempo conmigo.

¿También trabaja en el cine?

Si, ella más que yo, canta muy bien y ha hecho varias comedias musicales.

Pero no quiero molestarte más, tienes que estudiar, aunque sea un tocho.

Sí, pero me gustaría seguir hablando contigo.

De acuerdo, pero no hoy, tienes un examen.

Sí, pero salgo a las seis. Si quieres nos vemos aquí a las siete.

De acuerdo, ahora cojo mi maldito guión y me marcho.

Diciendo esto, Angel apagó el cigarrillo, recogió sus cosas, pagó las consumiciones y se marchó.

¡Hasta las siete!

¡Adiós!



 

jueves, 18 de noviembre de 2021

LA BARBERIA (Capítulo VIII)

 


La  Barbería


Pedro  Fuentes



Capítulo VIII



Sonó el despertador a las seis de la madrugada, suerte que los días ya empezaban a alargar y ya estaba amaneciendo. Me duché rápidamente, me afeité, preparé cuatro cosas y el neceser en una bolsa de viaje. De pronto me acordé de que no había reservado el hotel, así que esperé a que fuesen las siete menos cuarto y llamé, el guardia de noche todavía no había abandonado recepción, me dijo que no había problema en aquellas fechas y me reservó tres habitaciones contiguas. A las siete menos cinco bajé a la calle con mi bolsa, a las siete menos tres minuto subió por Joaquín María López entrando en Gaztambide un Seat 1500 color crema que parecía recién pintado por el brillo, lo conducía Alfredo, en el asiento de atrás iba Paloma tocada con un sombrero oscuro.

Alfredo me indicó que dejase la bolsa en el maletero y que me sentase a su lado.

Nos pusimos en marcha y lo primero que le dije fue que no había podido ponerme en contacto con Rosario, así que si parábamos a repostar o descansar procuraría llamarle de nuevo en horario escolar, ya que estaba un poco preocupado por que era su costumbre coger ella el teléfono.

Paloma dormitaba en el asiento trasero y Alfredo era un conductor experimentado, mantenía una velocidad constante y se notaba lo cuidado del coche, yo había llevado uno igual durante mi tiempo de mili y sabía de qué hablaba.

Ayer me puse en contacto con mi amigo el policía y de dijo que tenía un compañero de promoción que nos ayudaría, que cuando llegásemos le llamase para darnos los datos. También le comenté que por un descuido no había llamado al hotel pero que lo había hecho esa misma mañana y ya estaban las tres habitaciones reservadas.

El viaje transcurrió sin incidencias, llegamos al temido Despeñaperros y paramos a mitad del recorrido, donde era habitual hacerlo, repostamos y fuimos a tomar algo y descansar un rato.

Aproveché la parada para llamar a Rosario, nadie me contestó, lo intenté varias veces pero no obtuve respuesta ninguna de las veces, pensé que quizás estuviese en el patio o hubiese ido a comprar, pero eso era solamente un pobre consuelo, empezaba a preocuparme.

Cuando lo comenté con Alfredo y Paloma, también se preocuparon, así que abusando de mi amistad llamé al policía, éste me dijo que ya estaba casi todo arreglado, que no habría problemas, entonces le dije lo de Rosario y si podían enviar a alguien hasta la casa. Me contestó que haría lo posible pero no me aseguraba nada, que seguramente estaría comprando o algo así.

Al fin llegamos, Fuimos al hotel e inmediatamente marchamos a casa de Miguel, para no despertar sospechas, quedamos en que fuesen Alfredo y Paloma como si estuviesen de viaje y quisiesen saludar a Rosario.

Llegaron a la casa y nadie les abrió, entonces llamaron a las casa de los lados y en una les dijeron que no sabían nada, en la otra una señora de unos setenta y tantos años les dijo que la hermana del señorito Miguel estaba con gripe y ella había ido a cuidarla a ella y a los niños.

Ya más tranquilos nos fuimos a la casa de Paquita.

Cuando llamaron y ella misma abrió la puerta, por unos momentos, luego se fundieron en un abrazo de risas y lágrimas. Yo veía la escena desde la esquina de la acera de enfrente.

Volvimos al hotel y quedamos que Rosario pasase por allí después de comer, ya que Paquita estaba mejor, así que cuando los niños marchasen al colegio ella vendría.

Llamé a mi amigo el policía y me dijo que fuese a la comisaría que hablarían del asunto.

Así lo hice, quedamos en que al día siguiente todos seríamos citados y abriríamos la barbería.

Al día siguiente, a las diez y media estábamos esperando delante de la barbería todos, Miguel,, Paquita, Rosario, dos policías uno de ellos el amigo de mi amigo y yo, esperábamos al enviado del juzgado. En la acera de enfrente se había reunido un montón de personas expectantes, entre ellos pude reconocer al dueño del bar de enfrente y a los vecinos a los que yo había entrevistado.

Apareció el juez, su secretario y un cerrajero, le preguntó a los presentes si alguien tenía las llaves, al no responder afirmativamente nadie, dio las órdenes oportunas y el cerrajero procedió a la apertura de la cancela metálica y luego a la puerta de cristal, cosa que le costó más, se retiraron montones de hojas, papeles y porquerías que se acumularon durante casi diez años, fecha en la que se había abierto la puerta.

¿Alguien ha tenido las llaves alguna vez? Dijo el juez.

Miguel dijo:

Yo las tuve, pero hace diez años, cuando me fui a mi casa las dejé en casa de mi tío.

¿Quién vive allí ahora?

Yo, dijo Paquita, allí hay un cajón lleno de llaves pero la mayoría no tienen etiqueta y no sé ni de donde son.

Una vez dentro, todos hicieron un semi círculo pegados a la pared, enfrente de los espejos de la barbería. En las estanterías estaba las botellas de lociones, en el mostrador reposaban las máquinas de cortar el pelo y las navajas del afeitado, en un rincón, al fono había seis asientos unidos unos a los otros y en medio unas revistas y un ABC de 18 de Abril de 1954.

Frente al semicírculo nos encontrábamos el juez, el secretario y un policía, el otro policía se encontraba franqueando la puerta de entrada.

El juez le dio la palabra al subinspector y este me la cedió a mí.

Hice un sucinto relato de los hechos y los que me habían llevado allí y dije a boca de jarro:

Usted, y señalé a Miguel, el día dieciocho de abril de 1954, a última hora vino a la barbería con el pretexto de que su tío le afeitase, así que después de cerrar se sentó en ese sillón y su tío le empezó a afeitar, cuando se volvió para preparar el jabón, le clavó un cuchillo en la espalda.

Llevaba unos días planeándolo, se había enterado de varios asuntos, el primero que su tío era el hermano por parte de padre de Rosario, aquí presente, por lo cual no iba a heredar nada, además su tío llevaba una doble vida en Madrid, tenía relaciones con otro hombre y quería dejarlo todo y marcharse con él, cosa que usted no comprendía y que era una mancha para su honor.

Eso tendrán que demostrarlo, dijo Miguel.

Alfredo se aclaró la vos y sacó unos papeles de un porta folios y dijo: Yo soy ese hombre de Madrid, aquí tengo los papeles del padre de Rafael que demuestran que Rosario era su hija, además me dejó un documento que eran sus últimas voluntades por si le pasaba algo. Todo quedó en el olvido cuando desapareció, la primera que dijo de ocultarlos fue Rosario que no quería formar un escándalo, eran otros tiempos y estas cosas no se veían con el mismo prisma que ahora.

Sin cadáver no hay asesinato, además, todavía no han demostrado nada. Dijo Miguel.

Usted, una vez su tío muerto, lo troceó, no le importó nada la sangre, lo tenía previsto, si había preparado la coartada de que su tío, en un descuido, afeitando a un viajero anónimo, le había cortado la yugular, como ya he dicho, una vez troceado, aquella noche hizo un agujero aquí mismo, debajo de ese sillón en el que usted fue el último cliente, ahí enterró las partes no reconocibles de su tío, piernas, brazos y tronco, la cabeza, los pies y las manos se las llevó en un saco de esparto y las enterró en la finca que su familiar tenía a las afueras. Entre otras cosas, usted no se dio cuenta de que su tío fue herido en el tórax durante la guerra y eso nos dará la prueba, el resto, lo metió en la fosa hecha debajo del sillón, e incluso tuvo la macabra idea de cortarle una oreja para dar más realismo al afeitado y la dejó en la papelera de al lado como si se hubiese perdido. Metió los restos es otro saco y los roció de ácido, luego lo tapó y puso el sillón encima, luego se fue a su casa y a los dos días fue a la policía alarmado por la desaparición de Rafael.

Usted y su hermana, cómplice sin saberlo, propagaron el bulo de que había desaparecido y que estaba escondido en casa de un amigo. Cuando la policía hizo todas las pesquisas, en lugar de quitar la sangre con un buen fregado, para corroborar la leyenda, la “limpió” con ácido, con lo cual creó esta mancha que parece de sangre y que no desaparece. Con lo cual nadie quiere comprar el local ni usted vender.

El juez hizo una señal al policía de la puerta y éste hizo entrar una brigada de tres albañiles que empezaron a escava, después de retirar el sillón, a metro y medio bajo tierra encontraron el saco y dentro unos huesos carcomidos por el ácido.

Miguel fue detenido, Rosario y sus amigos se abrazaron y emprendieron una nueva vida, Rosario heredó a su hermano y le cedió la casa a Paquita en usufructo de por vida.

Alfredo, su hermana Paloma, Rosario y yo, volvimos en el 1500 a Madrid, ahora, en el asiento de detrás iban las dos señoras.

Cuando están en Madrid los visito bastante a menudo, si voy a Andalucía y están allí nos vemos también.



FIN